Todos me miraban mientras subía esas escaleras
Nunca había usado una tanga, pero esa tarde decidí estrenarla en el rincón más concurrido del mercado, justo donde nadie podía dejar de mirarme.
Nunca había usado una tanga, pero esa tarde decidí estrenarla en el rincón más concurrido del mercado, justo donde nadie podía dejar de mirarme.
Encendí ese teléfono solo para borrarlo antes de regalarlo. Lo que encontré dentro me dejó vigilando una intimidad que ya no era mía.
Siempre soñó con transformarse en una de esas guerreras de falda corta. Esa noche de carnaval, contra la pared y con la música retumbando, empezó a sentirse exactamente así.
Creían que la cala estaba vacía. Yo seguía detrás de la roca, sin respirar, mirando cómo ella se movía sobre él mientras el cielo se volvía naranja.
Llevaba todo el verano metiendo mano donde no debía. Esa tarde, junto a la piscina, descubrió que alguien lo había estado observando y que su suerte se había acabado.
Una ráfaga de aire me levantó la falda y nadie debajo importó: yo solo buscaba unos ojos capaces de mirarme de frente, sin disimulo, y encontrarlos.
Andrés creía que el viaje los iba a reconciliar. Carmen bajó a la piscina con su bikini rojo y volvió tres horas después, sonrojada, oliendo a sal y a algo más.
Cerró el estanco antes de hora, se subió a mi moto y me abrazó por la cintura. Los dos estábamos casados, y los dos sabíamos que aquel paseo no iba a terminar en el mirador.
Tengo 55 años, un marido tranquilo y unos sueños que me dejan el cuerpo ardiendo. Esa noche, en el almacén de un restaurante, entendí que ya no podía seguir fingiendo.
Íbamos apretados como sardinas. Su mano bajó por mi cadera y yo, en lugar de apartarla, separé un poco las piernas y dejé que siguiera.
El vestido de mi hermana era tan corto que se me veía medio culo. Esa noche, manos de desconocidos y un ascensor a oscuras me enseñaron lo que de verdad me gustaba.
Después de aquella primera vez en el cuarto de servicio, sabía que ofrecerle llevarlo a su casa era solo el pretexto. La calle oscura hizo el resto.
Nunca había hecho algo así, pero esa noche el escote, la música y dos miradas insistentes me empujaron a cruzar una línea de la que no quise volver.
Abrí las cortinas a las dos de la tarde con el pelo todavía mojado y pensé que nadie en mi pueblo se atrevería a mirar hacia mi ventana al mediodía.
Salí de aquella reunión con la sangre hirviendo. Esa noche no quería jugar suave: quería destruir a los dos chicos que me esperaban de rodillas en el colchón.
Andrés creía que iban de vacaciones por carretera. Lo que no sabía era que el taxi los llevaba directo al puerto, a una fila de gente esperando para abordar.
Entró en el probador frente a mí con siete bikinis. La cortina no llegó a cerrar del todo, y a partir del tercero ella supo que la estaba mirando.
Cuando crucé la cortina con el cartel de «solo machos» no imaginaba que iba a terminar sujetando una polla mientras a su dueño se lo follaban delante.
Me puse la falda roja, los tacones y salí a bailar entre miradas incómodas. No buscaba a nadie. Pero él cruzó la pista con paso seguro y me tendió la mano.
Hacía meses que le había confesado entre besos que quería ser usado por desconocidos. Esa noche me pidió que llevara el traje de sirvienta en la mochila.