El placer anal que descubrí a solas en casa
El paquete llegó un martes. Lo sostuve en las manos sin abrirlo durante diez minutos, sabiendo que en cuanto lo hiciera, ya no habría vuelta atrás.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
El paquete llegó un martes. Lo sostuve en las manos sin abrirlo durante diez minutos, sabiendo que en cuanto lo hiciera, ya no habría vuelta atrás.
No era que me faltara nada. Era que nunca me había dado cuenta de lo que quería hasta que aquel chico me miró como si yo fuera lo único en el mundo.
Cuando cerré la puerta del apartamento y estuve solo por fin, las imágenes del entrenamiento se instalaron sin permiso: los hombros de Adrián, los ojos de Gonzalo, el calor del gimnasio.
Lo había intentado una vez y dolió. Esta vez me tomé mi tiempo, apagué las luces, me encerré en mi habitación y descubrí que el cuerpo sabe lo que necesita cuando se lo permites.
Cerré el portátil y todavía sentía sus manos imaginarias en mi piel, la voz grave dando órdenes que yo obedecía sin dudar. Una fantasía tan real que me dejó temblando.
Cierro los ojos y ella aparece: alta, oscura, con una polla que no me esperaba encontrar y que ahora no consigo sacarme de la cabeza.
Llevaba siglos en las sombras sin desear nada. Pero cuando me vio solo en la biblioteca, algo en ella cambió para siempre.
Llevaba meses guardando ese secreto. Pero cuando los pasos en la escalera rompieron el silencio, supe que todo había cambiado.
Le quitó la ropa interior en el mirador, con la pareja al fondo de la playa. Luego le propuso la apuesta más excitante de su vida.
Encontró el teléfono olvidado en la mesilla y tecleó el PIN sin pensarlo. Lo que leyó no era lo que esperaba, ni lo que esperaba sentir.
Llevaba dos años sin que nadie me mirara de esa forma. Y cuando Miguel lo hizo, supe que algo en mí no estaba tan dormido como creía.
No había pareja, no había prisa. Solo yo, la oscuridad y los gemidos de una cantante que desde los noventa nunca dejó de hacerme sentir algo.
Cuando nadie nos veía, él metió la mano bajo mis mallas y me propuso la apuesta más excitante que me han hecho en mi vida.
Hacía tres años que leía cada palabra suya sin darle un like, sin comentar, sin atreverme a nada. Esa madrugada algo cambió cuando su mensaje apareció.
Cada jueves tenía la casa para mí solo. Hasta que una noche los pasos en el pasillo lo cambiaron todo: no era la empleada, era mi mujer.
Cuando sus dedos ajustaron la licra entre mis labios, supe que no iba a volver a casa como había llegado. El juego apenas empezaba.
El chat de adultos era una mala idea a las cinco de la tarde. Pero cuando apareció su nombre y dijo hola con esa voz ronca, ya era demasiado tarde para cerrar la ventana.
Me puse la peluca, los tacones y las curvas postizas. No calculé que antes de que amaneciera iba a estar ladrando en un jardín con las rodillas en la tierra.
Cuando encontró el teléfono olvidado en la mesilla, pensó que sería una conversación de trabajo. No lo era. Y no pudo soltar el móvil hasta el final.
Hace años que no tengo pareja. Decidí revisar viejos vídeos en lugar de scrollear. No esperaba que ella todavía me afectara tanto.