Lo que el guía de buceo nos propuso esa noche
«Si te quedas, te quedas para jugar», dijo él mirando a mi amiga. Yo solo quería tenerlo para mí, pero una parte oscura quería ver hasta dónde llegaba ella.
«Si te quedas, te quedas para jugar», dijo él mirando a mi amiga. Yo solo quería tenerlo para mí, pero una parte oscura quería ver hasta dónde llegaba ella.
Una me empujó contra la pared mientras la otra se arrodillaba sin decir palabra; supe enseguida que esa tarde no iba a salir entero de ese departamento.
Yo siempre me enamoraba; ella solo quería divertirse. Pero esa noche, detrás de una puerta del local, descubrí algo de mí misma que jamás imaginé.
Me dijo que era libre de irme cuando pagara mi deuda. No había cadenas en aquella puerta, y aun así mis pies no se movieron del sitio.
La primera vez que me llamaron guerrero, algo dentro de mí se enderezó. Pero fue su mano en mi cintura, junto al fuego, lo que terminó de prenderme.
La vi dirigir la mudanza con esa voz ronca y supe que no podría sacármela de la cabeza. Lo que no imaginé fue todo lo que escondía bajo el corsé.
Cuando el aire fresco me golpeó la piel desnuda entendí que no estábamos en la habitación: me había sacado al jardín, atada y a oscuras, y cualquiera podría haberme visto.
Acordamos que quien llegara primero esperaría en el coche. Llegué yo. Quince minutos después, dos golpecitos en el cristal despertaron todos los nervios que creía controlados.
Esa tarde Damián tenía otros planes. En cuanto crucé el umbral me dio dos bofetadas y me ordenó cruzar el piso desnudo moviendo el culo.
Cada marca que las cuerdas dejan en mi piel me acerca un poco más al abismo. Pero es lo único que silencia su voz... la del hombre al que dejé morir.
Acepté el trabajo por el dinero. Lo que no esperaba era que el silencio de esa casa terminara empujándonos a los dos hacia algo que ninguno podía nombrar.
No quería caricias ni promesas. Solo quería que me partiera en dos, y se lo dije a la cara apoyada en el capó de aquel coche.
Llegamos temprano, el ascensor se vació y su mano encontró mi falda antes de que se abrieran las puertas del último piso. Sabía exactamente lo que venía después.
«Tengo el arnés en el bolso», me susurró sobre el ruido del bar. «¿Quieres dejar de fingir y comprobar si eres tan valiente como pareces?».
La noche que mi jefa leyó mi historial de navegación, supe que estaba perdido. Lo que no supe es cuánto iba a disfrutar cada paso de mi rendición.
Era la última persona que esperaba ver esa tarde. Abrí la puerta medio dormida y, al verlo ahí parado con esa sonrisa de medio lado, se me secó la boca.
Me descalzo nada más entrar, todavía con el sabor de sus órdenes en la boca. Antes de desnudarme escribo el mensaje de siempre: «Ya en casa, Amo».
Dije que mi cuerpo aguantaba cualquier cosa. Era mentira, pero ya no había forma de echarme atrás delante de los tres.
La hice cambiar de ropa antes de llegar a la obra: quería que cada uno de sus obreros entendiera, con una sola mirada, quién mandaba de verdad ahora.
Llevaba mi pequeño secreto de metal entre las piernas mientras él daba clase, convencida de que era yo quien tenía el control. Me equivoqué en cada cálculo.