El sueño del que desperté tocándome
Eran las dos de la madrugada cuando me rendí al sueño. No imaginé que algo iba a deslizarse entre mis sábanas y despertar un deseo que creía dormido.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Eran las dos de la madrugada cuando me rendí al sueño. No imaginé que algo iba a deslizarse entre mis sábanas y despertar un deseo que creía dormido.
Puse una toalla sobre la cama por si acaso, abrí las piernas y seguí las instrucciones del video. Media hora después entendí que mi cuerpo guardaba un secreto.
Llegaron en una caja sin remitente. No imaginé que esa misma noche terminaría encerrada en mi cuarto, mordiendo la almohada para que nadie me escuchara.
El reloj marcaba las tres y el sueño no llegaba. Entonces recordé aquella publicación y abrí el cajón donde escondía mi secreto mejor guardado.
Iba a esperarlo de rodillas con el conjunto nuevo puesto. Lo que no imaginé fue lo lejos que llegaría yo sola, frente al espejo, antes de que él llegara.
No fui a la playa a nadar. Fui a recordarla, centímetro por centímetro, hasta que el recuerdo se volvió tan real que el cuerpo me respondió solo.
Por primera vez en años no tenía que morderme los labios ni contener un solo gemido. La casa era mía, y mi cuerpo también, sin testigos.
Hacía diez años que nadie me tocaba con esas intenciones. Aquella tarde, boca abajo en la camilla, descubrí que mi cuerpo todavía sabía exactamente lo que quería.
Aparqué detrás de los árboles, extendí la toalla en el asiento trasero y pensé que estaba completamente solo. No imaginaba lo que vería al encender los faros.
Sé exactamente qué haces con una mano mientras sostienes el teléfono con la otra. Por eso esta carta es solo para ti, y vas a obedecer cada línea.
Su mensaje llegó antes que el café: «¿Qué me harías?». Y yo, desnudo y a medio despertar, supe que esa pregunta me iba a costar la mañana entera.
La casa entera en silencio, las llaves todavía en mi mano, y una idea cruzándome la cabeza mientras miraba la fruta sobre la mesa de la cocina.
Llegué del gimnasio prendida fuego, me desnudé frente al espejo y supe que esa ducha no iba a ser como las demás: tenía un paquete recién abierto esperándome.
Son las tres de la mañana, las sábanas rozan mi piel desnuda y tu recuerdo no me deja en paz. Te confieso lo que hago cuando no estás para hacerlo tú.
Llevo media hora escribiendo y ya no sé si las manos que recorren esa piel son las del personaje o las mías sobre mi propio cuerpo.
Apagar la luz habría sido lo sensato. Pero esa noche, en el piso nueve de un hotel vacío, lo último que yo quería era pasar desapercibida.
Apenas se cerró la puerta detrás del último invitado, supe que esa noche no iba a poder dormir hasta vaciarme entera frente al espejo.
Estoy desnuda sobre la alfombra, frente al espejo, todavía temblando del último orgasmo. Y entonces decido reproducir lo que acabo de grabar de mí misma.
Tenía la casa para mí sola, dos juguetes en el cajón y una idea que me rondaba la cabeza desde hacía semanas. Esa noche por fin iba a atreverme.
Apagué el despertador con una sola idea en la cabeza, y supe que esa ducha iba a tardar mucho más de lo que debía.