Lo que hacíamos detrás de la fragua del herrero
El herrero había salido a ver al conde. Solo necesitábamos unos minutos detrás de la leñera para olvidar que el mundo entero condenaba lo nuestro.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
El herrero había salido a ver al conde. Solo necesitábamos unos minutos detrás de la leñera para olvidar que el mundo entero condenaba lo nuestro.
Le tendió un maillot nuevo, idéntico al suyo, y le dijo que solo tenía que dejarse hacer. Cruzar esa puerta cambiaría para siempre lo que creía desear.
Mi madre quería tranquilidad; yo solo quería que algo pasara. Y aquella tarde, entre las rocas, cuatro miradas se clavaron en mí y supe que el verano no iba a ser tranquilo.
Estaba solo, tomando el último sol de la tarde, cuando aquel joven salió del agua y se sentó demasiado cerca. Su pregunta no buscaba un cigarrillo.
Cuando crucé la cortina con el cartel de «solo machos» no imaginaba que iba a terminar sujetando una polla mientras a su dueño se lo follaban delante.
Tenía veintidós años y una app llena de mensajes, pero solo una verga me interesó esa madrugada. Bajé al estacionamiento sin decirle mi nombre y sin pensar en volver atrás.
Pensé que sería una sola tarde y un solo desconocido. No imaginé que cada uno me enseñaría algo distinto, ni que el tercero me dejaría sin voz durante dos días.
Hacía meses que le había confesado entre besos que quería ser usado por desconocidos. Esa noche me pidió que llevara el traje de sirvienta en la mochila.
Toda mi vida fui hetero. Hasta que una tarde mi hijo cruzó el salón y no pude apartar los ojos de su entrepierna. Esa noche supe que ya no iba a poder pararlo.
La app marcó su ubicación a cuatro edificios de la mía. Bajo las bermudas, el bikini blanco de mi hermana. Una hora, su marido en el bar, la puerta abierta.
Aquella noche, cabeza con pies en la cama de plaza y media, mi mano subió por su muslo y la de él por el mío. Veinte años después aún no terminamos lo que empezamos.
Aparcamos en aquella obra abandonada y, sin decir palabra, su mano se apoyó en mi muslo. Su mirada lo decía todo, y yo supe que ya no había vuelta atrás.
Su familia cenaba en la mesa grande mientras él me cogía en el establo, con un ritmo desesperado, como si pudieran entrar en cualquier momento.
Cuatro días solo en la capital por trabajo. La segunda tarde, aburrido y con la laptop encima, abrí el chat sin imaginar lo que iba a tocar mi puerta.
Aparqué frente a la casa con las manos sudando. Era mi primera sesión con cliente desnudo y aún no sabía que terminaría con dos hombres encima.
Salí de la ducha envuelto en una toalla, sabiendo que mi padre estaba solo. Esa noche quería ver hasta dónde se atrevía sin alcohol de por medio.
Abriste los ojos y el techo no era el tuyo. Tu mano bajó al pecho y encontró músculos que no recordabas. Algo dentro de ti ya había decidido lo que harías esa noche.
Cuando abrí la puerta del probador, no estaba vacío. Él me había seguido desde la planta baja y se había escondido dentro para esperarme con una sonrisa que ya conocía.
Tres dedos suyos buscaban donde más quería yo sentirlos, mientras le entregaba la boca a un desconocido que ni siquiera sabía mi nombre real.
Me hacía despertar a una hora exacta sin alarma, solo con sus palabras metidas en mi cabeza. Y yo obedecía, mientras mi novio roncaba a mi lado.