Lo que dejé ver en la playa a aquel desconocido
Cuarenta y seis años, recién llegada de Montevideo, y por primera vez en mi vida me atreví a quitarme la parte de arriba del bikini frente a un extraño que no apartaba los ojos de mí.
Cuarenta y seis años, recién llegada de Montevideo, y por primera vez en mi vida me atreví a quitarme la parte de arriba del bikini frente a un extraño que no apartaba los ojos de mí.
La sala estaba casi a oscuras cuando él subió la mano por su muslo. Tres filas más adelante, un hombre solo había dejado de mirar la pantalla para mirarlos a ellos.
Vino a Formentera para que la miraran. No imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar cuando aquel extranjero extendió la toalla a pocos metros de nosotros.
Mi novia me dejó claro que le encantaba exhibirme, así que agarré el cepillo de dientes y bajé desnudo al baño rezando por cruzarme con su tía en tanga.
Eligió la falda más corta y salió sin ropa interior. A esa hora el desconocido del andén siempre estaba ahí, y esta vez ella no pensaba apartarse.
Me metí en el tercer probador, dejé la cortina justo como me gusta dejarla, y al levantar la vista la pillé mirando hacia dentro. Una de las mías, pensé.
Me excita que otros deseen lo que solo yo puedo tocar. Ese sábado, en la obra de nuestro futuro piso, se lo serví en bandeja a todos.
Salió del agua despacio, sabiendo que la tela transparente ya no escondía nada, y se escurrió el pelo de frente a nosotros como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Esa tarde de abril salí sin sostén y con un tanga mínimo. No sabía que mi marido iba a frenar delante de la gasolinera abandonada para hacerme aquello.
Lo conozco desde niño, amigo de mis hijos. Pero esa noche, en la pista, su mano bajó por mi espalda desnuda y entendí que nunca volvería a verlo igual.
El asiento de al lado lo ocupaba ella, con esas piernas cruzadas en la penumbra. Dijo que mejor hablarlo conmigo que con desconocidos. No sabía dónde nos llevaría.
Volvió al mismo descampado convencido de que esta vez sí ganaría. No imaginaba cuánto disfrutaba ella cada vez que lo obligaba a doblarse de rodillas delante de todo el barrio.
Le bastaba una sonrisa para que el más creído bajara la guardia; entonces Nadia atacaba justo donde más dolía y disfrutaba cada segundo de su caída.
Nadie sabía lo que llevaba debajo del pants gris. Hasta que una mano se posó en mi cadera y entendí que él sí lo había adivinado.
Le dije que buscaba algo más fuerte que ella, mucho más fuerte. No se escandalizó. Sonrió y me dijo que conocía un sitio donde eso era posible.
Acepté la invitación pensando en una velada elegante entre copas y cumplidos. Nunca imaginé lo que la condesa había planeado para mí cuando se apagaran las luces.
Subí al catamarán para perderme un rato del mundo. Nunca imaginé que terminaría desnuda, rodeada, y que sería yo quien no quería que parara.
Solo quería tomar el sol desnuda en una cala tranquila. No conté con los gemelos, sus amigos y un balón que el viento traía una y otra vez hacia mí.
Llevábamos meses hablándolo y nunca nos atrevíamos. Hasta que una pareja nos invitó al spa liberal una tarde de mayo, y Sofía cruzó esa puerta antes que yo.
Esa tarde de verano caminaba por San Telmo buscando algo que no admitía en voz alta. El locutorio de la esquina, con sus cabinas privadas, era el lugar exacto para encontrarlo.