La cámara que volvió a encenderme después de años
Habían pasado ocho años desde la última vez que me desnudé frente a esa cámara. Esa noche volví a encenderla, y al otro lado seguía esperándome el mismo hombre.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Habían pasado ocho años desde la última vez que me desnudé frente a esa cámara. Esa noche volví a encenderla, y al otro lado seguía esperándome el mismo hombre.
Él me lo pidió desde la pantalla y yo obedecí: abrir la ventana, dejar caer la ropa y dejar que esos hombres me miraran sin pudor.
Apago la lámpara, cierro los ojos y dejo que su voz al otro lado de la pared marque el ritmo de mi mano. Ya no es mía, pero todavía me corro pensando en ella.
No la había visto nunca, no sabía su nombre, pero esa noche sus frases me tocaron más hondo de lo que nadie me había tocado en años. Y yo me dejé.
Cuando dejó caer la bata entendí que mi vecina perfecta guardaba mucho más de lo que cualquiera imaginaba, y que esa noche yo ya no quería volver atrás.
Subí a usar el baño y él me estaba esperando con la bragueta abierta. Lo que no calculé fue que alguien iba a abrir la puerta justo cuando estábamos en cuatro.
Durante un año entero viví dos vidas: la profesional perfecta junto a mi pareja, y la amante insaciable que volvía cada noche al hotel. Hasta que la televisión anunció su muerte.
Subió al asiento trasero con la mujer del patrón pensando que iba a buscarme. Bajó pensando en cuándo podría volver a verla.
Si su verga no respondía, tomaría prestada la de otro. Bastaba con mirar a un hombre a los ojos y susurrarle la sugestión correcta para abrirse paso al lecho de su esposa.
Son las dos de la mañana, no puedo dormir y estoy solo. El calor aprieta, la cama me quema y mi mente empieza a vagar por nombres y cuerpos que creía olvidados.
Esa noche bajé al estudio con la excusa de la fotocopiadora. En su carpeta personal había tres archivos que cambiaron todo lo que yo creía saber de ella.
Cuando bajó la ventanilla y escuché su voz, los cinco años de no vernos se borraron de golpe y supe que iba a subir sin preguntarle adónde íbamos.
Acepté la fantasía de mi marido con una condición: yo elegía cómo, dónde y con quién. Lo que él no sabía es que yo ya tenía a alguien en mente.
Subí a cambiarme por algo más atrevido mientras ellos se duchaban. A esa hora ya sabía que, si bajaba a la cocina, no iba a poder contenerme.
Solía broncearse en topless junto a la pileta, segura de que nadie la veía. Hasta que sintió la mirada de él clavada en su piel desnuda.
El ascensor era viejo y estrecho, y ella iba justo delante de mí. Solo tuve que deslizar la mano por detrás y rezar para que su marido no apartara la vista del móvil.
En el ascensor me rozó el brazo como sin querer y olió a colonia cara. Esa misma noche, mientras yo me vestía a oscuras, ya estaba planeando cómo dejar a Tomás.
Llevaba meses cruzándomela en el portal y esquivando su mirada. Esa tarde, encerrados en el ascensor con su marido borracho al lado, dejé de esquivarla.
Llegué a su casa solo para ver el partido. Cuando sonó el silbato final, una mano se hundió en mis nalgas y entendí que el verdadero plan empezaba en ese momento.
Cuando abrí mi maleta en la cabaña no había nada mío: solo tangas de encaje, faldas cortas y maquillaje. Carla me miró con calma y dijo que esa era mi única chance.