Mi primera sesión como esclavo de una desconocida
El mensaje de aquella mañana no dejaba lugar a dudas: esa tarde yo no iba a ser un hombre, iba a ser su juguete. Y ella pensaba cobrarse cada promesa al pie de la letra.
El mensaje de aquella mañana no dejaba lugar a dudas: esa tarde yo no iba a ser un hombre, iba a ser su juguete. Y ella pensaba cobrarse cada promesa al pie de la letra.
Cuando levanté la copa y noté que el líquido estaba tibio, supe que aquella desconocida acababa de convertirme en su juguete favorito de la noche.
No podía dejar de mirarle las botas. Cuando me pilló, en vez de apartarse, me preguntó si era de los que se mueren por besar suelas.
Le pedí que se calzara mis tacones para sacarle una cabeza de altura, y en su cara entendí que esa noche él no mandaba nada.
Vino en bicicleta a buscar el beso que le había prometido. Lo que se llevó esa noche fue mucho más, y todo a tres metros del sofá donde cenaban mis padres.
Cada madrugada repetía la misma fantasía delante de la cámara, convencido de que jamás saldría de la pantalla. Hasta que un desconocido lo reconoció en la calle.
Aquella madrugada se metió en mi saco de dormir diciendo que tenía frío, y lo que pasó después fue solo el principio de lo que de verdad quería pedirme.
Cuando bajé a abrir, el hombre del pasamontañas llenaba todo el marco de la puerta. Mis padres dormían a unos metros y eso me ponía al límite.
Se maquilló, se ajustó la tanga de encaje bajo el short y bajó en el ascensor sabiendo exactamente lo que buscaba: que alguien la mirara como se mira a una presa.
Solo quería una camisa decente. Pero entonces ella levantó la vista detrás del mostrador, y la cabeza de Andrés empezó a inventar lo que nunca iba a pasar.
Cuando mi marido se levantó al baño, supe que el de la mesa de al lado se acercaría. Todavía no le había dicho que tenía miedo de volver a algo así.
Llevábamos quince años de rutina hasta que un juguete olvidado en un cajón encendió algo que ninguno de los dos sabía controlar. Y solo era el principio.
Cuando bajé al lobby buscando escapar de la fiesta corporativa, no esperaba al camarero que me miraría como si supiera exactamente lo que yo necesitaba esa noche.
Llevábamos años jugando a desear a otros entre susurros. Esa noche, en la mesa de un restaurante, mi marido me deslizó una idea que ya no tenía vuelta atrás.
Podía haberme cambiado en treinta segundos. En vez de eso caminé hacia la puerta con los tacones marcando cada paso, sabiendo perfectamente lo que él iba a ver.
Me dijo que nunca había contado esto en voz alta, que durante años fue solo una fantasía guardada. Esa tarde, por fin, dejó que un desconocido hiciera con ella lo que quisiera.
Vino a posar de reina del inframundo. Disparé el flash una y otra vez, profesional, hasta que ella abrió las piernas y entendí que la sesión era otra cosa.
No buscaba nada concreto cuando me senté en la barra. Pero aquel hombre de pelo cano me miraba como si ya supiera lo que yo todavía no me atrevía a admitir.
No vería ni una sola cara. Solo sentiría manos que no conocía decidiendo cuánto valía mi cuerpo esa noche, mientras él miraba desde el otro lado de la pared.
Cuando el dedo huesudo del chamán se detuvo sobre ella, supo que su cuerpo sería el precio. Y que la selva entera la vería pagarlo, palmo a palmo.