Mi marido me observó follar con otro hombre
Llevaba lencería negra y el anillo puesto. Marcos se sentó en el sillón frente a la cama. El otro hombre ya estaba en la puerta.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Llevaba lencería negra y el anillo puesto. Marcos se sentó en el sillón frente a la cama. El otro hombre ya estaba en la puerta.
Llevábamos meses con esa fantasía. Cuando el candidato no apareció, decidí ser yo el desconocido. Entré al café y me acerqué a mi esposa como si no la conociera de nada.
Sofía siempre decía que los halagos la ponían, pero que nunca haría nada. Esa tarde en la playa descubrí que el límite era más delgado de lo que creía.
Llevábamos meses hablando de esa fantasía: que alguien nos viera. Esa noche en el motel lo convertimos en un juego con reglas y sin marcha atrás.
Estaba leyendo sobre súcubos cuando una voz respondió a su pregunta desde el otro lado de la habitación. No era un sueño: la criatura ya estaba ahí.
No sabía cómo reaccionaría Marcos cuando se lo dijera. Pero con Andrés a pocos metros en esa fiesta, no pude seguir callándolo ni un segundo más.
Estaba sola en el salón cuando ella entró, arrastró su silla hasta quedar frente a mí y cruzó las piernas. —No pares —dijo. Y yo no paré.
Sofía lo llamó «el juego» y lo explicó con esa calma suya que lo hacía todo parecer normal. Nadie dijo que no. Nadie quería ser el primero en decirlo.
Sabía lo que quería hacer esa noche. Solo necesitaba oscuridad, silencio y el coraje de no ponerme límites a mí misma ni por un instante.
La puerta se abrió y Nadia me miró de arriba abajo con una sonrisa lenta. Detrás, Raquel cruzó los brazos. —Habla —dijo—. ¿Qué quieres?
Cinco años juntos y yo nunca imaginé lo que guardaba en su celular. Cuando lo vi, no me enojé. Lo dejé en la mesita y empecé a planear.
Llevábamos diez años casados y creía conocerla bien. Una noche en un motel, me confesó lo que siempre había querido, y yo decidí dárselo.
Cuando entré al cuarto vi un sillón nuevo frente a la cama. Mi marido lo había colocado esa misma tarde sin decir nada. Ahí fue cuando entendí que ya no era una fantasía: estaba pasando.
Esa noche, en una esquina oscura de la ciudad, mi mujer se bajó del auto sin ropa interior y empezó a hacerse pasar por lo que nunca había sido. Yo escuchaba todo desde el teléfono.
Aparqué en la planta más vacía del subsuelo y le pregunté si seguía segura. Asintió. Le tendí el sobre con los billetes y le pedí que solo mirara, nada más.
Cuando se apoyó en el marco de la puerta y me señaló la erección que asomaba del calzoncillo, supe que el encargo había salido mejor de lo que imaginaba.
Nadie esperaba que yo volviera tan pronto. Lo que vi en ese garaje —mi madre, sin camiseta, con los puños vendados— no podía desaprenderse.
Apreté las sábanas debajo de mí, fingiendo dormir, sabiendo que su mirada recorría mi cuerpo desde el otro lado de la puerta. Esta noche no iba a esconderme.
Cuando sacó del cajón el conjunto de encaje negro de su mujer, todavía con la etiqueta colgando, supe que esa noche no iba a salir de su casa siendo el mismo.
Cuando subí a la biblioteca a buscar unos legajos, no esperaba sentir las manos de mi hermanastro sujetándome la cintura como si tuviera derecho a hacerlo.