Su cuñado seguía en la cama al amanecer
El anillo de bodas apareció en el fondo de una copa de Baileys, y Damián sonreía como si supiera exactamente cuánto le costaba pedirle que se fuera antes de que llegara su marido.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
El anillo de bodas apareció en el fondo de una copa de Baileys, y Damián sonreía como si supiera exactamente cuánto le costaba pedirle que se fuera antes de que llegara su marido.
Solo había visto una foto de su cuerpo, nunca su cara. A las dos y media cerraríamos el trato más íntimo y morboso que yo había hecho jamás.
Mientras ella conducía rumbo al chalet, su amiga abrió las piernas en el asiento trasero y empezó a tocarse fingiendo dormir, sin apartarme la mirada.
Sabía que tenía novio y que no debíamos. Pero esa noche apoyó el pie descalzo contra mi pierna, me miró de reojo y entendí que el masaje no iba a quedarse en un masaje.
Llevo años aceptando que mi prima ocupa un lugar en mi matrimonio. Esa tarde, al cerrar la puerta del apartamento, sabía exactamente lo que iban a hacer arriba.
Vino en bicicleta a buscar el beso que le había prometido. Lo que se llevó esa noche fue mucho más, y todo a tres metros del sofá donde cenaban mis padres.
La puerta entreabierta dejaba escapar jadeos. Pegó el ojo a la rendija y reconoció el uniforme blanco de su mujer en el suelo. Algo en él se encendió en vez de romperse.
Aquella tarde llegó vestida de negro, se pintó los labios frente al espejo y salió diciendo que dormía donde una compañera. Tardé años en saber a dónde iba realmente.
Sabía que en aquella cala nadie llevaba ropa. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría ella mientras yo, tumbado al sol, fingía no enterarme de nada.
Cuatro horas de quirófano, el pasillo desierto y un enfermero que llevaba meses mirándola. Esa noche, Valeria decidió que no quería pensar.
Cuando bajé al lobby buscando escapar de la fiesta corporativa, no esperaba al camarero que me miraría como si supiera exactamente lo que yo necesitaba esa noche.
Llamé a mi marido en plena madrugada, con restos de semen en el cuerpo y otro hombre al lado, para preguntarle si podía aceptar algo que jamás habíamos hecho.
Mientras mi marido mamaba de mis pechos frente al espejo, yo pensaba en ella y en el cuerpo del hombre con el que cenaríamos esa noche.
Su mujer me llamó «la amante» durante años. Pero yo nunca lo fui. Fui su trabajadora sexual, y esta es la verdad que ella nunca quiso escuchar.
Salí de la ducha envuelta en una toalla y lo encontré en el living, con la mano dentro del pantalón y mi cuerpo desnudo congelado en la pantalla de mi notebook.
Una llamada por puro aburrimiento, una comida que tardamos horas en tener y su mano subiendo por mi muslo en el sofá de su despacho. Hacía meses que no lo veía.
Mi amiga me prometió presentarme a su hermano para que olvidara mis problemas. No me dijo que él me espiaría mientras me ponía el bikini.
Cada vez que entraba al taller, él levantaba la vista antes de oír la puerta. Aquella tarde, con la persiana a medio bajar, dejé de fingir.
Subida al banquito acomodando los platos, sentí su mirada recorriéndome las piernas. «Es un panorama exquisito», dijo sin pizca de vergüenza. Y yo no bajé.
Cuando moví el ratón del portátil de Sebastián y vi el nombre de mi mejor amiga en la pantalla, supe que ya nada volvería a ser como antes.