El mecánico de la ITV le dejó algo más que un teléfono
Le tocó el mecánico que había estado mirando desde la cola. Cuando le pasó su teléfono «por si el coche daba problemas», los dos sabían que el coche era lo de menos.
Le tocó el mecánico que había estado mirando desde la cola. Cuando le pasó su teléfono «por si el coche daba problemas», los dos sabían que el coche era lo de menos.
Si nunca te han hecho una buena mamada, no sabes de lo que hablo. Y no, no me refiero a correrte en su boca. Te voy a contar el secreto que descubrí por casualidad.
Abrí la puerta de la cabaña esperando una litera libre y me encontré con cinco desconocidas a medio vestir. Esa misma noche entendí por qué viajo solo.
«No va a pasar nada, venimos solo a mirar», dijo nerviosa al entrar. Tres horas después yo la miraba a cuatro patas, a un palmo de un desconocido.
Creíamos estar solos en la cala escondida, hasta que noté que aquellos tres no nos quitaban los ojos de encima. Y a nosotros tampoco nos molestaba que mirasen.
Atada bajo las luces y con su mirada clavada en mi nuca, entendí que esta noche el verdadero espectáculo era él: obligado a ver todo lo que se negó a darme.
Subí al vagón más lleno para escapar de unas manos que no quería, sin imaginar que terminaría buscando otras a la vista de todo el andén.
Todo el mundo se vestía para volver al aparcamiento; ella, en cambio, se quitó lo poco que llevaba puesto y se quedó mirando fijamente al extraño entre los pinos.
El agua fresca, el sol sobre la piel y nadie alrededor. Eso creía, hasta que noté dos miradas siguiendo cada uno de mis movimientos desde detrás de las rocas.
Dos desconocidos me filmaban por debajo de la mesa mientras él me ordenaba quedarme quieta. Lo peor era que me gustaba ser el espectáculo de toda la sala.
Detrás de mis gafas oscuras me sentía invisible. No imaginé que la mujer de la toalla de al lado supiera exactamente dónde tenía clavada la mirada.
Vine al bar tranquila, con vaqueros y sujetador para no dar pie a nada. Tres horas después estaba de pie sobre la barra, en bolas, con medio pueblo aplaudiendo.
Le pedí una sola cosa: que no apagara la luz. Yo lo vería todo desde el portátil, en la otra habitación, mientras ella se encargaba del amigo de mi primo.
Desde mi nuevo escritorio tenía una vista perfecta de la recepción. Lo que no esperaba era sorprenderla con la mano bajo el vestido, creyendo que nadie la observaba.
Me llevó al río con la excusa de la pesca, pero los dos hombres ya sabían que el único cebo de la jornada iba a ser yo.
Mi dueño plantó la idea como una semilla: dinero por mi cuerpo y un desconocido observando cada detalle. Esa tarde de martes salí a cumplirla sin saber cómo terminaría.
Ella sacó de la bolsa un tanga que no tapaba nada y me lo tendió sin una palabra. En esa playa llena de gente, las órdenes ya no las daba yo.
Bajó las rodillas poco a poco hasta que entendí que aquel pequeño espectáculo bajo la mesa estaba dedicado a mí, y a nadie más en toda la cafetería.
Sabía que un hombre me seguía por la planta vacía del centro comercial. En vez de huir, entré al probador más alejado y dejé la puerta entreabierta.
Un desconocido me prometió encontrarse conmigo en la última fila, pero terminé en manos de todos los demás, ofrecida una y otra vez en la oscuridad.