Lo que descubrí cuando dejé entrar a otro hombre
Llevaba años practicando con mis dedos y juguetes, pero ninguno me preparó para la primera vez que sentí a otro hombre respirando en mi nuca y empujando con paciencia.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Llevaba años practicando con mis dedos y juguetes, pero ninguno me preparó para la primera vez que sentí a otro hombre respirando en mi nuca y empujando con paciencia.
Andrés siempre fue el hermano fuerte, el que traía la comida y dormía con sus novias. Hasta que una noche de abstinencia me buscó a mí en la oscuridad.
Solo iba a pedirle que bajara el volumen del porno. Nunca imaginé que esa discusión terminaría con los dos en su cama, sin nada que nos separara.
Estaba solo en casa, abrí la aplicación y un camionero rumano respondió con una foto que me sacó de la cama y me llevó hasta su tráiler.
Llegué al portal sin saber si iba a tener el valor de subir. Me llamo Esteban, tengo 48 años y arriba me esperaba una pareja a la que solo conocía por mensajes.
Dormía en su cama cuando tenía miedo. La noche que lo encontré llorando por mí, entendí que lo que sentía por mi hermano no tenía vuelta atrás.
Subí al dormitorio con un vaso de agua fresca y me lo encontré desnudo sobre la escalera. Carraspeé para avisar que estaba allí, pero él se giró sin prisa.
A las cuatro de la mañana, solo en el obrador, descubrió que el divorcio no le había despertado las ganas habituales: le había despertado otras, con nombre de vecino.
Llegué a su casa solo para ver el partido. Cuando sonó el silbato final, una mano se hundió en mis nalgas y entendí que el verdadero plan empezaba en ese momento.
Cruzó la ciudad sin más equipaje que su deseo. Cuando la puerta se abrió, supo que aquel hombre no iba a pedirle permiso para nada de lo que pasaría.
Baltasar olió la tensión en cuanto el chico le pidió que lo llevara. No buscaba charla: buscaba lo mismo que él, y los dos lo supieron sin decir una palabra.
Pensé que era una cena entre viejos amigos. No imaginé que el secreto que mi marido guardaba desde el colegio terminaría con los tres en la misma cama.
Volví a verlo en el pasillo de los vinos y el estómago me dio un vuelco. Treinta años sin saber de él y, de pronto, una invitación al bar lo cambiaba todo.
Llegué como acompañante de un colega, sin invitación propia. Tres horas después estaba encerrado en el ático con dos estrellas del porno y ninguna intención de salir.
Cuando me dijo que no había prisa, supe que esa noche iba a cambiar todo. Mauricio me miraba como un león mira a una gacela que ya dejó de correr.
Llegué con dos botellas de champán para romper el hielo, pero fue Marina quien tomó el control desde el primer beso y dejó claro que esa noche mandaba ella.
Llevaba semanas sin poder quitarme de la cabeza a aquel hombre. Un día tomé el bus, llamé a Bruno y volví a la finca sin avisarle a nadie.
Lo conocían como el viejo bonachón de la esquina, el que saludaba a todos y nunca levantaba la voz. Bastó una tarde a puerta cerrada para descubrir al hombre que de verdad era.
Ella salió a media mañana y el apartamento quedó en silencio. Solo quedamos él y yo, y lo que la noche anterior había despertado ya no se podía ignorar.
Era julio y los dos sudábamos. Llevaba poco tiempo en esto y aún tenía mucho que aprender, pero esa noche la mujer me observaba desde la silla como si yo fuera el plato principal.