Dejé que el agente me cacheara contra la pared
Me ordenó separar las piernas y apoyar las manos en la nuca. Lo que él tomaba por un cacheo de rutina era, en realidad, el principio de mi juego.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Me ordenó separar las piernas y apoyar las manos en la nuca. Lo que él tomaba por un cacheo de rutina era, en realidad, el principio de mi juego.
La vi entre cientos de personas y supe que iba a buscarla. Lo que pasó después, junto al mar, fue el sueño más vívido que he tenido jamás.
Estábamos solos en la montaña, o eso creía, hasta que sentí unos ojos clavados en nosotros desde la cabaña de al lado y no quise que pararan.
Llevábamos quince años juntos y creía saberlo todo de él. Entonces, una noche cualquiera, me susurró al oído algo que lo cambió todo.
Durante un año soñó con el día en que pudiera devolverle cada engaño. La noche del Día de Muertos, un amuleto de obsidiana le ofreció exactamente eso.
Desde la muerte de Tomás abracé mi lujuria sin freno, pero el paquete envuelto en terciopelo negro que llegó esa noche escondía algo que mis fantasías nunca imaginaron.
Llevaba tres semanas tragando polvo y soledad cuando el conductor me miró fijo, sin sonreír, y dijo: «Ven, mi casa». No era una invitación: era una orden, y lo seguí.
Esa noche cumpliría por primera vez el ritual: desnuda, atada al potro, con un guerrero veterano dispuesto a arrancarle el placer que pertenecía a la diosa.
Le dieron cuerda a un reloj antiguo y, al amanecer, su cuerpo ya no era el suyo. Una semana de placer robado con un precio que solo se cobra en la última noche.
Me tomó del brazo en plena calle y susurró que, si la soltaba, quizá desaparecería. No imaginé hasta dónde llegaría esa noche ni el precio que pagaría por seguirla.
Cuando entré al café y lo reconocí, supe que aquella sesión de fotos no iba a quedarse solo en fotos. Su mirada ya me había desnudado antes de que yo dijera una palabra.
Dejé el picardías colgado a la vista en el baño, calculé cada gesto y esperé a ver hasta dónde se atrevía a llegar el chico del cuarto B.
Pensé que era la recepcionista volviendo por un olvido. Era ella, con esa sonrisa que nunca significaba nada inocente, y el cerrojo girando a su espalda.
Eran las dos de la mañana, quedábamos solos en el piso 25 y ella tenía la espalda agarrotada. Lo que empezó como un favor terminó siendo otra cosa.
Bastó que se acercara demasiado para que el calor que llevábamos meses negando nos delatara a los dos. Esa noche ya no hubo forma de seguir disimulando.
Esa noche de brujas no esperaba compañía. Pero algo frío se materializó a los pies de su cama y susurró su nombre como si lo conociera de toda la muerte.
Entró sin invitación, con una sonrisa que prometía placer y escondía hambre. Esa noche, cada cuerpo que tocó dejó de ser suyo para siempre.
Diego se tocaba pensando en Nadia cuando su deseo abrió una puerta cerrada hacía mil ochocientos años. Lo que cruzó tenía hambre, y la ciudad sería su banquete.
Si pedíamos cerveza, nos despedíamos. Si pedíamos vino, nos quedábamos. Nunca imaginé hasta dónde nos llevaría esa copa que ella eligió sin dudar.
Entramos a la ducha solo para quitarnos el cansancio del día. Salimos de ahí con una idea muy distinta en la cabeza y un reto que ninguno pensaba perder.