Lo que me ofreció el camionero al amanecer
Iba a la playa a celebrar mi cumpleaños cuando los faros de un camión me alumbraron en la gasolinera vacía. El conductor bajó la ventanilla y todo lo demás dejó de importar.
Iba a la playa a celebrar mi cumpleaños cuando los faros de un camión me alumbraron en la gasolinera vacía. El conductor bajó la ventanilla y todo lo demás dejó de importar.
Nunca imaginé que una revisión médica rutinaria terminaría con tres desconocidos compartiendo algo que los tres creíamos perdido para siempre.
Salí del gimnasio sin ducharme, tal como él me lo había pedido. Esa tarde descubrí que obedecer a otro hombre podía darme más placer que mandar.
Llevaba una hora moviéndome por la barra, lanzando miradas de «no me mires» que en realidad gritaban «cómeme». Buscaba machos de verdad, de los que huelen a gasoil.
Lo que iba a ser un almuerzo cualquiera con un desconocido de internet terminó conmigo en su cama, mordiendo la almohada para no gritar.
Vivía a doscientos metros de mí. El riesgo de cruzármelo en la panadería al día siguiente me daba miedo, pero esa tarde la calentura le ganó a todo lo demás.
Llegó a última hora, cuando ya había cerrado, para darme su veredicto sobre mi tienda. Lo que no esperaba era que se arrodillara a mis pies y lo convirtiera todo en algo íntimo.
Me desperté duro, decidí no hacerme la paja típica y me fui al cruising. Lo que no imaginaba era acabar arrodillado con tres pollas alrededor de la cara.
Salí de casa con mi disfraz de diablita y el plug puesto, sin imaginar que esa tarde dejaría que dos extraños decidieran por completo lo que iba a pasar con mi cuerpo.
Sabía que mi punto débil eran las medias de nylon. Lo que no sabía es que ella lo usaría toda la noche para tenerme exactamente donde quería.
Le dije que era muy chico para mí, y su respuesta fue una foto que me hizo cambiar de opinión. Nunca había estado con alguien tan joven desde que empecé a vestirme de mujer.
Me senté en la banca con el vestido más corto que tenía, esperando a un desconocido que solo me conocía por una pantalla. No sabía que esa noche dejaría de ser virgen.
La primera vez que lo vi arrodillarse para besarme el tobillo entendí algo: no era yo quien suplicaba. Por fin alguien me obedecía sin que tuviera que pedirlo.
Lo tengo controlado: finjo mirar al suelo. Pero aquella mañana, un par de pies descomunales se cruzó frente a mí y su dueña me clavó una mirada que no admitía negativa.
Me pidió que no me lavara antes de ir. Pensé que sería un capricho más, pero esa noche descubrí hasta dónde podía llegar mi propia vergüenza.
Cuando abrió la puerta y lo vio ahí parado, supo que nadie lo había mirado nunca como ella estaba a punto de mirarlo. Y él pensaba demostrarle que todos se equivocaban.
«No te muevas de ahí», me ordenó con la voz baja, apretando el talón contra mí. Y yo, un desconocido, obedecí sin pensarlo dos veces.
Entré al chat solo para vender lencería usada por unos billetes fáciles. Nunca imaginé que aquel hombre del pañuelo azul me haría volver al baño por mi cuenta.
Pensé que solo iría a mirar cómo se rodaba la película más sucia de Europa. No me avisaron de las dos butacas, ni de la mujer que ocupaba la de al lado.
Nunca había aceptado un encargo así: él solo quería sentarse a mirar mientras otros me usaban, y guardar para el final lo que ellos dejaban dentro de mí.