La noche en el club de jazz que nunca confesé
Esa noche descendimos veintidós escalones hacia el sótano donde sonaba el saxo. Lo que pasó allí abajo todavía no se lo he contado a nadie.
Esa noche descendimos veintidós escalones hacia el sótano donde sonaba el saxo. Lo que pasó allí abajo todavía no se lo he contado a nadie.
Me había imaginado mil veces mi primera vez, pero nunca así: diciéndole que sí, con la voz temblorosa, a algo que jamás me habría atrevido a pedir en voz alta.
Cuando Carla me preguntó si quería repetir, ya sabía mi respuesta antes de terminar la frase. Lo que no sabía era hasta dónde estaba dispuesta a llegar esa noche.
Hay una noche que nunca aparece en mis recuerdos compartidos. La guardé bajo llave durante años. Hoy, por fin, me atrevo a contarla tal como ocurrió.
Le abrí la puerta para que se refugiara del diluvio. No imaginé que terminaría de rodillas frente a él, ni que sus cuatro amigos también llamarían.
Llamé a la puerta del séptimo con el cubo en la mano y el corazón disparado. Ninguno de los dos creía ya en la excusa de la limpieza, y a mí dejó de importarme.
Crucé los brazos para esconder lo que el frío de la sala había delatado en mí. Entonces se sentó a mi lado, sin pedir permiso, como si el asiento fuera suyo.
Lo dijo en voz baja entre las máquinas, con el sudor todavía en la espalda: necesitaba que alguien la deshiciera. Carla sonrió y sacó el teléfono del bolsillo.
Estaba tumbada y desnuda cuando una sombra me tapó el sol. «Si no te pones crema te vas a quemar», dijo él. Yo no llegaba a la espalda… y él tenía las manos perfectas.
Solo le ofrecí un vaso de agua. Lo que pasó después no lo había sentido en veinte años de vida sexual, y todavía no sé cómo lo dejé entrar.
Bajé las escaleras de aquel sótano con el corazón en la garganta y, antes de pensarlo dos veces, ya estaba de rodillas en la cabina del fondo.
Nunca supe qué fue primero: las ganas de mi marido de verme con otros, o las mías de probar algo que no cabía en nuestra cama. Aquella noche dejé de fingir.
Nos arreglamos durante horas: dos travestis no salen a cazar sin estar impecables. Esa noche, además, alguien esperaba las fotos de todo lo que pasara.
Llegué al hotel sin peluca y sin saber que ese desconocido tenía un plan: borrar al hombre que veía en el espejo y dejar solo a la mujer que yo siempre quise ser.
Si eres una mujer alta te das cuenta de cómo te miran. Aquella tarde, entre estanterías polvorientas, supe que un hombre me había marcado como su próxima presa.
Cobraba caro y elegía con quién. Esa invitación al yate parecía una más, hasta que en la playa apareció el único que no quiso tratarme como a las demás.
Nunca había caminado en tacones ni sentido la seda de una tanga contra la piel. Esa noche aprendí las dos cosas, y el hombre que me esperaba en la limusina pensaba enseñarme mucho más.
Me afeitaba, me ponía la peluca y los tacones, y le hablaba a la cámara como si alguien fuera a venir de verdad. Una noche, alguien vino.
Su vestido negro parecía pintado sobre la piel y sus ojos enormes me pedían algo que ni ella sabía nombrar. Entre el neón rosa y el calor, todo cambió esa noche.
La primera noche bajo el farol, con el frío cortándome la cara, entendí que mi androginia podía ser un arma. Solo necesitaba aguantar hasta tener el cuerpo que siempre quise.