El profesor irlandés que conocí en Nochevieja
Yo no esperaba mucho de aquella aplicación esa noche, pero su perfil apareció a doscientos metros y, sin saber por qué, fui yo quien dio el primer paso.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Yo no esperaba mucho de aquella aplicación esa noche, pero su perfil apareció a doscientos metros y, sin saber por qué, fui yo quien dio el primer paso.
Tenía veintidós años y nunca había estado con otro hombre. Cuando empujé la puerta entornada del 5B, supe que esa noche no iba a salir el mismo que había entrado.
Después de aquella primera vez en el cuarto de servicio, sabía que ofrecerle llevarlo a su casa era solo el pretexto. La calle oscura hizo el resto.
Siempre había reprimido ese deseo. Pero esa tarde, frente al espejo y con el maquillaje puesto, dejé de pelear contra la mujer que quería ser.
Salió de la ducha con la toalla a la cintura, como cada tarde. Pero esa mirada de su vecino no era la de siempre, y lo supo antes de que abriera la boca.
Lo esperó en el descansillo sin saber muy bien qué hacía allí. Solo sabía que, después de la noche anterior, ya no podía fingir que aquello había sido un accidente.
La camisa seguía tirada en el rincón, justo donde la había dejado. Cuando Iván cruzó la puerta supo, por la forma en que su amo lo miraba, que esta vez no se iba a librar tan fácil.
Cuando sonó el timbre, Babacar le ordenó abrir la puerta vestido solo con aquella tanga ridícula. El amigo entró sonriendo, y Tomás supo que esa noche no se pertenecía.
Sabía que iban a hacerme lo mismo que a ellos. Lo que no sabían era que mi rendición era la última pieza que el ritual necesitaba para despertar.
Bruno me dejaba arrodillarme frente a él, pero jamás me besaba: decía que eso no se hacía con cualquiera. Yo solo quería dejar de ser un cualquiera para alguien.
Salí de aquella reunión con la sangre hirviendo. Esa noche no quería jugar suave: quería destruir a los dos chicos que me esperaban de rodillas en el colchón.
El camión quedó varado en la fábrica hasta el día siguiente, y aquella tarde de cervezas terminó destapando lo que ninguno de los dos había contado jamás.
Cuando empujé la puerta, esperaba encontrarlo a él solo, como siempre. En su lugar, había otro tipo desnudo en el sillón, cerveza en mano y una sonrisa de bienvenida.
Cuando entró por la puerta supe que algo había cambiado: tenía esa sonrisa de quien acaba de descubrir que no es el único con un secreto guardado en casa.
Cuando Bruno vio a Karim con su túnica blanca y los bordados dorados, se le quedó la boca abierta. Adrián sonrió: sabía que esa tarde nadie se iba a comportar.
Andrés creía que iban de vacaciones por carretera. Lo que no sabía era que el taxi los llevaba directo al puerto, a una fila de gente esperando para abordar.
Llegué a las nueve, con la mochila al hombro y los nervios en la garganta. La casa estaba arriba del cerro, y nadie sabía que yo subía hasta allá esa noche.
Llevábamos meses follando con la regla de que él era hetero. Esa noche, con mi plan en pausa, me miró callado y supe que algo estaba a punto de romperse.
Adrián medía cada gesto conmigo, como si supiera algo que yo no sabía. Tardé en descubrir que el chico al que besaba ya tenía la maleta lista y una vida esperándolo en otra ciudad.
El último mensaje de Saúl había llegado siete días antes: «A las seis, no faltes». Y a las seis en punto subí, con el pulso en la garganta y el cuerpo decidido antes que la cabeza.