El chico de la biblioteca que lo cambió todo
Levanté la vista de los libros y sus ojos oscuros se clavaron en los míos. Supe en ese instante que aquel chico iba a complicarme la vida.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Levanté la vista de los libros y sus ojos oscuros se clavaron en los míos. Supe en ese instante que aquel chico iba a complicarme la vida.
Me mudé a una ciudad desconocida y el primer hombre que entró en mi piso fue también el más atractivo. Tenía novia, pero eso no le importó.
Años de amistad y yo mirando lo que nunca debí mirar. Una noche tomé una decisión que lo cambió todo entre nosotros para siempre.
Lo reconocí en cuanto habló: era el mismo de la semana anterior, el que tenía esa polla descomunal que me dejó sin caminar bien durante días.
A los 21 me creí capaz de manejar cualquier situación. Pero cuando Esteban puso sus manos en mi espalda y sentí que mi cuerpo respondía, ya no era tan seguro de nada.
A las once menos cuarto ya estaba bajando las escaleras de mi piso. Antes de salir miré por la mirilla, por si veía a alguien. El rellano estaba vacío. Mejor así.
Aquella tarde en la arena lo perdí de vista cuando me levanté a por agua. Y entonces me hablaron en la cola del chiringuito y descubrí que era él.
Pensé que solo bajaría a la oficina del subsuelo para hacer lo de siempre. Pero esa tarde, Don Ricardo tenía algo más que su mano en el bolsillo del overol.
Llevaba meses durmiendo abrazado a un consolador y al recuerdo de mi ex. Esa tarde, en una cabina de internet, encontré un anuncio que no debí haber abierto.
Andrés llevaba años pidiendo más de lo que ella podía dar. Esa noche, Lucía dejó el cuchillo en la encimera, miró a su hijo y propuso algo que ninguno olvidaría.
Llevábamos una semana de cenas con clientes y madrugadas en blanco. Yo solo quería diez minutos de ducha y mi mano. Y entonces la puerta se abrió.
Pasamos dos días sin tocarnos por el entierro. Cuando paramos en unas ruinas para descansar, ninguno pensó que esa noche acabaría con luces de baliza encima.
Cuando la puerta se abrió, todavía tenía su calzoncillo apretado contra la cara. Me miró con una sonrisa que no era de enojo, sino de algo mucho peor.
Marcos nunca decía nada sin sentido. Pero esa tarde en el bosque, cada palabra suya era una línea que me invitaba a cruzar sin vuelta atrás.
A las siete de la tarde del 31 de diciembre no quería volver al hotel a estar solo. Recordé el lugar de cabinas a tres calles y empujé la puerta sin pensarlo dos veces.
Cuando subí al taxi rumbo a las afueras todavía podía echarme atrás. No lo hice, y horas después me arrepentiría con las muñecas atadas al cabecero de su cama.
Cuando abrí la puerta del 412 pensando que estaría vacío, lo encontré desnudo en el sillón, mirándome como si supiera quién iba a entrar.
Bajé al super del bajo de mi edificio buscando café y volví con un desconocido alto, mojado por la lluvia, que decidió por mí cuál era el mejor del estante y se quedó a probarlo.
Lo había visto en los videos: era enorme, larga, imposible. Pero ningún video me había avisado lo que iba a pasar cuando lo invité a subir a mi cuarto.
Lo vi por primera vez en un concierto y supe que era problema. Era el novio de mi hermanastro, así que enterré las ganas. Dos años aguanté, hasta ese viernes.