Mi domingo de lluvia a solas con mi juguete favorito
Llueve, no hay nadie en casa y la serie que puse para dormir terminó en otra cosa. Entonces recordé dónde guardaba mi juguete rojo.
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Llueve, no hay nadie en casa y la serie que puse para dormir terminó en otra cosa. Entonces recordé dónde guardaba mi juguete rojo.
Vivía justo enfrente de mí y nunca me había mirado dos veces. Esa tarde decidí que eso iba a cambiar, aunque tuviera que cruzar el pasillo sin sujetador.
Eran las diez de la mañana, estaba sola en casa y solo podía pensar en sus manos. Hoy, al fin, estaríamos a solas y necesitaba calmar lo que él había despertado en mí.
El muy cabrón había usado su propio cuerpo como inspiración, y ahora ella temblaba frente a la pantalla sin saber si lo que sentía era rabia o ganas.
Lo guardé en el bolso por las prisas, pero esa tarde lo saqué por otra razón: estaba sola, aburrida y demasiado caliente como para aguantarme.
Llevaba todo el día con la ropa interior húmeda solo de pensar en lo que me esperaba en casa. La caja seguía cerrada sobre la cama, y yo ya no aguantaba más.
Pensó en él todo el día. Ahora, bajo las sábanas y con la lluvia golpeando el cristal, su mano empieza a recorrer lo que su imaginación ya había prometido.
Nunca tuve privacidad para nada. Esa tarde, en un banco vacío y con la falda subida, entendí que por fin podía hacer exactamente lo que quisiera.
Nunca me había tocado. Esa tarde, detrás de una puerta mal cerrada, entendí por qué mi cuerpo llevaba años pidiéndome algo que yo no me atrevía a darle.
Nadie sabe lo que hago a oscuras, con la puerta cerrada y el cajón de abajo abierto. Esa noche decidí, por primera vez, dejar una prueba de todo.
Sabía la hora exacta a la que volvería. Dejé la puerta entreabierta, apagué la luz y esperé a oír sus pasos en el pasillo para empezar.
Entré a la ducha para quitarme el cansancio del día y terminé sentada en el suelo, con el chorro entre las piernas, llamándote en voz baja.
Empezó como una broma viendo vídeos en la cama. Terminó con las dos dobladas sobre el colchón, intentando algo que jamás creímos posible.
Nunca quise hacer cámara. Hasta que una noche aposté por la curiosidad y un usuario sin rostro me pidió quedarse a solas conmigo.
Buscaba algo distinto esa tarde, algo que me sacara del aburrimiento. Encontré a un desconocido dispuesto a mirarme mientras yo me dejaba mirar.
Llevaba media hora caminando cuando el calor entre mis piernas dejó de ser una idea y se volvió urgencia. El muro de cemento estaba frío; yo ardía.
Apago la lámpara, cierro los ojos y dejo que su voz al otro lado de la pared marque el ritmo de mi mano. Ya no es mía, pero todavía me corro pensando en ella.
Él no sabe que, cuando apaga su ventana del chat, yo apago la luz y dejo que mis manos hagan lo que sus manos jamás podrán hacerme desde tan lejos.
La lluvia golpeaba la ventana y la casa estaba en silencio. Tenía toda la tarde para mí, y por primera vez decidí dejar de imaginarlo para sentirlo de verdad.
Se imaginó a oscuras, con la bata abierta y unas manos desconocidas recorriéndola sin pedir permiso. Y por primera vez no quiso que pararan.