El cubano que conocí volviendo del gimnasio
Estaba perdido a tres cuadras de su hostal y me pidió ayuda. Acepté subir por un vaso de agua. A los diez minutos no quedaba ni rastro de mi camiseta.
Estaba perdido a tres cuadras de su hostal y me pidió ayuda. Acepté subir por un vaso de agua. A los diez minutos no quedaba ni rastro de mi camiseta.
Abrí la puerta y el aire de mi casa cambió de temperatura. Daniela me había advertido por teléfono: «Es de esos hombres a los que cuesta decirles que no».
Mi marido no necesita tocarme primero. Necesita ver cómo otros me miran sin permiso, cómo se traban cuando paso. Después viene él, y el deseo ya no cabe en la cama.
Cuando me crucé con ella en el pasillo del baño caí en que ya nos conocíamos: habíamos matcheado en la app la semana anterior y nadie había puesto cara a la otra hasta esa noche.
A las doce de la noche, vestida con su minifalda más corta y la camisa blanca sin sostén, Carolina cruzó el jardín hacia el contenedor de los albañiles.
Cuando levanté la vista del cuello de Camila, un hombre nos observaba desde la valla. No huyó. Sonrió, se llevó la mano al pantalón y se sentó a esperar.
Quiero ponerme la peluca, maquillarme y entregarme a un desconocido que haya leído mis historias. Una sola noche, sin compromisos, antes de que sea tarde.
Escondía en un cajón cacheteros que nunca enseñaba a nadie. Esa noche, con un hombre de cincuenta y un años del otro lado de la pantalla, decidí mostrarlos.
Bajé la mano sin pensarlo, con el celular en la otra y su foto llenando la pantalla. Nunca había deseado así a una mujer, y ella ni siquiera sabía que yo existía.
Cuando bajó de la moto con ese vestido empapado de lluvia, supe que el lunes ya no iba a parecerse a ningún otro lunes de mi vida.
Subí a la habitación temblando de nervios y deseo. Ella me esperaba con una sonrisa que ahora entiendo: era la sonrisa de quien sabía cómo iba a humillarme.
Aparqué el coche en la cuneta y caminé hasta las luces de neón. Solo quería usar un teléfono. Tres horas después, no me importaba que la grúa tardara.
Encendí la lámpara y allí estaba él, de pie a los pies de mi cama, observándome como si me reconociera. Yo, que escondía un secreto bajo el camisón, no pude apartar los ojos.
Apenas la había metido al patio cuando empezó a sangrar. Pero la herida no era el secreto más extraño que esa mujer guardaba bajo mi techo.
El plan era cumplir mi fantasía. Cuando vi al desconocido subir a mi cama y a mi novia rendirse a él como nunca conmigo, entendí que el cornudo iba a ser yo.
Después de la peor noche en años, ese desconocido sólo me ofreció fuego para el cigarro. No imaginé que al día siguiente me invitaría a la cama que comparte con su marido.
Llevábamos treinta y cinco años casados y la pasión era un recuerdo lejano, hasta aquella tarde de junio en la cala desierta en la que ya nadie pudo apartar la mirada.
En el pasillo del aceite ella se inclinó dos segundos de más. El tipo del fondo soltó la lista de compras. Nadie sospechó del juego que llevábamos años perfeccionando.
Tenía veintidós años, una curiosidad guardada bajo llave y la dirección de un hotel donde nadie haría preguntas incómodas. Antonella me esperaba con un libro en la mano.
Tenía veinte años, dos meses y catorce días cuando llenó el tanque, subió a la sierra y empujó la puerta de la única carnicería abierta de Risca Alta.