La rubia de la despedida de soltera me eligió a mí
Yo no conocía a nadie en esa cena de chicas, hasta que ella entró por la puerta y nuestras miradas se quedaron pegadas por encima de los platos.
Yo no conocía a nadie en esa cena de chicas, hasta que ella entró por la puerta y nuestras miradas se quedaron pegadas por encima de los platos.
Llevábamos toda la noche rozándonos sin decir nada y, cuando vi el desvío hacia el bosque, supe que ninguna de las dos iba a aguantar hasta casa.
No era temporada de rebajas y la tienda estaba vacía. La vendedora rubia me siguió hasta el probador con una excusa, y yo dejé la cortina abierta a propósito.
Sentí una mano en la cadera y una boca en la oreja: «Hueles increíble». Cuando me di la vuelta, era ella, la chica con la que mi amiga había venido a coquetear.
Bastó que ladeara la cabeza hacia la puerta del fondo para que yo dejara mi copa en la barra y la siguiera sin pensarlo dos veces.
Tenía las manos heladas en la sala de embarque, pero no era por el frío: en pocas horas volvería a verla y no sabía si correría a abrazarla o a esconderme.
Yo solo servía las bebidas. Ella me miraba desde el otro lado de la barra como si ya supiera, antes que yo, cómo iba a terminar esa noche.
Sentí su mano subir por mi muslo entre el gentío del metro y, aunque no podía moverme ni un centímetro, no quise que parara.
Cuando se quitó la blusa frente a la ventana abierta, supe que no iba a parar aunque medio barrio estuviera mirando. Y yo tampoco quería que parara.
Nunca había pensado en Nora de esa manera, hasta que se rozó contra mí en el bar y entendí, por su sonrisa, que ella llevaba mucho tiempo pensándolo.
Creía que bastaba con desnudarme delante de extraños para perder la vergüenza. Entonces aquella pareja se tumbó a mi lado y me miró como si ya supiera lo que yo aún no me atrevía a pedir.
Eligió la ropa pensando en él, no en su marido. Esa noche dejaría de ser una esposa fiel para convertirse, durante un fin de semana entero, en la mujer de otro hombre.
«Lo que pasa en la costa, se queda en la costa», nos dijimos antes de cruzar esa cortina. Ninguno de los dos imaginaba lo lejos que iríamos sin la otra pareja.
Nadia se arrodilló frente al ventanal de cristal sabiendo que los vecinos del jardín de al lado no perdían detalle. Y esa fue apenas la primera tarde.
Bajé del baño y me la encontré de rodillas frente a él. En vez de frenarlo, me senté en la butaca de enfrente y decidí mirar hasta el final.
Llevaba el huevo vibrante puesto desde que salieron del hotel, y Lorenzo decidía cuándo correrse delante de todos. Esa noche su marido ya no era parte de la ecuación.
Se enfundó el vestido negro, me besó y dijo «no me esperes». Yo sabía exactamente con quién iba a pasar la noche, y eso era justo lo que me excitaba.
Cuando Renata abrió las cortinas y me puso a cuatro patas de cara al cristal, supe que esa noche iba a ser de todos los que pasaran por la calle, no solo de ella y de mi marido.
Eran casi las once cuando entró por la puerta con esa sonrisa que yo conocía demasiado bien, la misma que ponía cada vez que algo prohibido acababa de pasarle entre las piernas.
Subí al coche pensando solo en el viaje. Diez minutos después, mi jefa estaba sobre mí, su hermana giraba la cabeza para no perder detalle y su marido sonreía por el retrovisor.