Mi mecenas me llevó a las cabinas vestido de sirvienta
Hacía meses que le había confesado entre besos que quería ser usado por desconocidos. Esa noche me pidió que llevara el traje de sirvienta en la mochila.
Hacía meses que le había confesado entre besos que quería ser usado por desconocidos. Esa noche me pidió que llevara el traje de sirvienta en la mochila.
Me había puesto la pollerita corta porque él me lo pidió por mensaje. Ninguno imaginaba que esa noche íbamos a terminar siendo cuatro en aquel sillón.
Me lo metió hasta el fondo y susurró una sola orden: que lo guardara ahí, que no lo perdiera. Asentí sin entender en lo que me estaba metiendo.
Marqué cuatro anuncios con bolígrafo rojo, pero solo una voz al teléfono sonaba como si fuera a quedarse conmigo hasta el amanecer.
Cuatro hombres, un sobre grueso sobre la mesa y yo decidiendo a cuál llamaba primero. Mi regla siempre fue la misma: yo elijo, yo marco el ritmo y yo me voy cuando se me da la gana.
La app marcó su ubicación a cuatro edificios de la mía. Bajo las bermudas, el bikini blanco de mi hermana. Una hora, su marido en el bar, la puerta abierta.
Me duermo siendo yo y despierto siendo otra. En el sueño tengo curvas, no tengo lo de antes y espero, ansiosa, que la puerta se abra y entre él.
Estaba recién duchada, con un short que apenas me tapaba, cuando él entró cargando un saco al hombro y me miró como si ya supiera lo que yo quería.
Bajé la ventanilla y le hablé aún de espaldas. Cuando se volvió, entendí que esa rubia de pecas iba a cambiarme el fin de semana entero.
Cuando empujé la puerta del baño unisex, ella ya estaba adentro esperándome. No dijimos nada: sus labios encontraron los míos antes de que entendiera lo que pasaba.
Volví al probador con el vestido que me había pedido y encontré la cortina corrida, un hombre nervioso afuera y a mi mujer desnuda, sonriendo al espejo.
Su novio nos miró sonriendo y dijo que el amor no era exclusivo. Esa misma tarde Marisol subió con nosotros a la habitación del hotel.
Llevaba dos semanas con el deseo prendido como una mecha. Cuando su marido cerró la puerta y se marchó al pozo, supo que esa noche no dormiría sola.
Cuatro días solo en la capital por trabajo. La segunda tarde, aburrido y con la laptop encima, abrí el chat sin imaginar lo que iba a tocar mi puerta.
Aparqué frente a la casa con las manos sudando. Era mi primera sesión con cliente desnudo y aún no sabía que terminaría con dos hombres encima.
Soy un hombre común, pero cuando me pongo la falda y las medias de rejilla me convierto en otra persona. Esa noche, dos extraños descubrieron quién era Valeria.
Aquella mañana decidí que mi plug favorito vendría conmigo al gimnasio. No imaginaba que tres miradas curiosas terminarían siguiéndome entre las máquinas.
Llevaba meses mirando sus fotos en la pantalla. La noche que me decidí a escribirle, no imaginaba que ese cuerpo iba a cambiarme para siempre.
Cuando entré al laberinto de espejos no buscaba nada. Pero él ya estaba ahí, mirándome desde mil ángulos, y yo no me moví hacia la salida.
La invité al teatro y ella me detuvo con una sonrisa. «Antes de seguir, debo contarte algo», dijo. No imaginé hasta dónde me llevaría esa confesión.