Mi compañero de piso me enseñó a desearlo con la boca
A los treinta años no me había besado nadie. La noche que espié a mi compañero por la rendija de su puerta, algo dentro de mí despertó por fin.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
A los treinta años no me había besado nadie. La noche que espié a mi compañero por la rendija de su puerta, algo dentro de mí despertó por fin.
El video llegó sin aviso: él, en su coche, con el semáforo en rojo y una mano que no estaba en el volante. Supe que no aguantaría hasta llegar a casa.
Nunca se había masturbado en el trabajo. Pero esa mañana, con el celular lleno de imágenes de su vecina y la puerta sin traba, descubrió cuánto la excitaba el riesgo.
Sabía que nadie me veía en aquel almacén oscuro. Solo el maniquí desnudo del rincón fue testigo de lo que hacía pensando en ella, la costurera de la falda más corta.
Compré ese juguete por puro aburrimiento. Lo que no calculé fue que el encargado del edificio terminaría sosteniéndolo entre sus manos, mirándome a los ojos.
Me quité la ropa por el calor, cerré los ojos y de pronto ella estaba ahí, con su lencería negra, sentándose sobre mí en mi propia cama vacía.
Hace cinco semanas que no apareces, y esta noche, con la casa para mí sola, decidí que no iba a esperar más para terminar lo que dejaste a medias.
Esa tarde no necesité ningún video. Bastó cerrar los ojos para viajar a un balcón donde alguien me miraba gozar y a mí dejó de importarme todo lo demás.
«Cierra la puerta con seguro y quítate la ropa», fue lo primero que escuchaste de mi voz esa noche. Lo demás dependía de cuánto quisieras obedecerme.
Llevábamos casi un año desnudándonos frente a la cámara sin conocernos. Cuando entré en la cafetería y me senté a su lado, los dos nos quedamos sin aire.
Tardó cuarenta y ocho horas en llegar. Cuarenta y ocho horas en las que cada roce de la tela contra mi piel me recordaba lo que venía en camino.
«Pon la música que te dije y empieza a desnudarte despacio. No tengas prisa: esta noche mando yo, aunque estemos a cientos de kilómetros.»
Si su verga no respondía, tomaría prestada la de otro. Bastaba con mirar a un hombre a los ojos y susurrarle la sugestión correcta para abrirse paso al lecho de su esposa.
Tardé años en entender lo que mi cuerpo me pedía. Y cuando por fin lo entendí, ya no hubo manera de volver atrás ni de conformarme con poco.
Llevaba semanas pensándolo. La caja llegó un martes cualquiera, sin remitente, y Adrián la escondió en el armario hasta que la casa quedó en silencio.
Él estaba a miles de kilómetros y yo me desperté ardiendo. Abrí la notebook, leí lo que mis lectores fantaseaban conmigo y dejé que mis manos hicieran el resto.
Volví a mi cuarto temblando, me planté desnuda frente al espejo y dejé que su recuerdo guiara cada uno de mis dedos. No pude parar hasta el final.
Al principio solo era una travesura bajo el agua caliente. Después necesitaba más, y un día, con dos desconocidos en la puerta, di la vuelta de tuerca que lo cambió todo.
Son las dos de la mañana, no puedo dormir y estoy solo. El calor aprieta, la cama me quema y mi mente empieza a vagar por nombres y cuerpos que creía olvidados.
Esa noche no pensé en nadie. Apagué la luz, me miré desnuda en la penumbra y entendí que el cuerpo que tanto había entregado a otros también podía ser solo mío.