El día que fuimos juntos a comprar mi primer juguete
Llevaba semanas con la misma curiosidad clavada en la cabeza, hasta que un viernes Marina me tomó de la mano y me dijo que ya era hora de probarlo.
Llevaba semanas con la misma curiosidad clavada en la cabeza, hasta que un viernes Marina me tomó de la mano y me dijo que ya era hora de probarlo.
Aquella mañana, mientras se vestía sin pudor frente a mí, entendí que el verdadero juego no era el sexo: era cuánta gente quería que la mirara.
Llevaba semanas inventando excusas para verla. Esa tarde de agosto, junto a la piscina, ella se quitó el top y dejó claro que las excusas habían terminado.
A los sesenta me prometí una vida tranquila. Entonces se abrió la puerta de enfrente y apareció ella, con dos mechones blancos y una sonrisa que prometía problemas.
No habíamos cruzado el portón del garaje cuando ella ya me había desabrochado el pantalón. Decía que no podía esperar a subir, y le creí.
Le dije que me dejara por la carretera bien iluminada. Él sonrió, tomó el desvío hacia el mirador y yo dejé que el vestido se me subiera hasta el muslo.
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, mientras buscaba quién arreglara el techo, me di cuenta de que en realidad estaba cazando otra cosa.
Sabía que aquel hombre nos miraba desde la penumbra, y en lugar de cubrirme dejé que mi amigo levantara despacio el borde de mi vestido.
Levantó una toalla entre las puertas del coche para esconderse de todos. No contaba con el viento, ni con la cantidad de ojos que ya la observábamos.
Deslicé las uñas rojas por mi piel sin un solo vello y sonreí: en unas horas dejaría de ser la chica callada del cuarto piso para volver a ser otra cosa.
Tardé meses en reunir el valor para decírselo. Y cuando por fin lo hice, él solo sonrió y apagó la luz del pasillo.
Mara me ayudó a abrocharme el vestido rojo y susurró que esa noche sería mía. No sabía que entre los invitados estaba el hombre más respetado del pueblo.
Cuando llegó, fingí dormir boca abajo para que no me viera en topless. No imaginé que esa tarde dejaría que sus manos repartieran la crema por mis piernas.
La primera vez que sus manos la examinaron supo que ningún hombre de su edad la había tocado así: sin prisa, con la certeza de quien lo sabe todo.
Llegué al motel diciendo que ya no quería, convencida de que iba a frenar todo. Lo que no sabía era cuánto me iba a gustar perder esa discusión conmigo misma.
Nadie me miraba en aquella fiesta. Froté la lámpara por aburrimiento y pedí un cuerpo imposible de ignorar; jamás imaginé el precio que tendría ese deseo.
Tenía el mejor cuerpo que vi en mi vida y un único territorio prohibido. Creí que nunca me dejaría entrar, hasta esa madrugada en que volvimos a cruzarnos por la calle.
Estoy desnuda bajo su camisa, acariciándome despacio, cuando lo descubro espiándome desde el otro lado del patio. Me hace una seña con la mano. Y yo, claro, voy.
Llevaba años cobrando por mi tiempo, pero esa madrugada, con él dentro de mí y su boca pegada a mi oído, hice algo que no había hecho jamás: olvidarme del dinero.
Solo iba a probar una clase dirigida. No esperaba que su coche se detuviera delante de mí ni lo que vendría después, en una esquina del polígono.