El camionero que me convirtió en masajista gay
Ramiro me avisó por mensaje que decidiría en el momento si quería el final feliz. Ninguno de los dos imaginaba hasta dónde íbamos a llegar esa tarde de jueves.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Ramiro me avisó por mensaje que decidiría en el momento si quería el final feliz. Ninguno de los dos imaginaba hasta dónde íbamos a llegar esa tarde de jueves.
Esa tarde Damián tenía otros planes. En cuanto crucé el umbral me dio dos bofetadas y me ordenó cruzar el piso desnudo moviendo el culo.
Cada marca que las cuerdas dejan en mi piel me acerca un poco más al abismo. Pero es lo único que silencia su voz... la del hombre al que dejé morir.
Tomás salió de la ducha desnudo y dijo que para qué iba a vestirse si pensábamos desnudarlo igual. Esa noche en la cabaña, ninguno de los cuatro pensó en dormir.
Cris abrió la cortina del probador a medio cambiarse y yo, en lugar de retirarme, me arrodillé. Lo que pasó después marcó todo lo que vino después con Hugo.
Estábamos los dos parados frente a las cervezas, con el carrito a un lado, y bastó que dijera mi nombre con esa voz suya para que tantos años se borraran de un golpe.
Vi mi propia cara en la pantalla de su teléfono, perdida entre los pelos de su torso, y entendí que aquella tarde en el sauna no había sido tan anónima como yo creía.
Lo vi quitarse la camiseta sudada mientras subíamos los muebles al tercer piso. No imaginé que esa misma madrugada su mano buscaría la mía bajo las sábanas.
Me levanté del colchón con el culo dolorido mientras él seguía dormido. Llevaba un año esquivándolo, y esa madrugada terminé cediendo en su cama.
Cuando salió al porche sin bañador, supe que la broma que llevábamos meses esquivando se había acabado. Aquella tarde dejamos de fingir que solo éramos amigos.
Mi padre me dejó solo con su amigo en la consulta. Pensé que era un masaje más. Lo que aquellas manos hicieron conmigo no lo había sentido con ninguna chica.
Estaba caliente, solo en casa y sin ganas de masturbarme. Cuando me llegó la propuesta de una cruzada entre activos, le dije que sí casi sin pensarlo.
Bajé a la piscina a las cinco de la tarde, con resaca y la piel quemada, y un desconocido enorme se acostó en el camastro de al lado. Diez minutos después caminábamos hacia el vapor.
Cuando Don Rómulo tuvo que irse del bar, me dejó al cuidado de su amigo: un jubilado enorme que bebía whisky en silencio y al que ya le había tocado el bulto sin querer.
Cuando levantaron el confinamiento, llevaba demasiado tiempo aguantando. Salí a la calle decidido a encontrar lo que necesitaba, sin imaginar que serían tres a la vez.
Andrés se había ido diez días por trabajo. La lencería que había pedido para él llegó al sexto. Me la probé frente al espejo y supe que no podría esperarlo.
Daniel me prohibió tocarme mientras me follaba. La regla aguantó hasta la noche en que el camionero volvió antes y nos encontró en el baño.
Cuando bajé al gimnasio del hotel no esperaba terminar la noche con los nudillos hinchados y dos costillas rotas que no eran mías. Lo que vino después fue peor.
Apareció sin foto, con veintidós años en el perfil y una boca capaz de cualquier cosa. Después de la mamada me bloqueó. Pasó dos veces. A la tercera no quedaba nada que negarme.
Cuando volvió corriendo al coche, todavía pensaba dejarlo en la estación. A las tres de la mañana lo tenía pegado a mi espalda, buscándome bajo la sábana.