Mi mejor amigo me pidió que sedujera a su novia
—Necesito que te acuestes con mi prometida —me dijo, tan tranquilo como si pidiera la hora. Y yo aún no sabía que el viaje iba a cambiarme más a mí que a ellos.
—Necesito que te acuestes con mi prometida —me dijo, tan tranquilo como si pidiera la hora. Y yo aún no sabía que el viaje iba a cambiarme más a mí que a ellos.
Le había prometido a Daniel que jamás miraría a otro hombre. Y sin embargo, cuando él cerró la puerta de aquella habitación, fui yo quien dio el primer paso.
Nunca imaginé que sería yo quien empujara a mi mujer hacia otro hombre, pero ahí estaba, leyendo cada correo con el pulso acelerado y la boca seca.
Ella diseccionaba mentes ajenas para vivir; él también. Bastó compartir una mesa para que los dos dejaran de fingir que solo buscaban conversación.
Hacía casi treinta años que la conocía. Fue mi novia, mi amor imposible, la madrina de mi hija. Esa noche entró al baño envuelta en una toalla y la dejó caer.
Sebastián le pidió que lo rompiera todo. Lo único que se rompió fue la promesa que le había hecho, en la cama de un desconocido que olía a triunfo.
Ella me dijo «desconfía de mi marido» y yo me reí. Tres meses después, mi mujer entró en mi despacho incapaz de mirarme a los ojos.
Acepté el masaje por curiosidad y por el calor de sus manos. Lo que no imaginé fue todo lo que estaría dispuesta a pagar antes de que sonara su alarma.
Bajé a la alberca en ropa interior solo para provocarlo. No imaginé que esa misma noche terminaría suplicándole que no parara dentro de mí.
Llevaba meses viéndola con suéter y lentes detrás del monitor. Esa noche, con un vestido vino y una copa de más, me miró de una forma que lo cambió todo.
Cuando los dejé solos en el bar del hotel solo quería darles intimidad. No imaginé que ella subiría con otro hombre y yo me quedaría esperando abajo.
Aceptó el trabajo para huir de una relación apagada. Lo que no imaginó fue que aquel jefe arrogante escondiera a un hombre capaz de dejarla sin aire.
Aquella mañana abrí el sobre esperando un número de teléfono. Encontré diez mil euros y una nota de tres palabras que me rompió por completo.
Reservamos el hotel para descansar, pero lo que llevaba en la mochila tenía otros planes para esa noche de frío y lluvia.
Llevaba años dando masajes a desconocidos, pero ninguno me había hecho temblar así sobre la camilla, esperando que fuera él quien suplicara primero.
Cuando mi madre abrió la puerta y vi quién entraba a cenar, se me heló la sangre: era el hombre con el que me acostaba a escondidas desde hacía dos meses.
Lo que empezó como un masaje pagado en un hotelito de pueblo se convirtió en algo que mi amiga y yo juramos no contarle nunca a nadie.
Frené la bici, le arreglé la cadena y seguí a mi oficina sin saber que esa desconocida iba a costarme el empleo... y a darme mucho más que un mal día.
Entré a ese hotel solo para secarme la ropa. Salí varias horas después, con las piernas flojas y un secreto que cargo desde entonces.
Nunca pensé que sería capaz de algo así, pero el ultimátum del banco estaba sobre la mesa y solo se me ocurrió una salida que ninguno de los dos olvidaría.