La desconocida del cine no dejaba de mirarme
Sus ojos brillaban en la penumbra, fijos en mí por encima del hombro de su acompañante. No me conocía, pero su mirada ya me había desnudado entera.
Sus ojos brillaban en la penumbra, fijos en mí por encima del hombro de su acompañante. No me conocía, pero su mirada ya me había desnudado entera.
Acordamos comportarnos como dos extraños en la arena: ella tendría que seducirme con medio mundo mirando, y yo tendría que aguantar sin delatarme.
Mi mujer juraba que jamás cruzaría esa puerta. Tres horas después, era ella quien me suplicaba que no parásemos delante de todos.
Llevábamos toda la mañana provocándonos con la crema solar cuando la chica de la toalla de al lado decidió sumarse al juego.
No sabíamos cómo salir del agua sin que se notara lo que acabábamos de hacer. Lo que no imaginábamos era que la noche apenas empezaba, y que la fiesta de los vecinos lo cambiaría todo.
«Van a ser unas compras con final feliz», me dijo con esa sonrisa que no era inocente. No imaginé que esa noche acabaríamos en un laberinto de setos con otra pareja.
Nunca imaginé que aquella chica tímida de gafas, que se sonrojaba al hablar de sexo, terminaría desnuda y entregada en una jaima perdida del desierto.
Estábamos solos en la playa hasta que un hombre se detuvo en la orilla a mirarnos. Y en lugar de cubrirnos, decidimos darle algo que mirar.
Llevaba años fantaseando con el dogging, pero nunca imaginé que sería ella quien me arrastraría hasta el final de aquel polígono, con una sorpresa esperándome entre los setos.
Subí a la moto sin saber pilotar y bajé de ella convertido en otro. Pero lo que de verdad me cambió pasó después, en la arena, lejos de las miradas... o eso creía.
Habían ido buscando acción y el local estaba muerto. Hasta que una pareja tímida se quedó en la barra sin saber dónde se había metido.
Bajé la voz para contarle cómo un austríaco me fotografió desnuda en la playa, sin imaginar que esa historia nos empujaría a vivir lo mismo las dos juntas.
Sabía que aquel viaje cambiaría algo entre nosotros, pero jamás imaginé hasta dónde llegaría mi mujer cuando otro hombre empezó a darle órdenes.
Mientras le untaba el protector, ella movía despacio las caderas contra la arena. Yo solo pensaba en cómo convencerla de cruzar la puerta del otro hotel.
Estábamos solas en la arena, desnudas y excitadas, cuando descubrí que dos jóvenes nos espiaban desde las rocas. Romina solo me preguntó si quería seguir.
«La decisión es tuya, tú decides.» No me pude quitar esa frase de la cabeza en toda la semana, mientras mi cuerpo ya había decidido por mí.
Cuando el guardia gritó su número, las risas se apagaron de golpe y cien miradas se clavaron en ella: la única belleza intacta en un patio de cemento, sudor y alambre de púas.
Cuando Diego me dejó el coche y se fue a casa con el niño, no imaginé que terminaría la noche contra la pared del baño, con la boca de otro en mi cuello.
Solo recibí dos fotos esa mañana: ella desnuda frente al mar y, una hora después, la funda de un condón abierta. Lo demás me lo contó en la cama.
Cuando Diego frenó frente a las luces de neón, supe que aquella apuesta entre risas y kalimotxo iba a convertirse en la noche que mi mujer y yo llevábamos meses imaginando en secreto.