Escuchar a los vecinos fue el mejor afrodisíaco
Primero escuchamos sus gemidos desde el piso de arriba. Después ellos escucharon los nuestros. Ninguno de los cuatro se detuvo.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Primero escuchamos sus gemidos desde el piso de arriba. Después ellos escucharon los nuestros. Ninguno de los cuatro se detuvo.
Cuando las luces del escenario la iluminaron, dejé de verla como mi amiga. Solo veía a la mujer que llevaba años deseando sin atreverme a decírselo.
Cuando le confesé mi fantasía a las tres de la mañana, pensé que era solo charla de cama. Dos semanas más tarde, me estacionó frente a un motel sin avisar y todo cambió.
Llevábamos años fantaseando. Cuando llegó el sobre lacrado con la palabra «Quimera», supe que esa noche iba a romperse algo entre nosotros, para siempre.
Cerré la heladera despacio, con una jeringa en la mano. Solo yo sabía lo que estaba a punto de hacer en esa cocina.
Esa noche, sola en mi cama, recordé su piel desnuda y el calor de sus pechos hinchados, y supe que algo dentro de mí ya no podría volver atrás jamás.
Me suscribí sin pensarlo. Era su cara, su cuerpo, su voz. Y yo, su padre, no podía apartar los ojos de la pantalla.
Cada mañana salgo de casa con un regalo específico para mamá. Ella me espera en su cama, y lo que compartimos las cuatro es algo que nadie en el barrio imaginaría.
La invitación era para cenar. Lo que nadie dijo en voz alta es que los tres queríamos que la noche terminara en algo más.
Cuando él me susurró su fantasía al oído, no imaginé que tres semanas después estaría desnuda en una sala aséptica, esperando a que ocho hombres cruzaran la puerta.
Llevaba meses fantaseando con ella. Cuando bajó del escenario y puso su boca sobre la mía, entendí que esa fantasía nunca iba a desaparecer.
Marcos era gay y yo era su mejor amiga desde los quince años. Ocho años de deseo callado, de fingir que no me ardía por dentro cada vez que contaba sus historias.
Elena llevaba ocho años con el mismo hombre. Fue al estudio de un fotógrafo para hacerse unas fotos íntimas. Lo que encontró allí no cabía en ningún álbum.
Me pasé meses evitándolo. Valentina me arrastró a su camioneta sin darme escapatoria. Él iba en el asiento del conductor, serio, sin mirarme.
Tengo veintiocho años y una lista de fantasías que casi nunca le cuento a nadie. Esta es mi confesión completa, sin filtros.
Valentina apareció con el vestido rojo y sonrió al ver las mesas de blackjack. Esa noche era la apuesta más alta del casino privado de su marido.
Ocho años escuchando sus conquistas en silencio, fingiendo que todo estaba bien. Hasta que una noche un extraño le ofreció lo que siempre había querido.
Cuatro años en el mismo despacho sin saber quiénes éramos el uno para el otro. El día que lo descubrimos, todo cambió.
Éramos dos en la cama, la luz baja, sus piernas sobre las mías. Le dije que llevaba semanas pensando en algo que no sabía cómo pedirle.
Cuando Lucía me susurró su fantasía de cumpleaños, supe que no habría vuelta atrás: quería ser subastada entre nuestros amigos más cercanos una noche entera.