Una desconocida me miró en la playa y todo cambió
Me había acomodado en la arena cuando sentí su sombra detrás. No fingió disimulo: me recorrió entera con los ojos antes de hablar.
Me había acomodado en la arena cuando sentí su sombra detrás. No fingió disimulo: me recorrió entera con los ojos antes de hablar.
Cuando se dio vuelta sobre la cama y vi lo que colgaba entre sus piernas, supe que esa tarde en el hotel del pasaje no iba a salir de mí en años.
Cuando sus dedos rozaron los míos sobre la mesa, supe que esa noche iba a recuperar algo que mi novia llevaba meses haciéndome olvidar de a poco.
Cuando vi su cuerpo desnudo sobre la toalla azul supe que no me iría sin cumplir tu encargo. Aún no lo había tocado y ya empezaba a responder bajo mi mirada.
Cuando los dos hombres que mi marido había contactado se fueron, me quedé con las ganas. Hasta que escuchamos una voz desde la habitación de al lado y todo cambió.
Llevaba dos días bajando las cortinas para esconder lo que hacía. Aquella última mañana decidí dejarlas abiertas, y la mujer del uniforme se quedó plantada al otro lado del patio.
Le aullé al desconocido con máscara de lobo en medio de la pista. No imaginé que esa misma noche me llevaría al baño ni que volvería a verlo una semana después.
Iba con prisa hacia el portal, vi su melena oscura desde lejos y la abracé por detrás sin pensarlo dos veces. No era ella. Y aun así, no me apartó la mano.
Iba sola en el asiento de adelante. El calor, su mirada en el espejo, y un comentario suelto que jamás debí haber respondido como lo hice esa madrugada.
Llegué al taller solo a aprender un nudo. Salí con la promesa de presentarme al amo de Mateo, y una sola pregunta entre nosotros: campo o ciudad.
En el barrio, Camila era invisible. Hasta esa tarde gris en que un desconocido en el supermercado encendió en ella algo que llevaba años en silencio.
Nunca había besado a una mujer. Pero aquella mañana, en el probador de una tienda casi vacía, ella puso las manos en mi cintura y dejé que pasara todo.
Sus manos ya no buscaban el dolor de mi espalda. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así no dije nada cuando bajaron por la raya hasta donde nunca habían llegado.
Lucas llevaba cinco años en el oficio y creía haberlo visto todo, hasta que el encargado abrió el gabinete y se topó con cuatro gigantes desnudos esperando.
Cuando entró al baño no esperaba que se arrodillara entre mis piernas, ni que su lengua decidiera por mí lo que llevaba años evitando preguntar.
Bajamos al salón donde varias parejas se entregaban entre ellas. Yo solo debía mirar. Pero la imagen de él entrando en otra mujer regresó por las noches.
Bajamos a una playa vacía y nos quitamos los trajes de baño. Diez minutos después, sentí que los binoculares del segundo piso de aquella lancha grande no nos perdían de vista.
Pedí lubricante y condones de fresa, llamé un Uber y me dejé llevar hasta su cochera, sin saber que aquella tarde volvería a sentirme como una mujer entre las manos de un hombre.
Llevaba semanas escribiéndome con ella sin saber que vivíamos a quince minutos. Cuando me mandó la dirección a la una de la madrugada, no lo pensé dos veces.
Llevaba un bikini de chapa y la mitad del cuerpo al aire cuando ella apareció vestida igual que yo, sonriéndome como si ya supiera cómo terminaría la tarde.