La rubia madura que me esperaba en el baño del bar
Aún me recuerdo encima de ella en aquella cabina, con sus piercings de plata contra mi lengua y la promesa de un Uber esperándonos abajo.
Aún me recuerdo encima de ella en aquella cabina, con sus piercings de plata contra mi lengua y la promesa de un Uber esperándonos abajo.
Bajamos al salón donde varias parejas se entregaban entre ellas. Yo solo debía mirar. Pero la imagen de él entrando en otra mujer regresó por las noches.
Le di a mi marido un nombre cualquiera para nuestra fantasía: un compañero veinte años más joven. Nunca pensé que terminaría jugando con él de verdad.
Esa noche fingí que me iba con amigos. Volví a escondidas, me encerré en mi cuarto y encendí el monitor. Solo entonces empezó el verdadero espectáculo.
Bajé descalza por un vaso de agua a las tres de la mañana y los gemidos al otro lado de la puerta entreabierta me clavaron al piso.
Bajé a la cocina por hielo y él cerró la puerta a mis espaldas. Con la fiesta sonando al otro lado, supe que no iba a poder pararlo aunque quisiera.
Mateo nunca pensó que un shot de tequila sobre el escote de su amiga terminaría sacándole la verdad que llevaba años escondiendo incluso de sí mismo.
Cuando salí de la piscina sin calzoncillos, mi pareja sonrió como si lo tuviera todo previsto. La verdad es que la noche apenas empezaba y ninguno sabía hasta dónde llegaríamos.
Bajé a mi cuarto queriendo huir del ruido. Acabé con las piernas abiertas frente al espejo, mientras todos brindaban a unos metros sin sospechar nada.
El día anterior pensé que había sido una noche cualquiera. Esa mañana, cuando lo vi parado en la puerta, supe que no volvería a serlo.
Crucé la puerta equivocada en la finca y la vi de espaldas, en encaje blanco, frente al espejo. Lo que no debía mirar fue lo único que pude mirar.
Yo tenía dieciocho años y no había estado con nadie. La tía de mi madre terminó dormida a mi lado esa noche, y todo lo que creía saber sobre el deseo se rompió en silencio.
Cuando su mano se apoyó en mi cadera y me susurró «hola, bebé», pensé que era para alguna de mis amigas. Al darme vuelta, supe que esa noche no iba a terminar como esperaba.
Cuando me incliné a atarme las botas, sus ojos cayeron directo al escote. No dije nada. Le dejé mirar. Y descubrí cuánto me gustaba sentirme observada.
Llevábamos horas tomando cerveza alrededor de la pileta. Cuando entré a la casa buscando hielo, los gemidos venían de adentro y no eran de ella sola.
Quería gastarle una broma encendiendo las velas frente a la caseta. Cuando empujamos la puerta nadie reía: mi hijo estaba contra el mueble y el padre de su amigo no paraba.
Subí al tercer piso para chismear y terminé encerrada en un armario, espiando una madrugada que no debía conocer y que cambiaría todo lo que pensaba del deseo.
Cinco primos, un amigo y una sauna apartada. Aquella despedida iba a empezar en un jacuzzi con dos bocas turnándose en mi polla y terminar al amanecer.
Cuando la vi arrodillada entre los arbustos del parque, supe que esa noche revisaría su celular. Lo que encontré cambió todo lo que pensaba hacer después.
Soy periodista y odio a los políticos. Pero esa noche Adrián me susurró algo al oído junto al taxi y, sin saberlo, firmé mi sentencia de muerte.