Cerré el aula con llave y busqué a mi alumno
Pasé junto a su banco, le dejé una nota sin que nadie lo viera y salí al patio a fumar. Para cuando él golpeó la puerta, yo ya había dejado de pensar en lo correcto.
Pasé junto a su banco, le dejé una nota sin que nadie lo viera y salí al patio a fumar. Para cuando él golpeó la puerta, yo ya había dejado de pensar en lo correcto.
Durante años dije que no sin pensarlo. Aquella noche, con su mano en mi espalda y su voz en mi oído, por primera vez me oí decir que sí.
Nunca pensé que una noche frente a la pantalla, con la voz de mi pareja al oído, terminaría desarmando todo lo que yo creía saber sobre mí misma.
Salí a caminar por el sendero sin imaginar a quién me iba a cruzar. Nunca pensé que una caminata por el campo terminara así, y todavía me cuesta contarlo.
Cambié de horario para entrenar sola, sin miradas pesadas. Lo conseguí durante una semana. Hasta que él cruzó la puerta y todo mi cuerpo me traicionó.
Me levanté antes del segundo despertador. Sabía que, si jugaba bien mis cartas, los dos llegaríamos al trabajo con una sonrisa difícil de disimular.
Abrí la puerta sin avisar y ahí estaba ella, con la mirada clavada en la pantalla y un secreto que llevaba meses guardándose. Esa tarde por fin me lo contó.
Siempre que me la imaginaba arrodillada frente a otro hombre algo se encendía en mí. Esa noche, en el motel, dejé de imaginarlo: ella estaba dispuesta a dármelo.
La noche antes de partir encendimos la pantalla, pusimos los videos de aquella mansión y dejamos que el recuerdo nos preparara para lo que la isla nos guardaba.
Mi amiga me prometió que esa noche cumpliría una fantasía que solo me había atrevido a confesarle a ella. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaríamos las dos.
Durante años mi madre paraba en aquel arcén con cualquier excusa. Aquel verano, viajando las dos solas, por fin me confesó lo que de verdad buscaba allí.
Llevaba meses preparándome el mismo almuerzo sin que yo entendiera el mensaje. Esa tarde llegué a casa decidido a contestarle como ella esperaba.
Desperté con la piel pintada de achiote y unos labios desconocidos en el cuello, sin saber que esa noche la selva me daría un cuerpo que jamás creí posible.
Volví a casa con ganas de olvidar el peor día del mes. No imaginé que mi mejor amiga aparecería justo cuando menos podía disimular lo que estaba haciendo.
Jamás imaginé que el placer pudiera llegar tan lejos. Esa noche mi amante despertó en mí una curiosidad que ya no pude apagar a la mañana siguiente.
Cerraba los ojos cada noche y volvía a la misma imagen. Sabía que estaba mal, pero la curiosidad pudo más que cualquier culpa.
Llevábamos años fantaseando con ello en voz baja. Aquella tarde, en la cabaña, mi mujer me ató las muñecas al cabecero y me dijo que tenía una sorpresa.
Cada tarde me ponía un antifaz y me convertía en otra mujer para cientos de desconocidos. Lo que jamás imaginé es que uno de ellos sabría mi verdadero nombre.
Llegué con la cinta métrica y los nervios de punta. Lo único que quería era evitar el ala oeste, pero él ya había preguntado por mí en recepción.
Cuarentón, divorciado y sin empleo, puso un anuncio absurdo: acariciaba mujeres por dinero. La primera en llamar fue una viuda de sesenta años.