Lo que hacía con mi vecino mientras mi marido viajaba
Cuando me regaló la rosa y me besó casi en los labios fingiendo equivocarse, supe que al día siguiente, apenas mi marido cruzara la puerta, lo iba a hacer pasar.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Cuando me regaló la rosa y me besó casi en los labios fingiendo equivocarse, supe que al día siguiente, apenas mi marido cruzara la puerta, lo iba a hacer pasar.
Esa noche de tormenta volví empapada y abrí sin avisar la puerta del cuarto: lo que vi sobre nuestra cama me cambió la cabeza más que cualquier reclamo posible.
Tenía veinte años y un novio que me esperaba en casa. Aquella tarde de calor, junto a la piscina, descubrí cuánto puede arder el cuerpo cuando una decide dejarse llevar.
Llegué cansada del velero y solo quería dormir. Nunca imaginé que esa noche, detrás de un antifaz de flores, dejaría de ser la esposa fiel que siempre fui.
Se agachó para mostrarme sus pulseras y su mirada bajó hasta mi pecho. En ese instante supe que no me marcharía de aquella playa siendo la misma mujer.
Aún tenía el sabor de otro hombre en la boca cuando entendí que esa noche no iba a detenerme, aunque mi hermana estuviera en la habitación de al lado.
Eran las tres de la madrugada, estábamos los cuatro desnudos en el agua caliente, y entonces empezaron a contar lo que de verdad pensaban de nosotras.
Carolina estaba al borde del colapso por la frustración acumulada. Yo conocía a cinco hombres capaces de arreglarlo, y esa noche decidí presentárselos a todos a la vez.
Acepté su dinero sin imaginar cómo querría que se lo devolviera. Cuando llegó esa noche con vino y esa sonrisa tranquila, supe que ya no había vuelta atrás.
Nunca supe qué fue primero: las ganas de mi marido de verme con otros, o las mías de probar algo que no cabía en nuestra cama. Aquella noche dejé de fingir.
Salí del restaurante con él rumbo al motel. Mi marido me esperaba en casa, pero esa noche le debía a mi jefe una despedida muy distinta.
Empezó con un amante en secreto y terminó con mi marido arrodillado en lencería. Lo que nunca supe es quién había planeado todo desde el principio.
Nunca había caminado en tacones ni sentido la seda de una tanga contra la piel. Esa noche aprendí las dos cosas, y el hombre que me esperaba en la limusina pensaba enseñarme mucho más.
Pensé que solo iban a apartar la nieve y se irían con un chocolate caliente. Pero cuando cerré la puerta del salón, sus miradas me dejaron claro que la tarde no había terminado.
Le confesé la fantasía a las once y media de la noche. A las dos de la mañana ya teníamos cita cerrada y yo estaba más asustado que ella.
Cuando rechacé a Nuria por respeto a mi novia, ella encendió el portátil y abrió una videollamada. Al otro lado estaba Marina, sonriendo. «Fue idea mía», dijo.
Cuando el último compañero cerró la puerta, supe que esa noche no volvería a casa siendo la misma mujer. Él me miró y yo ya estaba temblando.
Le tocó el mecánico que había estado mirando desde la cola. Cuando le pasó su teléfono «por si el coche daba problemas», los dos sabían que el coche era lo de menos.
Cuando vi a mi hermana cruzar el restaurante con ese balanceo nuevo, supe que el juego que había inventado para excitar a mi amante había dejado de ser un juego para mí.
Llevaba toda la tarde notando cómo me miraba desde la otra mesa, y por primera vez en años decidí no apartar la vista.