La travesti que sueño con ser una noche
Nadie lo sabe. Ni siquiera la persona con la que duermo cada noche. Pero cuando cierro los ojos me veo frente al espejo, transformado en otra, lista para él.
Nadie lo sabe. Ni siquiera la persona con la que duermo cada noche. Pero cuando cierro los ojos me veo frente al espejo, transformado en otra, lista para él.
Nunca me había desnudado delante de extraños. Esa mañana de calor decidí que era el día, sin imaginar que alguien me devolvería la mirada.
Subí cuatro pisos con las manos sudadas y el corazón disparado. Cuando ella abrió la puerta en lencería, supe que esa tarde no habría vuelta atrás.
Estaba a cuatro patas, temblando, con el culo en pompa y mi propia verga goteando sola. Él apenas había metido la punta y yo ya suplicaba que me rompiera entero.
Salí huyendo del trabajo y a los pocos kilómetros me cambiaba en el coche, con los camiones pasando a un metro. No imaginaba lo que esa noche iba a despertarme.
Bailábamos pegados en la pista cuando sus dedos se colaron bajo mi falda. Lo que pasó después en su coche me persiguió durante semanas enteras.
«La paciencia es una virtud», dijo sin levantar la vista del café. Y yo, que llevaba un mes sin permiso para terminar, supe que la prueba empezaba ahí.
Subí al coche pensando en mi vuelo. Cuando bajé del avión tres días después, él ya me esperaba con una propuesta que me hizo sudar antes de cerrar la puerta del auto.
Le puse crema en la espalda casi por accidente. Para cuando arqueó el cuerpo bajo mis manos, los dos ya sabíamos cómo iba a terminar la tarde.
Nadie en aquella casa sabía lo que escondía bajo el vestido negro. Nadie excepto él, el desconocido de la máscara al que se lo entregué en un pasillo a oscuras.
La ciudad entera se apagó esa tarde, y en el asiento de un autobús abarrotado descubrí hasta dónde era capaz de llegar cuando nadie me miraba.
En la oscuridad de mi cuarto nadie me veía. O eso creía, hasta que él se acercó a su ventana y se quedó mirando hacia mí más tiempo del que debía.
Bajé el vidrio, crucé dos palabras con ella y la invité a subir. No imaginaba que esa morocha de la esquina sin luz me esperaba con una sorpresa entre las piernas.
Yo no esperaba mucho de aquella aplicación esa noche, pero su perfil apareció a doscientos metros y, sin saber por qué, fui yo quien dio el primer paso.
Subí la escalera despacio, sabiendo que él miraba debajo de mi vestido, y por primera vez no sentí vergüenza: sentí unas ganas enormes de dejarlo ver todo.
A menos de cien metros de la música y el champán, abrió las piernas al sol sin saber que alguien venía por el sendero. Y cuando lo vio, ya era tarde para cerrarlas.
Tenía veintidós años y nunca había estado con otro hombre. Cuando empujé la puerta entornada del 5B, supe que esa noche no iba a salir el mismo que había entrado.
En un callejón estrecho que olía a cartón húmedo, le expliqué que mi rosa no costaba dinero. Costaba un favor. Y ella aceptó sin terminar de entender a qué.
El coche se movía y mis pechos se movían con él. Solo necesitaba que mi novio me mirara por la cámara, pero alguien más podía estar mirando.
Solo llevaba un vestido corto y nada debajo. Quería sentir el aire libre entre las piernas y, sobre todo, quería que me miraran sin que nadie lo supiera.