Dos hombres maduros y yo, una tarde sin reglas
Me había puesto el camisón más fino que tenía y elegido la música. Entonces llamaron a la puerta, y el viejo amigo de mi amante lo cambió todo.
Me había puesto el camisón más fino que tenía y elegido la música. Entonces llamaron a la puerta, y el viejo amigo de mi amante lo cambió todo.
Cuando Don Rómulo tuvo que irse del bar, me dejó al cuidado de su amigo: un jubilado enorme que bebía whisky en silencio y al que ya le había tocado el bulto sin querer.
Eran las cuatro de la madrugada, la carretera cortada por la nieve y yo llorando en una gasolinera. Entonces una voz grave me preguntó qué me pasaba.
Lo vi cruzar la piscina con dos copas en la mano y supe que esa tarde iba a ser mía. No me importó su nombre ni su historia: solo cómo me miraba.
Llevaba media tarde recordando aquel viaje al norte cuando sonó el timbre. No esperaba a nadie. Lo último que imaginé fue lo que ese desconocido haría conmigo.
Crucé sola un edificio en ruinas buscando refugio. No esperaba encontrar a aquel hombre junto a la hoguera, ni descubrir hasta dónde estaba dispuesta a llegar para sobrevivir.
Bajé a la pista pensando que controlaba la situación. Tres horas después me había convertido en un mero observador de algo que ya no me pertenecía.
Cuando levantaron el confinamiento, llevaba demasiado tiempo aguantando. Salí a la calle decidido a encontrar lo que necesitaba, sin imaginar que serían tres a la vez.
Algunos me piden fotos antes del hola. Otros me llaman cosas que no les di permiso de decir. Aquí van las perlas que guardo en mi bandeja, con nombres bien cambiados.
Reservó clases privadas para despejar la cabeza. No contaba con que el instructor, en cada corrección, fuera a tocarla justo donde más lo necesitaba.
Subí la escalera con el corazón golpeándome como a un adolescente. Ella me esperaba arriba, y yo todavía no sabía que esa sería la noche que me dejaría sin nada.
Tardó en contármelo. Decía que le daba apuro, que era demasiado fuerte. Y cuanto más se resistía, más dura se me ponía mientras la penetraba despacio.
Bamboleaba las caderas sabiendo que él la miraba desde el remolque, y decidió que ese camionero no se marcharía sin dejarle algo que recordar entre los pinos.
Tenía veinte años y un novio que me esperaba en casa. Aquella tarde de calor, junto a la piscina, descubrí cuánto puede arder el cuerpo cuando una decide dejarse llevar.
Llevaba semanas con una sola idea fija en la cabeza, y aquel domingo en las gradas del campo de rugby encontré por fin la manera de cumplirla.
Se agachó para mostrarme sus pulseras y su mirada bajó hasta mi pecho. En ese instante supe que no me marcharía de aquella playa siendo la misma mujer.
Hay cosas que una nunca le cuenta a nadie. Esta es la que me guardé durante años, la que todavía me hace temblar cuando paso frente a aquel cine.
Se puso el vestido más corto que tenía, sin nada debajo, y caminó sola hacia las sombras del astillero. No iba a creerle a nadie: necesitaba comprobarlo con su propio cuerpo.
Llevaba semanas masturbándome cada noche imaginando lo que ella vivía en carne propia. Hasta que un jueves me planté frente al espejo y decidí dejar de imaginarlo.
Aquel viernes llegamos desnudas bajo los abrigos, dispuestas a todo. Lo que no sabíamos es que esa noche habría alguien nuevo esperándonos en la pared.