El chico que conocí por la app no vivía solo
Acepté subir a un cuarto con doce colchonetas en el suelo, sin imaginar que esa mañana no me marcharía con un solo hombre marcado en la piel.
Acepté subir a un cuarto con doce colchonetas en el suelo, sin imaginar que esa mañana no me marcharía con un solo hombre marcado en la piel.
Me había mentido en todo: su nombre, su trabajo, la razón por la que se acercó a mí. Lo único cierto fue cómo temblaba cuando volví a tocarla.
No le até las manos para inmovilizarla. Se las até para que entendiera, antes de que pasara nada, que esa noche su cuerpo había dejado de ser suyo.
Llevo treinta años fingiendo ser la mujer recatada que mi marido cree haber liberado. Lo que él no sabe es que en este crucero soy yo quien mueve los hilos.
Acepté el reto sin pensarlo: besar cinco segundos a quien tuviera a mi derecha. Y a mi derecha estaba ella, la mujer que llevaba un año fingiendo no desearme.
«Quiero que le des lo que mi madre nunca tuvo», me dijo con una sonrisa. Y yo, que ya había visto a esa mujer madura, supe que no iba a decir que no.
La última noche antes de volverse mortal, se acurrucó entre sus dos madres divinas sabiendo que al amanecer tendría que sepultar todo lo que era bajo capas de tela común.
Cuando abrí la puerta esperaba una bolsa de papel y un «buenos días». No esperaba que se quedara mirando hacia adentro y me preguntara, en voz baja, si vivía solo.
Llevaba casi dos años sin tocar a nadie cuando la vi bajar del minibús con esa sonrisa. Me prometí que, antes de volar de regreso, esa boca iba a ser mía.
Un post-it amarillo sobre la cajita decía una sola palabra: «Ponme». Eran las dos de la madrugada y la curiosidad pudo más que el cansancio acumulado de la noche.
Nunca había sentido tanto con un simple roce de caderas. Cuando ella se acomodó detrás de mí en el camión lleno, supe que ese viaje no terminaría como los demás.
Llevaba quince años viuda y dormida para el sexo. Entonces aquel hombre, casi veinte años menor, me miró los labios y supe que la mañana no terminaría en los apuntes.
Bajó la cremallera de su vestido frente al espejo de la entrada y, al verse rodeada por sus brazos, supo que ya no habría forma de volver atrás esa noche.
Bajó del plano del placer a un piso de Ruzafa y, en cuanto el deseo de la calle rozó su piel, supo que ni la ropa más holgada podría contener lo que era.
Le pedí que se vistiera para provocar y, al cuarto día, volvió a casa con la voz temblando y una historia que no podía contarme con la ropa puesta.
Aprendí muy temprano que mi cuerpo valía más que cualquier título. Lo que ninguno de ellos supo es que jamás sentí nada mientras me pagaban.
Mi marido llevaba dos décadas esperando que cruzara esa línea. Nunca imaginé que lo haría una tarde cualquiera, contra la pared de mi propia oficina.
Lloraba borracha sobre mi hombro diciendo que ya nadie la deseaba. No imaginaba que esa misma noche, en la arena, yo iba a demostrarle exactamente lo contrario.
Nunca pensé que ver a otro hombre mirando a mi novia desnuda, abierta de piernas sobre la arena, sería lo más excitante que sentiría en mi vida.
Dejé caer el vestido en el balcón sabiendo que él miraba desde el otro lado del cristal. Y supe que mi marido lo había planeado todo.