Sin ropa interior en el súper: el anciano que me observaba
Lo del descampado ya no me alcanzaba: necesitaba que alguien me viera. Y entonces, en la góndola de las mermeladas, una mano áspera se apoyó sobre mi falda sin pedirme permiso.
Lo del descampado ya no me alcanzaba: necesitaba que alguien me viera. Y entonces, en la góndola de las mermeladas, una mano áspera se apoyó sobre mi falda sin pedirme permiso.
Abriste los ojos y el techo no era el tuyo. Tu mano bajó al pecho y encontró músculos que no recordabas. Algo dentro de ti ya había decidido lo que harías esa noche.
Nunca me habían atraído los hombres, pero esa figura en la pantalla despertó algo que no supe nombrar. Y entonces ella me ofreció pagarme.
Bajo el chándal solo llevaba medias de rejilla y un tanga de encaje. No buscaba un portal cualquiera: buscaba el lugar donde iban a tratarme como a un objeto.
Salí del baño con la toalla en la mano, no en el cuerpo, y la encontré agachada frente al minibar. Ninguna de las dos supo a dónde mirar.
Solo quería probar cinco minutos de masaje antes de volver al hotel. No imaginé que esa tarde la mano de una desconocida me cambiaría las vacaciones.
Tres dedos suyos buscaban donde más quería yo sentirlos, mientras le entregaba la boca a un desconocido que ni siquiera sabía mi nombre real.
Me hacía despertar a una hora exacta sin alarma, solo con sus palabras metidas en mi cabeza. Y yo obedecía, mientras mi novio roncaba a mi lado.
Hacía seis años que nadie la tocaba con deseo. Esa noche, de pie en el pasillo del tren, sintió una mano que no debía detener y eligió no hacerlo.
Cada vez que mi hija me llama orgullosa desde Trujillo, pienso en esas tres tardes frente a la cámara y rezo para que nunca teclee mi nombre en internet.
Cuando llamaron a la puerta de la habitación, entendí que mi mujer no había bajado a bailar por casualidad: lo tenía todo planeado desde mucho antes.
Me subí a la moto con la calza fina y sin nada debajo, pegada a su espalda. Al llegar no me dejó pagarle: quería cobrarse el viaje de otra forma.
El vestido me abrazaba el cuerpo, las medias me rozaban a cada paso y, cuando aquel hombre me tendió la mano para bailar, supe que esa noche no iba a volver a casa siendo la misma.
La litera de arriba estaba vacía cuando me acosté. A las nueve subió él, con la mochila al hombro y una mirada que no necesitó palabras.
Cuando Inés abrió la puerta a los dos hombres uniformados a las doce en punto, supe que la promesa de una noche tranquila había sido una mentira deliciosa.
Siempre escuchaba a mis amigos hablar de esos cines a oscuras. Una tarde salí temprano del trabajo y decidí cruzar la puerta para verlo con mis propios ojos.
Iba tarde, sudada y apretada contra otros cuerpos cuando ella se inclinó a hablarme al oído. No supe en qué momento dejé de pensar en mi reunión.
Me senté solo en la barra del hotel, dispuesto a olvidar lo que mi esposa me había dicho. Entonces vi su copa levantarse desde el rincón.
Aparqué la caravana junto a un chiringuito y, cuando me quité la camisa, supe que aquellos hombres no iban a dejar de mirarme hasta que les diera algo más que ver.
Tengo diecinueve y debajo de la ropa unisex llevo encaje. Hoy entro al sauna de la calle Tucumán dispuesta a que me usen los que fingen ser maridos buenos.