Cómo lo fui preparando para mi juego de dominación
Empezó con una orden frente al espejo y terminó de rodillas, abriendo las piernas y pidiéndome que lo llevara mucho más lejos.
Empezó con una orden frente al espejo y terminó de rodillas, abriendo las piernas y pidiéndome que lo llevara mucho más lejos.
Se ajustó las cuñas, me miró por el espejo y dijo que esa noche pensaba dejarse llevar. No imaginé hasta dónde, ni cuánto me gustaría mirar.
Bajé del avión buscando silencio y calas vírgenes; en recepción me dijeron que solo quedaba una suite, con una cama enorme, y que tendría que compartirla con él.
Cuando bajé las escaleras del bar, supe que aquel hombre me miraba sin disimulo. Y lo peor era que yo, con cada paso, quería que mirara más.
Nunca había salido así a la calle. El corazón me golpeaba el pecho cuando aquel coche frenó a mi lado y bajó la ventanilla: tenía edad para ser mi padre.
Se fueron las tres solas, con las maletas llenas de bikinis diminutos y una sola intención. Mi mujer me dijo que mejor me lo contaba a la vuelta. Y vaya si me lo contó.
Llevaba años fingiendo en la cama de mi marido. Esa noche de fiesta, un chico al que doblaba la edad me susurró un bolero al oído y todo lo que creía dormido en mí despertó de golpe.
De día revisaba habitaciones y horarios con una sonrisa amable. De noche, esa misma sonrisa significaba algo muy distinto para quien le abriera la puerta.
Llevaba años cobrando por mi tiempo, pero esa madrugada, con él dentro de mí y su boca pegada a mi oído, hice algo que no había hecho jamás: olvidarme del dinero.
Llevaba un mes de sequía y me había arreglado como una diosa para él. Lo que no imaginé es que el hombre que cruzó esa puerta jamás iba a tocarme.
Solo quería tomar algo y conocerlo. Cuando llegué a la habitación 308, entendí demasiado tarde que él tenía otros planes para esa tarde.
Toqué la puerta del baño con el corazón a mil. Sabía que solo iba a mirar. También sabía que me estaba mintiendo a mí misma.
Aburrida en casa, acepté tomar algo con él. No conté con que esa cerveza terminaría conmigo de rodillas y, después, en su habitación de hotel.
Llevábamos años fantaseando con ello en voz baja. Aquella tarde, en la cabaña, mi mujer me ató las muñecas al cabecero y me dijo que tenía una sorpresa.
El macho que prometía dejarnos rendidas no apareció. Estábamos las dos solas en el motel, vestidas, calientes y con toda la tarde por delante.
Nunca pensé que aquel defensor gigante al que mi padre insultaba desde la tribuna terminaría compartiendo conmigo la noche más intensa de mi vida.
Bea lo organizó todo al milímetro: la casa, la playa nudista, el restaurante. Lo que pasó esa madrugada en el club fue idea de mi mujer.
Ella ponía las reglas: nada de forros, nada de sentimientos y nada de preguntas. Yo apenas tenía veintiuno y ella me dejó claro que tenía mucho que enseñarme.
La reconocí entre las góndolas del supermercado: más llena, más segura, con esa mirada de quien todavía recuerda lo que pasó entre nosotros en aquella aula vacía.
Cuando el inversor pidió una hora a solas con ella, su jefe ni parpadeó. Sonrió, levantó la copa y respondió: «Hecho. Pero yo participo».