La noche que por fin logré mi primer squirt
Me prometí no rendirme hasta lograrlo. Lo que no sabía era cuánto iba a tardar mi cuerpo en darme lo que tanto le pedía esa noche.
Me prometí no rendirme hasta lograrlo. Lo que no sabía era cuánto iba a tardar mi cuerpo en darme lo que tanto le pedía esa noche.
Me acosté desnuda creyendo que solo quería dormir. Tres horas después seguía descubriendo cuánto placer era capaz de darme yo misma.
Eran las dos de la mañana cuando un video me metió la idea en la cabeza. Días después caminaba por el súper con un secreto vibrando entre mis piernas.
Cerré la puerta del baño, abrí el grifo y me prometí que sería rápido. Mentira. Esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesta a llegar conmigo misma.
Habíamos crecido durmiendo en cuartos contiguos, hasta que una noche un sonido al otro lado de la pared me hizo entender que ya no la miraba como a una hermana.
Nunca me gustaron los peluches como regalo. Hasta el fin de semana en que me quedé sola en casa y entendí para qué servía de verdad el que me dejó mi ex.
Cerré el pestillo y encendí el portátil para dejar que la imaginación terminara lo que un desconocido había empezado entre la multitud del andén.
Solo quería descansar un rato en la camilla. No imaginé que terminaría con la mano dentro de la ropa, mordiéndome el labio para que nadie en el pasillo me oyera.
Cerré la laptop, me metí bajo el agua sin pensar en nada y, cuando la esponja rozó mis pechos, supe que esa ducha no iba a ser como las demás.
Nunca me había tocado. Pero esa noche, con la pantalla del teléfono iluminándome la cara, mis dedos bajaron solos y ya no quise que pararan.
Sabía que estaba sola en el piso. Por eso, cuando bajó la caja negra que sus amigas le regalaron, ya no pensaba en los apuntes que la esperaban sobre el escritorio.
Abrió las piernas en el suelo del salón y me lanzó un reto que no supe rechazar: enséñamela, y tócate para mí. Su amiga seguía dormida en el sofá.
Bajé las persianas, apagué el teléfono y por una vez no me detuve a pensar en lo que estaba bien. Solo seguí lo que mi cuerpo me pedía desde hacía semanas.
Llegué cuarenta minutos antes de tiempo, apagué el motor en el parqueo subterráneo y entonces el olor de esa madrugada volvió a mí como una corriente.
Encendí el vibrador, abrí el juego de bingo y me prometí una norma por cada bolita. Lo que pasó después tardé semanas en contárselo a alguien.
Tengo veinticuatro años y todavía estoy aprendiendo qué me enciende. Esa tarde, con la mano en mi cuello, descubrí algo que no sabía que necesitaba.
Tres mañanas por semana ella limpiaba el corredor justo al otro lado de mi escritorio. Y tres mañanas por semana yo aprendí a no apartar la vista del cristal.
Tardó dos días en llegar y en esos dos días no pensé en otra cosa. Cuando por fin abrí la caja, supe que esa noche iba a conocerme de una forma nueva.
Cerré la puerta con pestillo, respiré hondo y me dije que esa tarde por fin iba a averiguar de qué era capaz mi cuerpo cuando nadie me miraba.
Empezó como un juego solitario a medianoche. Para cuando terminé, había descubierto algo sobre mi propio placer que no podría volver a fingir que no sabía.