Desnuda en mi cama, sueño con un desconocido
La cama me queda enorme esta tarde de domingo. Cierro los ojos, abro las piernas y dejo que él aparezca: el hombre que todavía no conozco pero que ya me posee.
La cama me queda enorme esta tarde de domingo. Cierro los ojos, abro las piernas y dejo que él aparezca: el hombre que todavía no conozco pero que ya me posee.
Le dije que ninguna mujer se abría de piernas para él tan fácil. Él solo sonrió y respondió: «Ya lo veremos». No sabía lo que escondía detrás de esa puerta.
Llevaba meses sonriéndole al darle el cambio, hasta que una mañana deslizó su teléfono en mi mano y supe, sin dudarlo, que iba a llamarlo.
Llevaba semanas notando cómo me miraba el amigo de mi marido. Esa noche, solos en el patio, entendí que nada de lo que estaba pasando era casualidad.
Cuando el espejo me devolvió una cara que no era la mía, entendí que en esta casa yo ya no mandaba nada. Solo obedecía y deseaba complacerla.
Empezó como envidia: ellas tenían lo que a mí me faltaba hacía años. Lo que no calculé fue hasta dónde estaba dispuesta a llegar para sentirlo en mi propia piel.
Bailaba el tango como si quisiera demostrarme algo. Cuando me deslizó el número de su habitación en la mano, supe que esa noche no iba a poder dormir.
No recordaba su nombre ni su cara, pero en cuanto dijo «tengo casa con piscina» supe perfectamente cómo iba a terminar esa noche.
Aparcó frente al edificio, se miró en el retrovisor y no reconoció a la mujer que devolvía la mirada. Esa noche había decidido dejar de ser la esposa perfecta.
Esa noche yo no era el anfitrión, sino el adorno. Mi esposa me eligió el vestido, me calzó los tacones y me ordenó sonreír mientras sus jefas me evaluaban.
Cuando me abrió con esa lencería negra y esa sonrisa fría, entendí que esa noche no habría charla: solo órdenes, y yo estaba dispuesto a obedecer cada una.
Salí del local colgada de su brazo, mareada y sin sujetador, convencida de que solo me acompañaba a casa. Esa noche perdí la cuenta de las cosas que dejé pasar.
Abrió una libreta y empezó a leer en voz alta: cada palabra mal dicha, cada burla, cada falta tenía un número. Y ese número eran azotes que pensaba cobrarme.
Cada golpe sobre su piel la encendía más, y Renata no supo si lo peor era entregarse o descubrir que alguien la observaba desde lo alto de la escalera.
Me ordenó que me desnudara en el pasillo del hotel, donde cualquiera podía verme, y que volviera a llamar a la puerta solo cuando estuviera completamente desnudo.
Eché el pestillo, me arrodillé sobre las baldosas frías y supe que iba a obedecerle hasta el final, aunque cualquiera pudiera entrar en el baño de al lado.
Era nuevo, tímido y educado. No imaginó que esa tarde, cuando todos se fueron de la oficina, una sola orden mía bastaría para ponerlo de rodillas.
Habíamos ensayado cada gesto, cada palabra, cada límite. El juego era nuestro y solo nuestro. Hasta que dos desconocidas aparecieron entre los árboles y lo cambiaron todo.
Lo último que recordaba era brindar con una mujer preciosa. Lo siguiente, despertar en el suelo de un sótano, sin fuerzas, sin ropa y sin escapatoria posible.
Renata quería ocupar más espacio; Damián, dejar de decidir. El ritual les concedió justo eso, y a la mañana siguiente sus cuerpos empezaron a obedecer otro deseo.