Lo que pasó con mi amiga después del último tequila
Pensé que sería un beso de pico, inocente, para reírnos. Pero su boca se quedó en la mía más de lo debido y supe que esa noche no íbamos a dormir como amigas.
Pensé que sería un beso de pico, inocente, para reírnos. Pero su boca se quedó en la mía más de lo debido y supe que esa noche no íbamos a dormir como amigas.
La carioca se sentó entre ellos como si la noche le perteneciera. «¿Suaves o de los que rompen?», preguntó. Ninguno de los dos imaginaba lo que faltaba por descubrir.
Fui a buscar a mi marido con celos y el hombre con quien bailaba me frenó: «Déjalo, yo le di permiso». No entendí nada hasta que su cuerpo se pegó al mío.
Habíamos hablado del intercambio durante semanas por chat, pero ninguno imaginó que cruzar esa puerta tapizada de rojo nos haría olvidar de quién éramos pareja.
Mi mujer entró al círculo con una sonrisa que yo conocía bien: la de quien está a punto de convertirse en el centro de todas las miradas.
Cuando la vi arrodillada frente a él, lamiendo sin titubear, supe que nunca le contaría lo que esa boca acababa de limpiar sin darse cuenta.
Me dormí con ropa interior pensando en lo divertida que había sido la fiesta. Renata se metió bajo las sábanas, y su mano no buscó mi cintura: buscó otra cosa.
Me hice la borracha para que nos llevara a casa. No imaginé que ese sería el plan perfecto para terminar la noche de otra manera.
Abrí los ojos con la cabeza a punto de estallar. A mi lado dormía una mujer que no era solo mi esposa, y yo no recordaba absolutamente nada de cómo había llegado allí.
Cloné el teléfono de uno de ellos y leí cada mensaje del grupo. Sabían lo que planeaban para mí esa noche. Lo que no sabían era que yo también tenía un plan.
Dos pitidos, una pantalla encendida y la voz de su esposa llenando el jardín: «Todo esto que me pasa… es necesario que lo sepan todos».
Su mano bajó hasta mi entrepierna mientras los truenos cubrían lo demás. Para cuando se presentó como Lucía, ya sabía que esa semana en Alicante no iba a ser la que planeé.
Lo vi bailando con otra y algo se rompió en mí. No busqué venganza, busqué a alguien que me hiciera sentir lo que él ya no me daba.
El telón se encendió, su voz llenó los altavoces y, delante de toda la familia, ella se despidió de mí para siempre. Yo todavía no sabía quién era el otro hombre.
Todos la juzgaban por cómo terminaba cada fiesta. Esa noche alguien se ofreció a llevarla a su cuarto sin sospechar que su borrachera escondía una trampa deliciosa.
La música me vibraba en el cuerpo, sus ojos no se despegaban de mí, y supe que esa noche iba a hacer algo de lo que no me arrepentiría jamás.
Cuando el timbre sonó, pensé que mis amigas habían pedido postre. Cuatro hombres entraron en mi salón y, por primera vez en años, dejé de pensar en mi ex.
Esa noche me puse las calzas color carne, la chaquetilla dorada y la peluca de melena. No imaginé que el disfraz iba a desatar lo que desató.
Lo tenía clasificado como un colega y nada más. Hasta que esa madrugada me agarró del cuello en la puerta de la discoteca y todo lo que yo creía saber sobre mí se vino abajo.
Llevaba meses fantaseando con estar con una chica trans. Esa noche, en el asiento del copiloto, ella me susurró al oído que se había dado cuenta de cómo la miraba.