Aventura con el repartidor mientras él se duchaba
Discutieron por una pizza de mierda. Él se metió en la ducha. Cuando el repartidor tocó el timbre, ella ya había decidido cobrarle la pelea de la peor manera.
Discutieron por una pizza de mierda. Él se metió en la ducha. Cuando el repartidor tocó el timbre, ella ya había decidido cobrarle la pelea de la peor manera.
Salí a despejarme un sábado por la tarde. Cuando levanté la vista del café, ella ya estaba sentada frente a mí, sonriendo como si me conociera de toda la vida.
Pensé que ya sabía lo que era el placer hasta que esa noche, descalza sobre la arena, una mano desconocida me apartó el pelo de la nuca.
Entré sola al probador con un body de encaje rojo en la mano. No sabía que del otro lado de la cortina un extraño esperaba el momento exacto para mirarme.
Acababa de mudarme cuando vi a la chica del patio de al lado quitarse la toalla. No imaginaba que ella ya sabía exactamente dónde estaba yo.
Mis amigos paseaban riendo entre vitrinas. Yo me detuve frente a la suya y, por la forma en que me devolvió la mirada, supe que aquella noche no era para ellos.
Me dije a mí misma que solo era curiosidad. Subí cuatro fotos, puse mi nombre falso y esperé a ver si todavía me miraban. Esa misma semana apareció Matías.
Su relato me había tocado más de lo previsto. Tres días después, sin avisarla, me bajé del tren en Sevilla y subí hasta su puerta.
Bajé al pasillo del baño cuando ya nadie miraba. Escuché su voz primero, después la suya. No abrí la puerta. Me quedé quieto, oyendo cómo se rompía mi vida.
Lo vi al otro lado de la estantería abierta y supe que no estaba estudiando. Cuando entró al baño y me habló del cansancio, ya sabía que esa tarde no abriría un libro.
Subí a la furgoneta de un grupo de guiris sin pensarlo dos veces. Mi novio tardaría diez minutos en volver del supermercado. A mí solo me hacía falta uno.
Tenía cincuenta y dos años, un matrimonio tibio y unas medias de encaje que esa mañana decidió usar. Lo que no esperaba era el hombre que subiría dos paradas después.
Salí del baño con la boca corrida y un latido nuevo. Ella, con la huella roja de mi labial en sus labios, no sabía que su novio ya la estaba mirando.
Cuando dejó caer la cabeza sobre mi hombro a las dos de la madrugada, supe que esa noche el regreso no sería como los otros. Y su mano ya buscaba la mía.
Daniela arrastraba a su novio inconsciente hacia el taxi. Levantó la vista hacia el conductor y supo, antes de que él hablara, que la noche aún no estaba terminada.
Cada noche fui al mismo restaurante solo para verla. La última, me dejó un papelito con un número y una hora escrita a mano. A las once en punto, marqué.
Llegó al aparcamiento sin saber qué esperar; cinco minutos después, un Clio gris frenó pegado al suyo y desde el cristal lo miraba una mujer que no había visto en su vida.
La sala estaba casi vacía cuando empezó la película, y yo ya sabía que no iba a mirar la pantalla. Tenía otros planes para esa última fila.
Aquella noche en el hotel descubrí que algunos placeres tienen un precio que el cuerpo paga al día siguiente, y que mi esposo nunca olvidaría.
Cuando sonó el timbre a las nueve en punto del segundo día, ya sabía que aquel hombre no iba a marcharse sin tocarme. Lo que no imaginaba era lo del tercero.