La recogí de la calle y todo cambió esa misma noche
Le ofrecí un trabajo y un techo, nada más. Pero esa primera noche en la casa del río ninguno de los dos fingió que aquello seguía siendo solo un acuerdo.
Le ofrecí un trabajo y un techo, nada más. Pero esa primera noche en la casa del río ninguno de los dos fingió que aquello seguía siendo solo un acuerdo.
Le había arruinado el vestido al principio de la fiesta. No imaginé que esa misma desconocida me arrinconaría contra la barandilla cuando ya no quedaba casi nadie en la azotea.
Pensé que era solo un juego de mensajes a deshoras, hasta que una tarde cerró la puerta de mi oficina, apagó la luz y dejó de pedirme permiso.
Lo había odiado durante años, pero al verlo sentado en aquel café lo único que sintió fue calor entre las piernas y unas ganas que creía enterradas para siempre.
Nunca pensé que un comentario sobre lo dócil que era su perra pudiera encender algo así entre dos viejos conocidos en el sofá de su casa.
Ella llevaba las riendas de su matrimonio, pero esa mañana en la arena descubrí cuánto le gustaba que un desconocido le marcara quién mandaba, con su marido mirando.
Damián llegaba cada viernes con vino y una sonrisa de marido ejemplar. Tomás dormía feliz al otro lado de la pared, sin saber que esos ruidos eran la única verdad que les quedaba.
Llegué temblando al granero, de rodillas sobre la paja, esperando a un hombre cuyo rostro nunca llegaría a ver. Lo hice por mi novio. O eso me dije.
Mientras los invitados brindaban en el salón, ella se ató el delantal sobre el vestido blanco y hundió las manos en el agua jabonosa. Era su manera de decirle: soy tuya.
Mi amiga me dejó plantada esa noche, pero el desconocido de la barra tenía otros planes para mí. Y yo, aunque no lo admitiera en voz alta, también.
Trajo orujo en una garrafa sin etiqueta y emborrachó a mi novio en una hora. Cuando Sergio empezó a roncar, su tío me miró y supe que la cena no había sido más que el principio.
No habíamos intercambiado los teléfonos, pero yo sabía cómo encontrarlo. Volví a entrar al chat con una sola idea: que me llamara su gatita otra vez.
Su mano fría se cerró sobre mi brazo como una presa. Yo era noventa kilos de músculo y, aun así, frente a él me sentí pequeño, examinado, comprado.
Tenía el bolígrafo en la mano y la deuda de toda una vida sobre la mesa. Lo único que me pedía a cambio era dejar el orgullo en la puerta.
Acababa de cumplir veintidós y nunca había estado con nadie. Iván tenía tres años menos, pero bastó una apuesta tonta para que entendiera quién mandaba.
La voz metálica anunció la siguiente fase y, en lugar de pánico, sentí algo que no debía sentir: unas ganas absurdas de que todo volviera a empezar.
La terraza del motel conectaba con la suya, y desde la penumbra una voz grave me llamó «bonito». Debí entrar a mi cuarto y cerrar. No lo hice.
La orden fue simple: arrodíllate. Mi cuerpo obedeció antes de que mi cabeza pudiera negarse, y supe que esa noche iba a cruzar una línea de la que no había vuelta atrás.
La regla era simple: al cerrarse las puertas del ascensor, yo dejaba de ser una persona y me convertía en parte de su mobiliario.
Volví de la cocina desnudo, con el trapo en la mano, y supe que aquella noche no iba a quedar nada de mi orgullo sobre el mármol negro de su salón.