El desconocido del café que se repite en mis sueños
Nunca lo he hecho, pero conozco cada detalle: el café, el ascensor, sus manos. Esta es la fantasía que se repite y que nunca me animo a contar en voz alta.
Nunca lo he hecho, pero conozco cada detalle: el café, el ascensor, sus manos. Esta es la fantasía que se repite y que nunca me animo a contar en voz alta.
Pensé que el merendero estaría vacío con esa lluvia. Entonces apareció ella, me pidió fuego y, dos horas después, dejó que su vestido resbalara hasta el suelo.
Estaba furiosa, temblando, con una botella casi vacía a mi lado. Marqué su número a las tres de la madrugada solo para escucharlo respirar al otro lado de la línea.
A las seis de la mañana, con un plato de tacos en la mano, decidí sentarme en la mesa de dos desconocidos que llevaban un rato mirándome.
Cerró la puerta del cuarto con toda mi ropa en las manos y me dejó de rodillas, desnuda, con una sola orden: «Te espero en el auto».
Dije que tenía mal de amor solo para que alguien me mirara. No esperaba que dos desconocidos se tomaran mi cura tan en serio… ni que yo se los permitiera.
Tenía quince años más que yo, un descapotable rojo y una idea muy clara de lo que quería esa noche. Yo solo tenía que obedecer y disfrutarlo.
A las cuatro de la mañana, encerrado bajo las sábanas con el teléfono de mi madre, empecé a abrir carpeta por carpeta sin sospechar que nada volvería a ser igual.
Aquella tarde el masaje me dejó ardiendo. Nunca imaginé que terminaría de rodillas frente a un desconocido en mi propio salón, ni quién me sorprendería allí.
Estaba sudada y agitada cuando me alcanzó su voz a mi espalda. No quería invitarme a cenar: quería comprarme la noche entera, y yo quise dejarme comprar.
Acepté la fantasía de mi novio creyendo que los dos saldríamos ganando. Esa madrugada, mientras yo gritaba en una habitación, él escuchaba todo del otro lado de la puerta.
Pensábamos que era un trayecto de veinte cuadras. Ni Lucía ni yo imaginábamos que bajaríamos de aquel autobús siendo dos mujeres completamente distintas.
Se metió en la cama desnuda, salvo por el tanga, y me susurró al oído: no te gires, no digas nada, solo escúchame. Entonces empezó a contarme lo de esa noche.
Salí sola a explorar la zona norte y un golpe en la nuca lo cambió todo. Desperté rodeada de extraños, sin ropa y sin escapatoria posible.
Lo nuestro era el secreto que cargábamos a todas partes, pero esa noche, lejos de la ciudad, decidimos compartirlo con alguien más.
Acepté subir a un cuarto con doce colchonetas en el suelo, sin imaginar que esa mañana no me marcharía con un solo hombre marcado en la piel.
Cada semana mirábamos las fotos de la entrada sin atrevernos a entrar. La noche que cruzamos la puerta descubrí hasta dónde era capaz de llegar con él mirándome.
Llevo treinta años fingiendo ser la mujer recatada que mi marido cree haber liberado. Lo que él no sabe es que en este crucero soy yo quien mueve los hilos.
Cuando me dijo lo que de verdad le excitaba, supe que abríamos una puerta que ya no íbamos a poder cerrar. Y no quería cerrarla.
Cuando abrí la puerta esperaba una bolsa de papel y un «buenos días». No esperaba que se quedara mirando hacia adentro y me preguntara, en voz baja, si vivía solo.