Bajé al piso de mi vecina mientras su marido dormía
La llave seguía calentándome el bolsillo desde la noche anterior. Sabía que ella estaría despierta, esperándome, con la bata abierta y la cafetera al fuego.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
La llave seguía calentándome el bolsillo desde la noche anterior. Sabía que ella estaría despierta, esperándome, con la bata abierta y la cafetera al fuego.
Faltaban dos horas para el sí, quise robarle un último beso de novios y crucé el bosque hasta su cabaña. La ventana trasera me mostró algo que jamás olvidaría.
Cuando sonó el teléfono fijo aquella tarde, jamás pensé que esa llamada me llevaría a un hotel del centro, a dos hombres deseándome y a una versión de mí que no conocía.
Cuando me abrió la puerta con esa bata corta y el camisón translúcido debajo, supe que la tarde no iba a tratarse solo de instalar un televisor.
Nos quedamos solas en la oficina a las siete. A las diez Camila estaba apoyada contra una estantería del archivo y yo ya no podía pensar en el cliente.
Ayer me acosté con mi exmujer, y fue de lejos lo más sensato que hice en toda la semana. Lo que pasó los otros cuatro días no debería contarlo, pero aquí estoy.
Llegué decidida a portarme bien. Cuando bajaron las luces y el cuerpo de aquel desconocido empezó a moverse entre nosotras, supe que algo iba a salirse de cauce.
El otro lado de la cama estaba intacto y, sobre el frutero, un sobre con mi nombre y la letra cuadrada de mi marido.
Llevaba el vestido amarillo más ceñido de su armario y la cabeza llena de argumentos contra esa mujer. Una hora después, ya no sabía si la odiaba o la deseaba.
Carla me confesó su fantasía más oscura en un susurro, y semanas después la vi de rodillas frente al hombre que los dos habíamos elegido sin decirlo en voz alta.
Estaba casado y solo en la verbena cuando aparecieron mis dos ex la misma noche. Primero se odiaron. Después decidieron compartirme hasta el amanecer.
Cuando abrí la caja y encontré el encaje negro y la máscara con la pluma, pensé que era un capricho de Andrés. Faltarían meses para que entendiera quién la había elegido en realidad.
«Si te quedas, te quedas para jugar», dijo él mirando a mi amiga. Yo solo quería tenerlo para mí, pero una parte oscura quería ver hasta dónde llegaba ella.
Cuando bajé del avión a las dos de la mañana, no imaginaba que dormiría bajo el mismo techo que ella. Solo sabía que mi hermano había muerto y que yo estaba demasiado solo.
Llevaba años convenciéndose de que el deseo era cosa del pasado, hasta que aceptó una invitación que no debía aceptar y unas manos desconocidas le recordaron quién era.
Llevaba ocho años de matrimonio cómodo y vacío cuando aquel hombre le sonrió entre las góndolas. No imaginó que esa sonrisa la dejaría sin marido, sin amante y, por fin, frente a sí misma.
Llevaba meses sola, con un consolador y mi imaginación. Esa noche me puse el vestido rojo, me maquillé y salí a la avenida a buscar algo de verdad.
Mi novio llevaba años rogándome eso que me daba terror. Le juré que sería suyo en Navidad, sin saber que un amante mayor ya me estaba preparando.
Bastó una mirada de Renata para que entendiera: lo había visto todo la tarde anterior y ahora quería su parte, sin posibilidad de negarse.
Habíamos bromeado con la idea después de la película. Una semana después, mi mujer me dejó un audio a la una de la mañana y el cuarto olía a otro hombre.