El juego que mi esposa empezó en la verdulería
«Aquí podemos hacer lo que queramos. Nadie nos conoce, nadie nos juzga.» Lo dijo con una copa en la mano, y supe que el verano iba a cambiarlo todo.
«Aquí podemos hacer lo que queramos. Nadie nos conoce, nadie nos juzga.» Lo dijo con una copa en la mano, y supe que el verano iba a cambiarlo todo.
Cuando le escribí «hacé lo tuyo», ella supo exactamente qué hacer con el desconocido que golpearía la puerta a las seis y media de la tarde.
Bastó subirle la falda en lo alto del laberinto para que las cámaras de los desconocidos dejaran de apuntar a las ruinas y empezaran a seguirla solo a ella.
Llevaba meses viéndolo escribir en la misma mesa, mirándome de reojo. Hasta que olvidó una hoja y descubrí, palabra por palabra, lo que imaginaba conmigo.
No teníamos traje de baño ni toallas, solo vapor y una puerta que se abrió cuando ya estábamos desnudos. Lo que pasó después no lo planeamos.
Pegué la nota a la nevera y supe que esa noche no íbamos a cenar como siempre. Lo que no imaginé fue hasta dónde dejaría que llegaran las miradas de otro.
Nunca había usado una tanga, pero esa tarde decidí estrenarla en el rincón más concurrido del mercado, justo donde nadie podía dejar de mirarme.
Creían que la cala estaba vacía. Yo seguía detrás de la roca, sin respirar, mirando cómo ella se movía sobre él mientras el cielo se volvía naranja.
Apenas el maestro salió del cuarto, escuché otros pasos en el pasillo. El que tocaba la puerta no era él: era el muchacho que esperaba su turno conmigo.
Tenía claro que no le haría nada a ese chico de mirada rota. Pero entonces encontró los vídeos que guardaba en mi disco duro, y todo lo que pasó después lo decidió él.
Tenía las mallas más coloridas que había visto y una sonrisa que me dejó muda. Cuando me dijo que iba a ducharse, las toallas que me dejó eran una invitación.
Dos amigas salen del trabajo, se cambian de ropa y se pierden en la noche. Esta vez la presa es un chico borracho a la salida de la discoteca, y la cala desierta lo verá todo.
El cartel decía que abría cuando el resto del mundo dormía. Empujó la puerta sin imaginar que, del otro lado, una desconocida ya había decidido cómo terminaría su madrugada.
La vi salir del mar y supe que esa noche tenía que ser mía. Lo que no imaginé fue terminar yo de rodillas, obedeciendo cada orden de una desconocida.
Abrí la puerta esperando a un vendedor cualquiera. Lo que no esperaba era quedarme mirando cómo se le aceleraba la respiración cada vez que mi bata se abría un poco más.
Una ráfaga de aire me levantó la falda y nadie debajo importó: yo solo buscaba unos ojos capaces de mirarme de frente, sin disimulo, y encontrarlos.
Tres semanas mirando antes de entender que ella también miraba. Esa noche giró la cabeza, sonrió al cristal, y supe que llevaba meses esperándome.
Andrés creía que el viaje los iba a reconciliar. Carmen bajó a la piscina con su bikini rojo y volvió tres horas después, sonrojada, oliendo a sal y a algo más.
Iba casi cada tarde a leer al café, hasta que ella se sentó frente a mí y, entre risas, dejó caer que lo que tenía bajo los vaqueros no era lo que yo imaginaba.
Su esposa lo había dejado ante todos esa misma tarde. Ahora, pasada la medianoche, un piloto al que jamás había visto sonreía en su sala y servía vodka como si conociera la casa.