Mi primo me esperó despierto en el cuarto del fondo
Crucé la calle pensando solo en dormir una siesta. No sabía que del otro lado de la puerta mi primo me estaba esperando despierto con la luz baja.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Crucé la calle pensando solo en dormir una siesta. No sabía que del otro lado de la puerta mi primo me estaba esperando despierto con la luz baja.
Marcos me dejó pasar primero, como un caballero con la sonrisa torcida. Dentro, sobre unos maderos, dos desconocidos me miraban con la mano ya en la cremallera.
Bajé las persianas, me tumbé boca abajo en el colchón y cerré los ojos para una siesta corta. Cuando oí la puerta abrirse, fingí seguir dormido sin abrirlos.
Pensé que era un peón más, pero cuando se quitó la camiseta bajo el sol de marzo entendí que ese cuerpo sudado iba a quedarse conmigo mucho después de terminada la obra.
A las tres de la tarde, con la piscina medio vacía, los vi entrar al vestuario sin secarse. Esa fue la señal que llevaba semanas esperando.
Subí a la cabina con dieciocho años recién cumplidos y un termo de café. No imaginaba que esa litera estrecha iba a ser donde mi tío Ramón me enseñaría todo lo que no sabía de mí.
Llegué a las dos de la mañana con la boca seca y una sola idea en la cabeza: que aquella noche no iba a poner ningún límite, pasara lo que pasara entre los pabellones.
Cuando todos se durmieron, Diego se quedó a mi lado en la cama. Decía que no sabía si le gustaban los hombres. Lo que pasó después no lo había planeado ninguno de los dos.
Nunca había visto a un hombre como Lamine, y desde el primer día supo que haría cualquier cosa con tal de volver a entrar en su casa.
Me tumbé desnudo en la camilla a propósito, sin taparme, solo para ver qué hacía él cuando entrara con el aceite caliente.
Cada mañana bajaba a desayunar rezando por encontrarlo otra vez en calzoncillos, fingiendo que no se me iba la mirada. Él lo sabía. Y empezó a buscarlo.
La llamaba repugnante mientras vivía algo que nadie sospechaba. Esa noche lo seguí, y lo que encontré cambió por completo el plan que teníamos para él.
Cuando me señaló y dijo «tú conmigo», supe que aquel ejercicio de pareja no iba a ser solo técnico. Su voz baja en mi oído hizo el resto.
Me llamó al caer la tarde para avisarme de que vendría tarde. Para entonces yo ya había empezado a prepararme: la peluca, el maquillaje, el plug. Solo faltaba él.
Lo vi por el retrovisor: deportivo, con un bulto marcado bajo la licra, esperando una señal mía. Subí las ventanillas y todavía dudo por qué.
Pensé que iba a matar el tiempo en una playa cualquiera mientras mi mujer trabajaba. No imaginaba que Damián e Iván me esperaban con una invitación que no supe rechazar.
Soñaba con ambos cuando sentí el peso de un cuerpo subirse a la cama. Una mano cálida me recorrió la espalda y supe, antes de abrir los ojos, que no era Mateo quien había vuelto.
Cuando abrí la puerta, tenía un lado de la cara sucio y la otra mitad limpia. Subió las cejas, sonrió y dijo que su jefe lo mandaba a hacer unos arreglos.
Me agazapé entre los pinos y vi a Bruno arrodillarse frente a un desconocido. En ese instante entendí por qué llevaba semanas evitándome.
Subí al coche pensando en mi vuelo. Cuando bajé del avión tres días después, él ya me esperaba con una propuesta que me hizo sudar antes de cerrar la puerta del auto.