El secreto del capitán que amaba a otro hombre
Cada vez que cerraba los ojos en aquel sillón, volvía al loft del puerto, a las manos del único hombre frente al que dejaba de fingir quién era.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Cada vez que cerraba los ojos en aquel sillón, volvía al loft del puerto, a las manos del único hombre frente al que dejaba de fingir quién era.
Medianoche en la emisora desierta. Iván se inclinó para besarme y por un segundo el mundo fue sencillo, hasta que el fantasma de la otra voz volvió a interferir.
Diez minutos de espera y ahí estaba él, puntual como siempre, sin saber que yo lo miraba. Lo que no imaginé fue lo que encontré en mi felpudo a la mañana siguiente.
Vivía a doscientos metros de mí. El riesgo de cruzármelo en la panadería al día siguiente me daba miedo, pero esa tarde la calentura le ganó a todo lo demás.
Apenas lo conocía, pero el olor de su ropa tirada en el suelo me volvió loco. Y entonces, a través de la pared de piedra, empecé a oír todo lo que pasaba en su habitación.
Llevábamos siglos odiándonos y queriendo matarnos. Lo que no esperaba era acabar con su polla hasta el fondo mientras el coche se caía a pedazos debajo de nosotros.
Me desperté duro, decidí no hacerme la paja típica y me fui al cruising. Lo que no imaginaba era acabar arrodillado con tres pollas alrededor de la cara.
Arrodillado en el parque, con los ojos vendados y los pies descalzos sobre la hierba, entendí que ya no decidía nada: él tenía la llave y yo había dejado de buscarla.
Le había confesado a mi madre y a mis amigos que Luca era mi novio. Lo que no esperaba era acabar la noche dentro de un dragón de parque, mientras la tormenta tapaba nuestros gemidos.
No buscaba nada concreto cuando me senté en la barra. Pero aquel hombre de pelo cano me miraba como si ya supiera lo que yo todavía no me atrevía a admitir.
Nunca había besado a nadie. Lo confesé junto a la piscina, con los dedos hundidos en sus rizos, sin saber que esa frase iba a cambiarlo todo entre nosotros aquella noche.
Lo escribo por fin: me excita ser el putito anónimo de un hombre casado, arrodillarme sin saber su nombre y que él tampoco sepa el mío. Solo eso. Una y otra vez.
Saqué la verga fingiendo mear bajo el árbol, esperando a ver si aquel desconocido se atrevía a acercarse en la penumbra del parque.
Hace mucho que no escribía, pero esta noche el alcohol me soltó la lengua y las manos. Quiero contarles lo que hago cuando nadie me juzga.
Me anuncié como sumiso sin saber que aquel extraño me llevaría a obedecer órdenes que nunca había imaginado en voz alta, frente a la cámara y con mis padres al otro lado de la pared.
Llevaba años guardándomelo. Esa noche, escuchándolo masturbarse en la cama de al lado, supe que el encierro nos iba a empujar a cruzar una línea sin vuelta.
En el vestuario se desnudó sin pudor. Cuando vi lo que escondía entre las piernas, supe que aquella mañana iba a cambiar algo dentro de mí para siempre.
Pensé que era una broma de cumpleaños hasta que vi cómo mi hijo se mordía el labio esperando que abriera el envoltorio.
Acordé verlo por la app en veinte minutos. No imaginé que esa misma noche un desconocido iba a decidir por mí qué hacía mi cuerpo y a quién se lo entregaba.
Llevábamos seis años sin hablar cuando su mensaje apareció en mi pantalla. Aquella tienda de campaña, esa cobija compartida, todavía me hace temblar.