Sedé a mi marido para recibir al albañil en el sofá
Veintiocho años casada con un hombre que me ignoraba. Hasta que el obrero más joven del barrio me miró como nadie lo había hecho en décadas y todo se rompió.
Veintiocho años casada con un hombre que me ignoraba. Hasta que el obrero más joven del barrio me miró como nadie lo había hecho en décadas y todo se rompió.
Nunca imaginó que detrás de esa puerta encontraría a las mujeres de su familia cobrándose una deuda, ni que terminaría gozando con cada segundo.
Llevaba meses esperando este viaje. Quería que él fuera el primero en conocer a la mujer en la que me había convertido, costara lo que costara.
Escribimos en papelitos todas las fantasías que nos faltaban y el azar eligió la más peligrosa: dos transexuales, una habitación de hotel y ninguna regla.
Lo conocí recogiendo el correo. Una semana después estaba de rodillas en el cuarto de contadores, preguntándome cómo había perdido el control tan rápido.
Nunca planeé que terminara así, pero cuando él abrió la puerta y nos vio, supe que esa noche iba a elegir con el cuerpo y no con la cabeza.
Llevaba años entregando muchachos al templo soñando con poseer a la suma sacerdotisa. Aquella noche de luna llena, su deseo se cumplió de la peor manera.
Eran las ocho y media de la noche, faltaba media hora para la llamada del cliente, y yo ya sabía exactamente cómo quería que pasáramos esa espera.
Todos en palacio conocían las verdaderas funciones de su puesto, pero esa noche el viejo rey tenía un capricho distinto reservado para ella.
Frente al espejo de aquella sala se abrió una caja con prendas que no eran suyas, y cada una que se ponía borraba un poco más al hombre que había entrado.
Cuando cerré la puerta con llave, él se dio vuelta y me reprochó el beso que le había dado a otro hombre. No supe si era rabia o deseo lo que le ardía en los ojos.
—Aquí mando yo —dijo ella. Y el gran arquitecto, que se pasaba el día dando órdenes, descubrió que obedecer a la mujer de la limpieza lo excitaba más que ninguna conquista.
Todos la odiaban antes de que volviera al barrio. Yo solo dibujaba sus tatuajes desde mi lado del muro, hasta que ella decidió cobrarme por ser su musa.
Faltaba una hora para que vinieran a recogerme. Me ajusté la falda negra frente al espejo y entendí que el precio de la deuda iba a pagarlo yo.
Solo necesitaba un baño esa tarde de calor. Lo que ese viejo del taller hizo con su celular me dejó atrapada y a su merced durante días.
Cuando entró el grupo de cuatro amigas, pensé que solo querían un susto. No imaginé que sería yo quien terminaría a su merced, sin manos para defenderme.
Desde su ventana llevaba semanas observándola; la noche que saltó la valla entendió que sería ella quien decidiera cada cosa que pasaría entre ellos.
Entré en tercera fila con un café frío y mi escepticismo doblado en la libreta. No sabía que cada frase de ella iba a reescribir quién era yo, hasta el último botón.
Toqué la puerta sabiendo que esta vez había ido demasiado lejos, y que la mujer que abriría no aceptaba excusas: solo obediencia.
Bajo la antorcha repaso mis bocetos y siento el cuerpo arder por ella. El contrato termina y ya sé una cosa: no me voy de esta selva sin Yuma a mi lado.