Mi padrastro me ordenó seducir a mis profesores
Toda mi vida creí que le pertenecía solo a él. La tarde que entró a la dirección y me encontró sobre el escritorio, descubrí cuánto le gustaba verme con otro.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Toda mi vida creí que le pertenecía solo a él. La tarde que entró a la dirección y me encontró sobre el escritorio, descubrí cuánto le gustaba verme con otro.
Cuando me tocó el último reto de la noche, supe que podía decir que no. Lo que nadie esperaba era que dijera que sí con esa sonrisa en los labios.
Volvía a confesarse cada semana por el mismo motivo, y callaba siempre la parte más importante: que el hombre al otro lado de la rejilla era el dueño de todos sus pecados.
Apenas solté amarras supe que aquella tarde no terminaría con un simple paseo: ella ya me miraba distinto, con esa media sonrisa que prometía mucho más.
Llevo meses repitiendo la misma escena en mi cabeza durante el trayecto de vuelta. Hoy, cuando el asiento de al lado se ocupó, casi se me corta la respiración.
Salí en bicicleta sin ropa interior, con el celular vibrando de mensajes que no debí abrir. El camino estaba vacío, pero yo me sentía observada por todos.
Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, una sombra enorme me tapaba el sol. Lo que pasó después solo existía en mi imaginación… hasta esa tarde.
Mirabas a un lado y a otro, segura de estar sola, cuando te subiste el vestido en mitad del garaje. No viste que, dos plazas más allá, alguien llevaba un rato observándote.
Llegué a casa, lancé los tacones por el aire y dejé que mi imaginación hiciera lo que jamás me atrevería a hacer en la oficina.
Tenía el corazón acelerado y la sábana empapada a los siete grados de la madrugada. El problema no era el frío: era con quién había soñado.
Hay un baño que nadie usa al fondo del aparcamiento. Llevo días imaginándote ahí, contra el espejo, mientras te describo en voz baja todo lo que pienso hacerte.
Me senté entre un hombre mayor y un chico que estaba para comérselo. Entonces el tren frenó en seco, las luces se apagaron y una mano buscó la mía.
El local estaba cerrado y tenía toda la mañana libre. El conductor lo notó antes que ella, y esa sonrisa en el espejo le hizo pensar cosas que no debía.
Compartíamos pasillo, ascensor y cafetera, pero nunca una palabra de verdad. Solo lo que cada uno imaginaba cuando el otro le daba la espalda.
El testamento decía que la fortuna de mi familia se había construido entre las piernas de mi madre. Esa misma noche entendí que ahora me tocaba a mí.
Bajé descalza a la capilla a medianoche para pedir perdón por mis sueños. No imaginé que algo me esperaba enroscado entre las sombras, listo para enseñarme lo que mi cuerpo callaba.
Tropecé con la raíz y, antes de levantarme, ella ya estaba sobre mí. Su piel fría rozó la mía y supe que esa noche no iba a salir del bosque siendo el mismo.
Pensé que el ruido entre las cajas eran ratas. Era ella, agazapada en la oscuridad, y en cuanto olió mi miedo supe que esa noche no volvería a casa siendo el mismo.
No buscaba amor ni compañía. Buscaba que la miraran, que la desearan, que la imaginaran desnuda bajo el vestido. Esa noche decidió ser puro fuego.
Convencido de que una criatura le había robado la fortuna, Damián la ató a la pata de su mesa. Lo que no esperaba era que ella le ofreciera saldar la deuda con su cuerpo.