Llamé a una transexual y descubrí otro orgasmo
«Date la vuelta y no te voltees», me ordenó nada más entrar. No tenía idea de lo que esa transexual estaba a punto de hacerle a mi cuerpo esa noche.
«Date la vuelta y no te voltees», me ordenó nada más entrar. No tenía idea de lo que esa transexual estaba a punto de hacerle a mi cuerpo esa noche.
Marcos me dejó pasar primero, como un caballero con la sonrisa torcida. Dentro, sobre unos maderos, dos desconocidos me miraban con la mano ya en la cremallera.
Bajé las persianas, me tumbé boca abajo en el colchón y cerré los ojos para una siesta corta. Cuando oí la puerta abrirse, fingí seguir dormido sin abrirlos.
El viernes salí del trabajo, me afeité, me perfumé y me puse el liguero bajo el chándal. Conduje hasta el quinto pino para que un extraño me tratara como lo que soy.
Llevaba semanas imaginándome con ropa de mujer. Esa noche me puse la lencería de tiras rojas, me saqué una foto y esperé a que alguien me escribiera algo prohibido.
Me visto solo cuando tengo una cita, siempre en un cuarto de hotel, y esa noche el desconocido que me esperaba no tenía idea de lo que iba a encontrar bajo mi vestido.
Las luces del neón parpadeaban en rojo sobre las sábanas cuando todo cambió: el dinero, las pistolas, la fuga y, horas después, la mujer que la esperaba en la celda catorce.
Volví después de veinte años a una ciudad del sur. Esa noche, en un hotel de la zona roja, dos desconocidas decidieron que no iba a dormir solo.
Pasada la medianoche me puse los tacones rojos, abrí el portón con el control y salí a caminar. Solo quería sentirme vista. No esperaba que alguien se detuviera.
A las tres de la tarde, con la piscina medio vacía, los vi entrar al vestuario sin secarse. Esa fue la señal que llevaba semanas esperando.
Él me miraba desde el sillón mientras yo me arrodillaba frente al desconocido que había escogido en la barra del bar. Era mi primera noche siendo puta.
Llegué a las dos de la mañana con la boca seca y una sola idea en la cabeza: que aquella noche no iba a poner ningún límite, pasara lo que pasara entre los pabellones.
El hombre del traje sacó un paquete de su mochila. Adentro había un vestido transparente y una tanga que él pensaba arrancar con los dientes.
Lo había intentado antes y solo había sentido dolor. Esa noche, en una habitación de hotel con un desconocido, descubrí lo equivocada que estaba.
Me gustaba sentirme mirada, deseada, elegida entre todas. Esa noche un hombre del campo me sacó de la pista y me llevó a un lugar sin vuelta atrás.
Me mojé al ver su erección en la pantalla, pero no fue por lo que mostraba: fue por saber que mis palabras la habían provocado. Y supe exactamente lo que quería hacerle.
Caminé hacia el parque chupando una paleta, con la falda tan corta que el aire fresco me rozaba, sabiendo que cualquiera que pasara podía verme.
Salí a comprar una hamburguesa a la una de la mañana y terminé subiendo al segundo piso del gimnasio, sin ropa interior bajo el vestido. Él entrenaba solo.
Llevaba diez minutos espiándome los pies desde la parada del bus. Lo que no imaginaba era que pensaba subirlo a mi piso y ponerlo de rodillas antes de que cayera la tarde.
La seguí a la calle convencido de que sería una noche más. No imaginaba lo que ocultaba bajo aquel vestido ajustado ni hasta dónde iba a llevarme.