El día que mi novio dejó que me miraran
Acepté la demostración por el calor y el aburrimiento. Nunca imaginé que terminaría medio desnuda en la camilla, con seis desconocidos mirándome.
Acepté la demostración por el calor y el aburrimiento. Nunca imaginé que terminaría medio desnuda en la camilla, con seis desconocidos mirándome.
Sentí su mano en mi cadera entre el gentío y, en vez de apartarme, me quedé quieta. Lo que pasó después todavía me acelera el pulso cada vez que lo recuerdo.
Esa noche dejé a mis hijos dormidos, me vestí como una secretaria y bajé al estacionamiento temblando. Iba a pararme en una esquina a esperar clientes.
Saqué la verga fingiendo mear bajo el árbol, esperando a ver si aquel desconocido se atrevía a acercarse en la penumbra del parque.
Tenía cuarenta minutos de clase por delante, la cámara encendida y el dildo entero dentro de mí. Solo debía mantener la cara quieta. Eso era todo.
Fingir ser su pareja para entrar en los bares del barrio era el plan. Nadie le avisó a Nadia que su compañero la miraría así, ni que el deseo arruinaría la coartada.
La primera tarde, salió a la terraza con la toalla colgando apenas de dos dedos. Abajo había gente. Arriba, los balcones vecinos. Y ella encendió un cigarrillo sin prisa.
Acordé verlo por la app en veinte minutos. No imaginé que esa misma noche un desconocido iba a decidir por mí qué hacía mi cuerpo y a quién se lo entregaba.
Tengo cara de viciosa y todos lo notan. En el último vagón, apretada contra cuerpos que no conozco, dejo que mis manos hagan lo que mi cabeza ya decidió.
Bajamos al parque de madrugada con el vestido al hombro y los tacones puestos, pero no esperaba que alguien estuviera mirándonos desde la última banca.
La luz seguía encendida en la última aula del campus. Cuando me acerqué, los gemidos no me dejaron dudas: alguien estaba cogiendo a tres metros de mí.
Salí del aula con la falda corta y la cabeza llena de él. Sabía que me esperaba entre los toboganes, y sabía perfectamente lo que iba a pasar ahí.
El semáforo seguía en rojo, su última foto seguía en mi pantalla y mis manos ya habían dejado de pedirme permiso. Solo tenía que llegar a casa. O no.
Mientras su familia subía a la cima, ella se quedó atrás con el tobillo hinchado. Entonces una camper aparcó justo al lado y todo cambió.
Aquella mancha tibia en mi vestido lo cambió todo: por primera vez entendí lo que era desear y ser deseada, y ya no quise volver atrás.
Su hijo la sentó a la mesa sin imaginar lo que pasaba por debajo. Lo que vino después, en el ascensor y en su propio piso, ella jamás lo confesaría.
Pasada la medianoche me puse los tacones rojos, abrí el portón con el control y salí a caminar. Solo quería sentirme vista. No esperaba que alguien se detuviera.
La camioneta saltaba en cada bache y yo solo rezaba para que nadie notara lo que estaba pasando debajo del vestido de mi hermana.
A las tres de la tarde, con la piscina medio vacía, los vi entrar al vestuario sin secarse. Esa fue la señal que llevaba semanas esperando.
Me había mandado la foto mientras mi marido manejaba a su lado. Yo no respondí, pero esa imagen no se me borró en todo el día.