La noche que mi profesora se entregó del todo
Mientras ella conducía rumbo al chalet, su amiga abrió las piernas en el asiento trasero y empezó a tocarse fingiendo dormir, sin apartarme la mirada.
Mientras ella conducía rumbo al chalet, su amiga abrió las piernas en el asiento trasero y empezó a tocarse fingiendo dormir, sin apartarme la mirada.
Cuando levanté la copa y noté que el líquido estaba tibio, supe que aquella desconocida acababa de convertirme en su juguete favorito de la noche.
En el juego del «yo nunca» conté mis fetiches sin pensarlo. Semanas después, él montó la escena perfecta para convertirme en la más patética de los dos.
Llevaba años guardando ese deseo bajo llave. Aquella madrugada, borracho y sin defensas, dejé que se me escapara delante de la única persona que podía cumplirlo.
Cuando bajé al lobby buscando escapar de la fiesta corporativa, no esperaba al camarero que me miraría como si supiera exactamente lo que yo necesitaba esa noche.
Crucé la cortina con las manos temblando, segura de que solo quería mirar. No sabía que esa silla en el centro de la habitación me estaba esperando a mí.
Me contrataron para servir copas con minifalda y medias. No imaginé que la invitada más elegante de la noche terminaría llevándome al rincón más oscuro del jardín.
Nunca había tenido un Daddy, solo fantasías. Atada a una silla que no me dejaba moverme, descubrí lo que significaba entregar el control entero.
Crucé esa puerta sabiendo que iba a perder el control. Lo que no sabía era cuánto me gustaría suplicar por más.
Eran las cuatro de la mañana cuando sonó el timbre. Mi amigo entró con dos colegas y una chica que apenas me miró. Ninguno imaginaba cómo terminaría esa noche.
Mi amiga me prometió presentarme a su hermano para que olvidara mis problemas. No me dijo que él me espiaría mientras me ponía el bikini.
Llevaba años tocándome con la misma fantasía, y aquella tarde de festival, perdida y empapada de sudor, supe que tenía delante la única ocasión de cumplirla.
Bajé en bata a preparar el desayuno y los encontré tomando café. No imaginé que esa mañana mi marido iba a confesarme lo que de verdad quería de mí.
Frente al espejo del dormitorio descubrió que su cuerpo todavía sabía pedir. Lo que no esperaba era que alguien estuviera dispuesto a escucharlo esa misma noche.
Bajé al balcón a tomar aire y oí su risa ronca del otro lado del tabique. Entonces empezaron los primeros gemidos, y supe que no eran fingidos.
Apagó el teléfono, respiró hondo y le hizo la pregunta que llevaba media hora atascada en la garganta. Después de eso, ya no hubo forma de volver atrás.
Me acomodaron justo en la frontera entre los hombres y las mujeres. Creí que dormiría tranquila, hasta que sentí una mano deslizarse bajo la cobija.
Llevábamos meses esquivándonos en el mismo piso, fingiendo que no pasaba nada. Esa madrugada, en la cocina, ya no quedaba nadie a quien engañar.
Cuando todos se durmieron, Diego se quedó a mi lado en la cama. Decía que no sabía si le gustaban los hombres. Lo que pasó después no lo había planeado ninguno de los dos.
Era viernes y solo quería terminar la cerveza e irme a casa, hasta que una mano femenina se apoyó en mi brazo y dejó dos copas sobre la mesa.