Buscaba un sádico gay y encontró más de lo que pidió
Llegó al piso del hombre con la promesa de no contenerse. No sabía aún el tamaño de la polla que iba a desvirgarlo ni hasta dónde caía aquella pala.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Llegó al piso del hombre con la promesa de no contenerse. No sabía aún el tamaño de la polla que iba a desvirgarlo ni hasta dónde caía aquella pala.
Bajé al baño una noche sin electricidad convencido de estar solo en la casa. La luz de un celular iluminaba la cocina y entendí por qué los dos venían tan raros.
Tengo sesenta y tres años, soy abuelo de dos, y ahora vivo encerrado en una jaula de castidad esperando que un pibe de veinticuatro vuelva con la llave.
Por el cristal de la puerta vi cómo movía el brazo despacio, recostado en la silla, y supe que mi tarde acababa de cambiar para siempre.
Quería gastarle una broma encendiendo las velas frente a la caseta. Cuando empujamos la puerta nadie reía: mi hijo estaba contra el mueble y el padre de su amigo no paraba.
Pensé que el trayecto Valencia-Barcelona iba a ser largo y aburrido, hasta que un chico se sentó a mi lado y me escribió desde el asiento contiguo.
Tras años pidiéndole que me pusiera los cuernos, una noche en el motel me dijo que cerrara los ojos. Cuando los abrí, ya no era yo el que mandaba.
Subí en el ascensor con el recipiente bajo el brazo. Sabía qué llevaba dentro. Lo que no sabía era qué me esperaba detrás de esa puerta cerrada.
Cuando salí del baño esa tarde, lo vi sacar la mano de entre sus pantalones. Y el televisor estaba más bajo que de costumbre. No fue casualidad.
El cliente nos observaba desde la butaca mientras Heider me apretaba el cuello y Damián esperaba turno. Yo había firmado para ser la víctima esa noche.
Llevaba tres semanas sin descargar cuando entré al baño del centro comercial. La mirada en el espejo y la puerta entreabierta me cambiaron la tarde libre por completo.
Cuando su mano se apoyó en mi cadera y me susurró «hola, bebé», pensé que era para alguna de mis amigas. Al darme vuelta, supe que esa noche no iba a terminar como esperaba.
Matías me penetraba despacio mientras yo intentaba no hacer ruido. Entonces escuché la puerta abrirse y supe que ella había vuelto antes de lo previsto.
Llevábamos meses hablando por chat antes de vernos en persona. Cuando lo vi en la entrada del teatro, supe que esa noche no iba a terminar como había planeado.
Cuando se agachó a buscar en el cajón del fondo, su pantalón viejo se rajó. Yo no llevaba ropa interior. El pasillo estaba desierto.
Llevaba días con esa fantasía dando vueltas en la cabeza. Cuando Héctor apareció en la cancha vacía, supe que la noche iba a terminar de otra manera.
Tenía más de setenta años y todavía levantaba pasiones. Cuando el chico del piso de enfrente llegó a pedirle azúcar, ninguno de los dos imaginó lo que vendría después.
Cuando Rodrigo llegó con «él», tardé varios minutos en entender que ese cuerpo perfecto y esas caderas pertenecían a un hombre. Esa noche todo cambió.
Una apuesta, alcohol y años de amistad. Esa noche, Adrián y Marcos descubrieron que algunos límites no están donde uno cree.
Cuando llegué a su departamento aquella tarde de sábado, me había depilado entero y no llevaba ropa interior. Sabía exactamente a qué iba. O eso creía.