Aquel hola que me entregó a su dominio
Acepté ir a tomar un café con el novio de mi amiga. Cuando abrió la puerta de aquella habitación, entendí que no había ningún café esperándome.
Acepté ir a tomar un café con el novio de mi amiga. Cuando abrió la puerta de aquella habitación, entendí que no había ningún café esperándome.
Pensé que vendría por un problema común. En cambio, se sentó frente a mí, bajó la mirada y empezó a contarme algo que llevaba años escondiendo de todos.
Cuando salió de la ducha y lo vio esperándola con el encaje negro puesto, Bianca sonrió: sabía exactamente lo que iba a pasar esa noche.
Llevaba treinta años cerrando proyectos para la empresa. En mi viaje de despedida no imaginé que quien viajaba a mi lado iba a despedirme de otra forma.
Llevaba toda la noche insatisfecha cuando sonó el teléfono. Era él, y lo que propuso me hizo decir que sí antes de terminar mi café.
Llevábamos años de vecinos y apenas un «hola» de pasillo. Esa noche, cuando le puse mi suéter sobre los hombros, supe que ya no íbamos a fingir.
Me deslizó un papelito en la mano al levantar el plato. Lo leí en la habitación: era su número. Y supe que esa noche no iba a quedarme sola.
Nunca lo he hecho, pero conozco cada detalle: el café, el ascensor, sus manos. Esta es la fantasía que se repite y que nunca me animo a contar en voz alta.
A las seis de la mañana, con un plato de tacos en la mano, decidí sentarme en la mesa de dos desconocidos que llevaban un rato mirándome.
Cerró la puerta del cuarto con toda mi ropa en las manos y me dejó de rodillas, desnuda, con una sola orden: «Te espero en el auto».
Estaba sudada y agitada cuando me alcanzó su voz a mi espalda. No quería invitarme a cenar: quería comprarme la noche entera, y yo quise dejarme comprar.
«Quiero que le des lo que mi madre nunca tuvo», me dijo con una sonrisa. Y yo, que ya había visto a esa mujer madura, supe que no iba a decir que no.
Llevaba casi dos años sin tocar a nadie cuando la vi bajar del minibús con esa sonrisa. Me prometí que, antes de volar de regreso, esa boca iba a ser mía.
—Marina, no te lo vas a creer: entré a hacer la habitación y había una pareja en la cama. Y yo me quedé mirando desde la puerta, sin poder moverme.
Aprendí muy temprano que mi cuerpo valía más que cualquier título. Lo que ninguno de ellos supo es que jamás sentí nada mientras me pagaban.
Me puse el delantal blanco y la cofia, me maquillé como una golfa y lo llamé para avisarle que la habitación ya estaba lista. El resto lo teníamos ensayado de memoria.
Acababa de salir de la ducha cuando vi su mensaje en la pantalla. No era lo que buscaba, pero su foto me hizo cambiar de planes esa misma tarde.
Cuando puso mi mano sobre su entrepierna mientras conducía, supe que ya no había vuelta atrás. Esa noche dejé de fingir y me entregué por completo.
Bajé al jardín a buscarla y la encontré tras el cristal, sentada en la silla, con su asistente besándole los párpados como si yo no existiera.
Pedí el cuarto y apagué las luces para dejarme consentir como nunca. Hasta que mi mano buscó entre sus piernas y encontró algo que jamás había imaginado.