Salí a la avenida de noche a buscar lo que me faltaba
Llevaba meses sola, con un consolador y mi imaginación. Esa noche me puse el vestido rojo, me maquillé y salí a la avenida a buscar algo de verdad.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Llevaba meses sola, con un consolador y mi imaginación. Esa noche me puse el vestido rojo, me maquillé y salí a la avenida a buscar algo de verdad.
Mi novio llevaba años rogándome eso que me daba terror. Le juré que sería suyo en Navidad, sin saber que un amante mayor ya me estaba preparando.
Bastó una mirada de Renata para que entendiera: lo había visto todo la tarde anterior y ahora quería su parte, sin posibilidad de negarse.
Habíamos bromeado con la idea después de la película. Una semana después, mi mujer me dejó un audio a la una de la mañana y el cuarto olía a otro hombre.
Cuando bajó la voz para decirme que se habían acostado, sentí cómo todo lo que creía saber sobre mi matrimonio se rompía contra el suelo del pasillo.
Cuando vi que la camioneta se alejaba por el camino, mi cuerpo empezó a latir distinto. Sabía exactamente lo que iba a pasar apenas él y yo nos quedáramos solos en esa casa.
Su mensaje vibró en mi delantal mientras servía mesas. Tres palabras, una pregunta y la certeza de que aquella tarde nada volvería a ser igual.
Cuando llamó a mi puerta a medianoche supe que había vuelto a mentirle a su mujer. Y supe, también, que esa noche iba a ser solo mía.
Marina llevaba meses insistiendo. Yo la frenaba, riéndome, hasta que esa tarde de probadores se cerró la cortina y la risa se me secó en la boca.
Lo vi quitarse la camiseta sudada mientras subíamos los muebles al tercer piso. No imaginé que esa misma madrugada su mano buscaría la mía bajo las sábanas.
Mi marido llevaba toda la semana de viaje y yo aún cargaba con la culpa de la vez anterior. Entonces aquel hombre de la fila me sonrió como si lo supiera todo.
La libreta del fiado no daba para más, mi marido miraba la tele y el almacenero me miraba a mí desde el otro lado del mostrador con esos ojos azules que parecían desnudarme.
Cuando Sofía me invitó a pasar agosto en la casa frente al mar, no imaginé que el regalo de cumpleaños vendría envuelto en seda negra y oliendo al perfume de su madre.
Llevaba una semana contando las horas. El sábado por fin llegó, dejé a mi mujer en el aeropuerto y conduje directo hacia el piso de su hermana.
Lucía me miró desde la cama recién estrenada y me dijo que al día siguiente, en la piscina, se pondría el bikini que es casi un hilo. No supe decirle que no.
Entro al chat para distraerme, nada más. Pero ese señor de voz pausada y casi treinta años más que yo despertó una curiosidad que terminó conmigo desnuda sobre él.
Cuando le acerqué la segunda copa, sus dedos rozaron los míos más de la cuenta. El anillo de casada le pesaba demasiado para resultar inocente.
La encontré llorando en la cocina, con el teléfono aún en la mano y la voz de su marido resonando. Solo quería consolarla; juro que lo demás no estaba en mis planes.
Llevaba toda la noche mirándome el culo desde la barra. Cuando me propuso la apuesta, supe que iba a perderla a propósito.
Hacía meses que su marido no la tocaba. Cuando el viejo del fondo le ofreció refrescarse en su piscina, ella supo lo que pasaría, y aun así empujó la reja.