El señor descubrió a su criada durante el temporal
Cuando la ventana del desván cedió ante el viento, ya no vio a la sirvienta que servía su café: vio a la mujer empapada que sostenía su mundo entero.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Cuando la ventana del desván cedió ante el viento, ya no vio a la sirvienta que servía su café: vio a la mujer empapada que sostenía su mundo entero.
Llega a las diez y media, se apoya en la marquesina y cruza las piernas. Ella no lo sabe, pero en mi cabeza ya hemos hecho todo lo que jamás nos atreveríamos.
Mi amiga creyó que veníamos a tomar el aire. Yo ya había elegido a mi presa: el moreno que jugaba con su hijo a diez metros de nosotras.
Sabía lo que habían pactado, pero ninguna palabra la preparó para lo que sentiría cuando cruzó esa puerta y la sala se cerró detrás de ella.
Llevaba horas buscando una chispa en miradas ajenas y no encontraba nada. Hasta que me decidí a cruzar el salón y poner el juego entero en sus manos.
Antes lo escondía todo. Esa noche entré a la sala sin ropa interior, con la falda corta y la certeza de que alguien iba a mirar. Y yo quería que mirara.
Cuando el tren se fue sin mí, creí que la noche estaba perdida. Entonces lo vi al otro lado del andén, inmóvil, mirándome como si me esperara desde siempre.
La bata de papel apenas me cubría. Cuando sus manos calientes bajaron por mi espalda, supe que aquella sesión no iba a terminar como yo había imaginado.
Tres horas bajo el sol, empapado de sudor, y desde la sombra del árbol vio algo en la terraza que lo dejó sin aire: ellos sabían que los miraba.
Salí de casa con un suéter que transparentaba todo y sin nada debajo. Mi novio caminaba detrás de mí, mirándome, mientras los ojos de otros me recorrían entera.
Entré al baño con la tanga puesta y salí con ella enredada en el pelo. No imaginaba que la fila para entrar a la sala sería la parte más larga de la noche.
—No tienes que creer que puedes —le dijo al oído—. Yo sí lo creo. Tu único trabajo de esta noche es rendirte y dejar que tu cuerpo obedezca.
Le serví un té para que se relajara, pero supe que el trabajo no era lo único que lo tenía tenso. Y esa noche decidí hacer algo al respecto.
Me puse la minifalda más corta solo para ver si conseguía ponerlo nervioso. No imaginé que esa misma noche él volvería a aparecer, esta vez dentro de mi cabeza.
La amiga de su mujer abrió las piernas frente a él, sonriendo, solo para mostrarle aquello que esa noche jamás iba a tocar.
El vapor borraba los rostros y los nombres. Solo quedaba el calor, su mirada fija en la mía y la certeza de que ninguno de los dos iba a detenerse.
Se levantó de la mesa, se dio vuelta y me miró de un modo que no dejaba lugar a dudas. La seguí sin pensarlo, con el corazón golpeándome el pecho.
Apoyé las manos en la pared fría, respiré hondo y entendí que al otro lado alguien esperaba el permiso invisible para empezar a tocarme.
Teníamos un pacto y una sola palabra para frenarlo todo. Pero mientras dormía boca abajo, supe que esa mañana no iba a pronunciarla.
Llevábamos años rozándonos las manos sin decir nada. Esa madrugada, en mi salón a media luz, las miradas dejaron de bastar y nadie quiso volver a fingir.