El directo de mi amiga acabó en orgía entre los cuatro
Bajé al salón en tanga sabiendo que él me miraba desde el otro sofá. Al otro lado de la pared, mi amiga emitía su directo con el novio. Y yo solo pensaba en qué puerta abrir esa noche.
Bajé al salón en tanga sabiendo que él me miraba desde el otro sofá. Al otro lado de la pared, mi amiga emitía su directo con el novio. Y yo solo pensaba en qué puerta abrir esa noche.
Acepté aparecer en una casa rural, a horas de mi ciudad, para entregarme a un grupo de hombres que no conocía. Nunca pensé que me gustaría tanto.
Bajé al agua con el bikini negro que ellos me habían elegido. Tres hombres me esperaban en la penumbra, y yo sabía exactamente para qué.
Aceptó enseñarles la ciudad creyendo que controlaba la situación. No sabía que cada cena, cada playa y cada descuido formaban parte de un juego pensado solo para ella.
Bajé al jardín dispuesta a llamar a la policía. No imaginé que terminaría de rodillas, entregada a los tres extraños que se escondían en la casa de invitados.
Cuando Renata sacó el tanga del bolsillo y lo dejó sobre la mesa, supe que aquella sobremesa no iba a terminar con un café.
Crucé media Europa por un cliente que me compraba contenido cada semana. Lo que no imaginé fue lo que me esperaba la segunda noche, en aquel cuarto lleno de cuerpos.
Dejé que caminaran delante para mirarlas sin disimulo. No imaginé que, antes del mediodía, las dos me llamarían con un gesto desde detrás de las palmeras.
Tres meses limpia, nueve hombres bajo llave y un único objetivo: la noche en que todos serían míos sin reglas, sin prisa y sin miedo a nada.
Subimos a la habitación de arriba sin saber que esa noche íbamos a cruzar todos los límites que creíamos tener bien claros.
No abrí los ojos enseguida: dejé que esas dos lenguas siguieran su juego sobre mí, sabiendo que era apenas el principio de un día en el que nadie iba a pedir permiso.
Llegaron a las seis en punto, me besaron uno por uno apenas entraron y supe que esa noche no iba a ser yo quien pusiera las reglas.
Bruno trajo cruasanes y la noticia de que la oveja negra de la familia pasaría el fin de semana con nosotros. No imaginé hasta dónde llegaría esa tarde.
Bajé la guardia con una pregunta tonta sobre el sexo en grupo, y Antonella sonrió como si llevara meses esperando que alguien la hiciera.
Dije que no tres veces. La cuarta ya estaba flotando desnuda mientras varias manos decidían por mí qué iba a pasar esa noche bajo las luces.
Cuando las cuatro se metieron al agua sin la parte de arriba del bikini, supe que esa tarde nadie iba a volver a casa siendo el mismo de antes.
Damián se apartó de la puerta con el pulso acelerado: lo que acababa de ver entre sus amigos no se borraría jamás de su memoria.
Mi marido ni me miró cuando salí con la falda ajustada esa noche. No sabía que iba a un hotel a ver, desde una butaca, lo que yo llevaba años deseando para mí.
Cuando Renata bajó descalza a la cocina al amanecer, no imaginó que su marido la observaría desde la puerta, ni que esa mañana lo cambiaría todo entre ellos cuatro.
Cuando cruzamos la puerta de aquel local en penumbra, supe que esa noche compartiríamos algo que ninguno de los dos podría olvidar jamás.