Lo que pasó en su coche aquella tarde de lluvia
Llevaba meses imaginando sus manos, su perfume, su voz. Nunca pensó que una tormenta bastaría para que dejaran de fingir que no se deseaban.
Llevaba meses imaginando sus manos, su perfume, su voz. Nunca pensó que una tormenta bastaría para que dejaran de fingir que no se deseaban.
Nunca conocí a mi abuelo, pero su última voluntad me ató a una mujer que no esperaba y a una casa donde todo terminó cambiando.
Desperté con el olor a café y supe que esos dos días encerrados con ella, mientras llovía afuera, iban a quedarse grabados en mí para siempre.
Cuando me dijo que hacía años que no disfrutaba del sexo, lo normal habría sido despedirme. En cambio acerqué la mano a su pierna y ella no la apartó.
Cuando se quedó a practicar unas posturas, noté cómo me miraba. No tenía pareja desde hacía meses y mi cuerpo había decidido por mí mucho antes que mi cabeza.
Por fuera era la novia perfecta, la que apaga la luz y gime bajito. Esa madrugada llegué encendida desde la pista y decidí que ya no iba a fingir.
Subí a ver por qué gritaba la chica del cuarto del fondo. No imaginé que iba a soltarse la toalla y pedirme que mirara, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Llevaba años amasando pan con la vista clavada en el piso, hasta que una tarde de verano se quedó a solas con el hombre que la miraba distinto.
Le ofrecí un trabajo y un techo, nada más. Pero esa primera noche en la casa del río ninguno de los dos fingió que aquello seguía siendo solo un acuerdo.
Me había puesto la falda más corta que tenía y, cuando aquel universitario apoyó la mano en mi muslo, supe que el viaje iba a ser mucho más largo de lo que decía el billete.
El roce de la sábana me despertó y, al girar la cabeza, la encontré dormida a mi lado. No recordaba nada de la noche anterior, pero mi cuerpo sí.
Jamás había visto a una mujer desnuda hasta esa tarde junto a la cascada. Lo que no sabía era que ese deseo terminaría embarcándolo hacia el fin del mundo.
Pensé que era el más disciplinado de la facultad. Entonces ella se recargó en la puerta del aula vacía y me dejó claro que sabía todo lo que yo escondía.
La conocí en un bar de mala muerte y, a los treinta, creía saberlo todo sobre el sexo. Esa señora me demostró en una sola noche que no sabía nada.
Lo conocí entre cuadros que parecían susurrar y, dos horas después, estaba contra la puerta de su casa preguntándome cómo había llegado tan lejos sin decir una palabra.
Bajé la mirada hacia la ventana de enfrente y entendí que esa noche, entre camiones aparcados, nadie iba a correr las cortinas.
Nunca pensé que un comentario sobre lo dócil que era su perra pudiera encender algo así entre dos viejos conocidos en el sofá de su casa.
Me puse el vestido rojo sin nada debajo y pensé que era solo una cena de agradecimiento. No tenía ni idea de cómo iba a terminar la noche.
Me llevé un vaso de chupito vacío al salir de la pista. Ni yo entendía por qué, hasta que estuvimos solos en su coche y supe exactamente lo que iba a hacer con él.
Suena una balada vieja en la radio y yo dejo de escuchar la letra. Empiezo a ver otra cosa, una escena que no debería contar pero que igual te confieso.