El juego que cerramos en el callejón del bar
Salimos primero él, después yo, con un par de minutos de diferencia. Nadie en el bar tenía por qué saber lo que iba a pasar entre los cartones del callejón.
Salimos primero él, después yo, con un par de minutos de diferencia. Nadie en el bar tenía por qué saber lo que iba a pasar entre los cartones del callejón.
Me escribió temblando la noche antes: «no sé si subir a ese avión». A la mañana siguiente apareció en la terminal, con la mochila al hombro y la mirada de quien había decidido obedecer.
Maximiliano me señaló el tubo plateado con un gesto y entendí que no había vuelta atrás: esa noche todo el club iba a mirarme bailar para mi novio.
Nadie en la discoteca sabía lo que llevaba debajo del pantalón. Yo tampoco sabía hasta dónde me llevaría esa pequeña prenda de encaje rojo.
Estrené las zapatillas un sábado a primera hora, sin imaginar que volvería a casa con las mallas húmedas por motivos que no tenían nada que ver con correr.
Crucé sola un edificio en ruinas buscando refugio. No esperaba encontrar a aquel hombre junto a la hoguera, ni descubrir hasta dónde estaba dispuesta a llegar para sobrevivir.
Me rozaba la cintura cada vez que entraba a comprar, pero esa noche en la plaza fui yo la que decidió cuándo, cómo y hasta dónde.
Bajé a la pista pensando que controlaba la situación. Tres horas después me había convertido en un mero observador de algo que ya no me pertenecía.
Me puse la falda debajo del pantalón, subí al auto y dejé que él decidiera mi nombre. Esa noche dejé de fingir lo que no era.
Tardó en contármelo. Decía que le daba apuro, que era demasiado fuerte. Y cuanto más se resistía, más dura se me ponía mientras la penetraba despacio.
Tenía veinte años y un novio que me esperaba en casa. Aquella tarde de calor, junto a la piscina, descubrí cuánto puede arder el cuerpo cuando una decide dejarse llevar.
Sola en lo alto de la pista, con las luces partiéndole la piel, decidió que esa noche mandaba ella. Y los tres hombres no eran más que su público.
Hay cosas que una nunca le cuenta a nadie. Esta es la que me guardé durante años, la que todavía me hace temblar cuando paso frente a aquel cine.
Se puso el vestido más corto que tenía, sin nada debajo, y caminó sola hacia las sombras del astillero. No iba a creerle a nadie: necesitaba comprobarlo con su propio cuerpo.
Llevaba semanas masturbándome cada noche imaginando lo que ella vivía en carne propia. Hasta que un jueves me planté frente al espejo y decidí dejar de imaginarlo.
Aquel viernes llegamos desnudas bajo los abrigos, dispuestas a todo. Lo que no sabíamos es que esa noche habría alguien nuevo esperándonos en la pared.
Esa noche descendimos veintidós escalones hacia el sótano donde sonaba el saxo. Lo que pasó allí abajo todavía no se lo he contado a nadie.
Crucé los brazos para esconder lo que el frío de la sala había delatado en mí. Entonces se sentó a mi lado, sin pedir permiso, como si el asiento fuera suyo.
Estaba tumbada y desnuda cuando una sombra me tapó el sol. «Si no te pones crema te vas a quemar», dijo él. Yo no llegaba a la espalda… y él tenía las manos perfectas.
Bajé las escaleras de aquel sótano con el corazón en la garganta y, antes de pensarlo dos veces, ya estaba de rodillas en la cabina del fondo.