Subí a avisarle de la gotera y su hijo gay me sedujo
Cuando la toalla resbaló, el chico seguía sentado, mirándome a los ojos con una sonrisa que no tenía nada de inocente. Y entonces estiró la mano hacia mí.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Cuando la toalla resbaló, el chico seguía sentado, mirándome a los ojos con una sonrisa que no tenía nada de inocente. Y entonces estiró la mano hacia mí.
Vivía a tres portales del mío y solo quería ver porno y tocarnos. Lo que descubrí de él esa tarde lo cambió todo entre nosotros.
Esa noche me puse las calzas color carne, la chaquetilla dorada y la peluca de melena. No imaginé que el disfraz iba a desatar lo que desató.
Aquella mañana se despertó coqueto consigo mismo. Subió la colina con sus ovejas, se quitó la camiseta bajo el árbol y empezó a tocarse, sin saber que alguien lo miraba.
Desperté empapado y su mensaje ya brillaba en la pantalla: no se le ocurra borrar nada. Llevaba sus calzoncillos puestos y él todavía no había terminado conmigo.
Tenía las manos sudadas y el corazón disparado cuando él dejó el mando, cambió lo que había en la pantalla y, sin decir una palabra, me miró esperando que yo diera el primer paso.
El amanecer encontró sus cuerpos desnudos sobre las sábanas revueltas. Mateo abrió los ojos y trató de reconstruir, hora por hora, cómo aquel desconocido había llegado a su cama.
Iba a la playa a celebrar mi cumpleaños cuando los faros de un camión me alumbraron en la gasolinera vacía. El conductor bajó la ventanilla y todo lo demás dejó de importar.
Querido diario, todavía no sé cómo pasó. Solo sé que entré en su habitación a echarle una mano y salí siendo otro, con su sabor aún en la boca.
Creí que mis dos amigos me esperaban en mi cuarto para cobrarse la apuesta. Al salir del baño, en mi cama había alguien que no esperaba ver desnudo otra vez.
Nunca imaginé que una revisión médica rutinaria terminaría con tres desconocidos compartiendo algo que los tres creíamos perdido para siempre.
Por primera vez en seis años apagaron los teléfonos. Tres días en mitad de la nada para descubrir si lo suyo podía sobrevivir a la luz del día.
Lo tenía clasificado como un colega y nada más. Hasta que esa madrugada me agarró del cuello en la puerta de la discoteca y todo lo que yo creía saber sobre mí se vino abajo.
Salí del gimnasio sin ducharme, tal como él me lo había pedido. Esa tarde descubrí que obedecer a otro hombre podía darme más placer que mandar.
Todo empezó con una paja entre colegas viendo una peli. Y cada vez que jura que no fue nada, la siguiente confesión lo desmiente un poco más.
Llevaba una hora moviéndome por la barra, lanzando miradas de «no me mires» que en realidad gritaban «cómeme». Buscaba machos de verdad, de los que huelen a gasoil.
Lo que iba a ser un almuerzo cualquiera con un desconocido de internet terminó conmigo en su cama, mordiendo la almohada para no gritar.
Cuando la puerta se abrió, esperaba ver a mi amigo. Era su hermano, y por cómo me miró supe que esa noche no iba a dormir.
Salí del vestuario sin ducharme, oliendo a tigre, sin imaginar que aquella noche dos compañeros de equipo me arrastrarían a algo que jamás creí desear.
Cada vez que cerraba los ojos en aquel sillón, volvía al loft del puerto, a las manos del único hombre frente al que dejaba de fingir quién era.