El masaje a cuatro manos que cumplió nuestra fantasía
Tomás me regaló un masaje, pero no me contó que él aprendería a darlo junto a la masajista. Lo que pasó en esa sala superó cualquier cosa que hubiéramos fantaseado.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Tomás me regaló un masaje, pero no me contó que él aprendería a darlo junto a la masajista. Lo que pasó en esa sala superó cualquier cosa que hubiéramos fantaseado.
«Sabía que vendrías hoy», dijo ella, y entonces él entendió que aquel reencuentro casual no tenía nada de casual.
Confesar cuántas parejas habíamos tenido fue solo el principio. Lo que ella propuso esa noche, con mi sabor todavía en su boca, no se parecía a nada hablado antes.
Le mandé una foto de una cajita y cuatro palabras: «esta noche jugaré contigo». No sabía que el juguete nuevo no era para mí, sino para él.
Subí a encerrarme creyendo que nadie me había visto. Tenía los dedos entre las piernas y los ojos cerrados cuando sentí que la puerta cedía despacio a mis espaldas.
Lo humillaban cada día en el instituto, hasta que un frasco sin etiqueta le prometió fuerza. Lo que tomó esa noche lo transformó en alguien irreconocible.
Una mano desconocida me rozó la cintura justo antes de salir del bar. Bastó una pregunta al oído para que olvidara a mis amigas y siguiera a esa pareja hasta su casa.
Nunca se lo conté a mi pareja. Pero cuando cierro los ojos no soy yo quien decide: alguien entra, me sujeta y mi cuerpo deja de obedecerme.
Cuando entró y se detuvo medio segundo de más en sus pies, supe que algo en mí se había roto. Y, para mi sorpresa, no fueron celos lo primero que sentí.
Nadie sabía por qué estacionaba siempre en el mismo tramo desierto. Esa tarde, un corredor giró la cabeza hacia mi ventanilla y se dio cuenta de todo.
Sabía lo que hacía cuando me puse la bata mal cerrada. Lo que no sabía era hasta dónde dejaría que aquel desconocido me explorara esa tarde.
Llevo el tanga debajo del culotte y nadie lo sabe. Es mi secreto sobre la bici, el comienzo de la fantasía que ensayo en la cabeza una y otra vez.
Estaba embarazada, sola y caliente como nunca; cuando aquellos dos hombres se ofrecieron a acompañarme a casa, ya sabía lo que iba a dejar que ocurriera entre los tres.
Sentado en el sillón, con la llave colgando entre sus pechos, supe que esa noche por fin la vería entregarse a otro hombre mientras yo permanecía encerrado.
Empezó como una broma en el parque: «¿Te lo envuelvo para llevárnoslo a casa?». Meses después, una cámara escondida convertiría esa broma en otra cosa.
Dije que tenía mal de amor solo para que alguien me mirara. No esperaba que dos desconocidos se tomaran mi cura tan en serio… ni que yo se los permitiera.
Estaba sudada y agitada cuando me alcanzó su voz a mi espalda. No quería invitarme a cenar: quería comprarme la noche entera, y yo quise dejarme comprar.
Aquella tarde, con la casa en silencio, un roce accidental me reveló un lenguaje que mi cuerpo hablaba y que yo todavía no sabía leer.
Cumplía la mayoría de edad y el santuario entero contuvo el aliento cuando avanzó desnuda hacia el altar donde sus dos madres la esperaban, listas para iniciarla.
Cambié la canción a una más lenta, dejé que mis dedos bajaran por mi cuello, y de pronto el masaje dejó de ser solo un masaje. ¿Te animas a imaginarlo conmigo?