Le pedí a mi marido un encuentro sin límites
Esa tarde no quería un encuentro más: quería que alguien me llevara más allá de lo que yo misma creía soportar, mientras mi marido observaba sin mover un dedo.
Esa tarde no quería un encuentro más: quería que alguien me llevara más allá de lo que yo misma creía soportar, mientras mi marido observaba sin mover un dedo.
Llevaba años sin verlo, pero cuando abrí la puerta a medianoche y sentí sus manos firmes en mi cintura entendí que mi padrino ya no me miraba como antes.
Tenía edad para ser su madre, pero él me miró como se mira a una mujer que uno quiere desnudar despacio. Y yo no hice nada por corregir el malentendido.
Llamo a su puerta vestida de encaje y dejo de ser yo. Soy Carla, y mi vecino sabe exactamente qué hacer con todo lo que le ofrezco.
Rubén se reía del cuerpo de la rubia en la pantalla, seguro de que no duraría ni un minuto. No sabía que el que iba a terminar en el suelo era él.
En el templo de obsidiana, Nerea apretó los dedos contra su propio vientre y susurró el deseo que la consumía: ser, por fin, el espejo exacto del cuerpo doble de su amada.
Desperté esposado a una cadena, con un collar al cuello y una mordaza que sabía a suciedad. Frente a mí, la señora sonreía: apenas estaba empezando conmigo.
Diez minutos antes de las seis guardé los papeles, retoqué mi lápiz labial rojo y conduje hasta el motel donde él me esperaba con una orden muy precisa de mi marido.
Llevo meses bajo llave, sin derecho a tocarme. Esa noche ella me sentó en el suelo y me ordenó mirar cómo otro hombre la hacía gozar como yo nunca pude.
Si aguantaba el fuego sobre la piel sin apartar el brazo, él la marcaría sin ataduras. Bajó la muñeca hacia la llama y dejó que el reloj empezara a correr.
El clic de las esposas me despertó: mi muñeca encadenada a la de él, y un mensaje en el teléfono con una sola orden. En veinte minutos llamarían a la puerta, y debíamos abrir así.
Desperté con los tacones aún puestos y una voz susurrándome al oído que ya no había vuelta atrás: cada día sería un poco más Lola y un poco menos yo.
Aquella mañana salí a pedalear todavía caliente por la noche anterior. No imaginé que me detendría en la ruta a buscar exactamente lo que me faltaba.
Bastaba con que me clavara la mirada y sintiera su aliento en la cara para que olvidara mi guion y me dejara hacer todo lo que ella quisiera.
Una semana después de aquella primera noche, mis pies me llevaron solos de vuelta al cabaret. Verónica me esperaba con una caja de terciopelo y una sentencia.
Esa noche, después de publicar, abrí el correo y encontré un mensaje suyo. No sabía que un desconocido podía moverme tanto solo con palabras.
Le había prometido un regalo distinto: ese fin de semana yo no decidiría nada. Él llevaría las riendas y yo solo tendría que obedecer y dejarme llevar.
Llevaba semanas soñando con esa tarde, pero nada me preparó para la primera orden que me diste apenas cerraste la puerta detrás de mí.
Lo odiaba por cómo me acosaba, pero aquella madrugada, bajo la luz del frigorífico, descubrí que su mirada me hacía temblar por motivos que no quería admitir.
Creía haber enterrado a la mujer que cobraba por su tiempo. Bastó una oferta de mi propio novio para que esa mujer despertara y tomara el control de la noche.