El intérprete birmano que cruzó la línea conmigo
Cuando volvió corriendo al coche, todavía pensaba dejarlo en la estación. A las tres de la mañana lo tenía pegado a mi espalda, buscándome bajo la sábana.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Cuando volvió corriendo al coche, todavía pensaba dejarlo en la estación. A las tres de la mañana lo tenía pegado a mi espalda, buscándome bajo la sábana.
Dijo que era mi captor y no me dejaría salir de su cama. Cuando empezó a cocinar para mí, supe que el motín apenas estaba empezando.
La puerta de su dormitorio quedó abierta una sola vez. Desde mi sillón, en la oscuridad, no aparté la mirada ni un segundo de lo que hacían.
Llegué al portal con el pulso acelerado, esperando un trío. Mariana llegaba tarde. Su amigo me abrió la puerta solo, sonriendo, y nada de lo que pasó después estaba en mi cabeza.
Adrián creía que solo subía a casa de un amigo. No contaba con que Lucas estuviera despierto en el salón, ni con las ganas que llevaba toda la noche aguantando.
Tengo veintisiete años, un perfil falso para cazar heteros y la certeza de que esa noche, en una casa que olía a sudor, iba a hincarme frente a un desconocido.
Esa tarde de verano caminaba por San Telmo buscando algo que no admitía en voz alta. El locutorio de la esquina, con sus cabinas privadas, era el lugar exacto para encontrarlo.
Quería un chico que aguantara todo sin freno, así que abrí una página de escorts y el primero que respondió tenía cara de niño bueno.
Viudo, desactualizado y solo, Rodrigo solo quería airearse un sábado. No esperaba que el desconocido de la barra le propusiera algo que jamás se había planteado.
Llegué a su puerta con la depresión a cuestas y unas cervezas de más. No buscaba sexo. Buscaba a alguien que entendiera por qué ya no podía mirarme al espejo.
Una tubería rota nos obligó a dormir a los hombres juntos. Toni a un lado, yo al otro, y entre los dos, Sergio... que no dormía tan profundamente como creíamos.
Aún recuerdo el ruido del casco al dejarlo sobre mi mesa y cómo se desabrochó el cinturón sin decir nada, como si ya hubiéramos hecho aquello mil veces.
Lo había escrito sin rodeos: «Me apetece comerme una polla». No esperaba que me respondiera alguien tan nervioso, ni que después no quisiera marcharse.
Tener una verga en el culo y otra en la boca no era mi plan para un sábado. Pero entré a la sauna, crucé dos miradas y todo cambió.
No pensaba irme sin mi premio. Apagué las luces, bajé la ventanilla y esperé a que unos faros se acercaran en la oscuridad del descampado.
Tenía veintiún años, un curso desastroso a la espalda y unas ganas locas de que alguien me hiciera olvidar. Esa tarde de junio, un mensaje distinto a todos lo cambió todo.
Cruzamos el océano para celebrar nuestros veintiuno con ellos. Cuando bajamos al salón vestidos, los dos nos esperaban de pie, y entendí que nada sería como antes.
Le tendió la mano para saludarlo y, antes de soltarla, le acarició los dedos con una lentitud que no podía ser un accidente. Mateo supo que esa visita lo cambiaría todo.
Dormía en el metro, muerto de frío, cuando un hombre se me acercó y me habló de dinero fácil. No imaginé hasta dónde estaría dispuesto a llegar por un billete de vuelta.
Quería comprobar si era verdad eso de que un masaje se descontrola solo. Lo que no esperaba era que aquel oso de manos rudas me leyera el deseo desde el saludo.