Lo que me hago cuando la casa se queda en silencio
No hace falta nadie más. Solo la oscuridad, el peso entre mis piernas y mis manos libres para imaginar todo lo que nunca me atrevo a pedir en voz alta.
No hace falta nadie más. Solo la oscuridad, el peso entre mis piernas y mis manos libres para imaginar todo lo que nunca me atrevo a pedir en voz alta.
No me enseñó por amor. Me enseñó porque nadie más iba a hacerlo, y porque, en el fondo, era lo que los dos necesitábamos.
Claudia llegó a casa de su hijo sin saber que la esperábamos. El uniforme de trabajo, los ojos cansados. Nadie la preparó para lo que venía.
Cada vez que necesitaba las llaves, él lo sabía. Y yo también sabía lo que venía después, aunque nunca me acostumbré del todo.
Pusimos el anuncio por curiosidad. Dos semanas después, un chico joven estaba en nuestro salón, temblando, a punto de ponerse un vestido de encaje negro.
Llevábamos semanas intercambiando correos con Valeria. Ella pedía fuerza y presión. Cuando nos vio bajar de las motos, supo que no se iba a decepcionar.
Ella se sentó en el banco y me extendió los pies sin decir una palabra. Solo sus ojos hablaban, y lo que decían no dejaba opción alguna.
Valeria sintió el calor antes de entender qué era. La cabina se llenó de un humo rosado y todo lo que era protocolo se convirtió en instinto puro.
Cuando Dimitri me llamó para que mirara cómo mi madre le servía de rodillas, algo en mí se rompió para siempre. O quizás nació.
Rodrigo lo había organizado todo en secreto: la suite, las velas, Marcos esperando en el sofá. Solo me preguntó si estaba lista antes de abrir la puerta.
Tenía los dedos húmedos de ella cuando el coche arrancó. Me dejó en la puerta de mi propia casa con una erección y el corazón roto.
Lo habían planeado durante semanas. La sala oscura, las cuerdas, y Vera esperándolas con esa sonrisa que no prometía nada bueno ni nada fácil.
Empezó en el patio de la universidad, cuando un puñetazo me dejó sin aliento y sentí algo más que dolor. Desde entonces no pude dejar de buscarlo.
Había algo en sus ojos cuando se dio la vuelta que debería haberme preocupado. No era la rabia de una vecina molesta. Era una promesa.
Marco llevaba un año besando sus pies en silencio. La noche que salió para capturar a una rival, volvió como el único amo de la mansión.
Cerré el portátil y todavía sentía sus manos imaginarias en mi piel, la voz grave dando órdenes que yo obedecía sin dudar. Una fantasía tan real que me dejó temblando.
Cierro los ojos y ella aparece: alta, oscura, con una polla que no me esperaba encontrar y que ahora no consigo sacarme de la cabeza.
Llevaba siglos en las sombras sin desear nada. Pero cuando me vio solo en la biblioteca, algo en ella cambió para siempre.
Cuatro semanas de pruebas de sumisión y ahora la final: resistir más que la otra pareja. Sofía no pensaba pronunciar la palabra de seguridad, cueste lo que cueste.
Entró con un grupo, intentó llevarse un set de lencería negra y acabó devolviendo mucho más de lo que robó. Sus ojos azules me lo dijeron todo desde el primer segundo.