Una desconocida me hizo acabar solo con sus palabras
No la había visto nunca, no sabía su nombre, pero esa noche sus frases me tocaron más hondo de lo que nadie me había tocado en años. Y yo me dejé.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
No la había visto nunca, no sabía su nombre, pero esa noche sus frases me tocaron más hondo de lo que nadie me había tocado en años. Y yo me dejé.
El siseo venía del cuarto de mis padres, y cuando me asomé en la oscuridad ya no pude moverme. Entonces mi hermana apareció al otro lado del pasillo.
Había terminado todo el trabajo, no quedaba nadie en el piso y el calor me tenía inquieta. Esa tarde decidí jugar con fuego sobre el escritorio.
Nunca me había atrevido a verme mientras me tocaba. Esa tarde puse el teléfono frente a la cama, respiré hondo y aprendí algo nuevo sobre mi propio deseo.
Nunca pensé que un objeto tan tonto como un peine pudiera dejarme temblando, sola en mi cuarto, mordiéndome los labios para no gritar.
Pensé que sería una charla más para matar el aburrimiento. Pero cuando él empezó a escribir, cerré los ojos y dejé que sus palabras hicieran lo que ninguna mano había hecho en meses.
No había nadie en casa, ni un plan, ni una excusa. Solo yo, el sofá frente a la ventana y la idea peligrosa de dejarlo todo a la vista.
Creí que estaba solo en casa. Dejé la puerta del baño abierta, cerré los ojos y dije su nombre en voz alta sin imaginar que ella ya había vuelto.
Llevábamos toda la tarde encerrados en el cuarto y aun así él seguía despierto en el baño. La curiosidad pudo más que el sueño, y lo que vi me cambió.
Cuando sentí su erección apretada contra mi cola, supe que no iba a moverme. Y supe también que en la próxima estación, los dos íbamos a bajarnos.
Esperaba un solo juguete. Dentro de la caja había una colección entera, y Lucía supo que esa tarde, sola en el piso, nadie iba a interrumpirla.
La cerradura echada, la luz apagada y un solo dedo bastando para llevarme adonde ningún chico de mi edad supo llevarme jamás.
Marina apagó el televisor para dormir. Entonces empezaron los sonidos sobre su cabeza, y supo que esa noche no iba a pegar ojo por una razón muy distinta al cansancio.
Vi sus piernas cruzar el escenario y supe que no aguantaría la jornada entera. El deseo me llevó hasta la última puerta del baño, sola con mi propia urgencia.
Pensaban que dormía. Desde el pasillo escuché cada palabra, cada risa baja, cada cosa que decían sobre mí. Y en lugar de indignarme, me quedé quieta, escuchando.
La pared era delgada, mi cama crujía contra ella y, una mañana, encontré una nota deslizada bajo mi puerta. Alguien había estado escuchando todo.
Cerré los ojos para imaginar a un desconocido, pero cuando los abrí descubrí que media obra me observaba desde el andamio. Y no quise detenerme.
Tendía la ropa de madrugada, helada y aburrida, cuando algo en el silencio del patio me encendió por dentro y ya no quise parar.
Estaba haciendo la tarea cuando el calor entre mis piernas me distrajo. Lo que hice después con ese vaso de hielo me cambió la manera de mirarme.
Cerré los ojos buscando el sueño y lo que encontré fueron unas manos desconocidas que me sujetaban en la oscuridad y no me dejaban escapar.